La viña es de Dios, nosotros somos administradores

XXX aniversario sacerdotal.

Pbro.  José Manuel Suazo Reyes

La parábola de los viñadores asesinos que, el evangelio de San Mateo, nos presenta este domingo se ubica dentro del ministerio desarrollado por Jesús en JERUSALÉN, unos días antes de su pasión. Se trata de un fuerte reclamo para quien no reconoce o se le olvida, que los bienes que Dios pone en nuestras manos son del Señor; nosotros sólo somos sus administradores.

El gran problema de los viñadores asesinos, de los que habla la parábola, fue que se olvidaron que eran administradores y adoptaron una conducta posesiva. En este sentido esta Parábola es una clara advertencia para todos nosotros. Debemos recordar siempre que Dios pone sus bienes en nuestras manos. Él es el dueño absoluto de todo. En diversas formas y de diversos modos todos tenemos distintas responsabilidades en la administración de los bienes del Señor.

Todos los dones, todos los talentos que Dios nos ha dado y nos da son instrumentos para poder amar y servir a los demás. Si los usamos de una forma egoísta para buscar sólo nuestro propio interés nos asemejamos a estos labradores egoistas y asesinos. Debemos pedirle a Jesús constantemente que nos conceda asemejarnos a él que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Este es el camino que el Señor nos propone a todos. Estamos llamados a vivir en este espíritu de servicio y de generosidad.

Recordemos siempre que a través de esos bienes, nos jugamos la salvación eterna. Estos bienes pueden ser nuestra vida, nuestra familia, una vocación, todo tipo de riquezas materiales o espirituales, un servicio a los demás y en mi caso EL MINISTERIO SACERDOTAL. Hoy estoy celebrando 30 años de este gran regalo que, por la misericordia de Dios, he recibido para dedicar mi vida a los demás.

EL sacerdocio es el mismo amor del corazón de Jesús, decía el Santo Cura de Ars, es un regalo que Cristo ha dejado a la Iglesia para continuar en el tiempo su ministerio de salvación, por ello en este día 8 de octubre de 2023, Doy gracias a Dios que me ha confiado este don maravilloso.

Agradezco a Dios porque él, a través de mi persona, ha hecho llegar innumerables gracias a muchas personas. A través del ministerio sacerdotal que Dios me ha confiado, Dios ha perdonado a muchas personas, los ha alimentado con su palabra, los ha consolado, los ha animado y les ha dado esperanza, yo sólo he sido su instrumento.

Hoy agradezco además a la Iglesia, mi madre y mi maestra, que me ha formado y, a través de mis superiores me ha encomendado múltiples ministerios, en todos ellos el primer beneficiado he sido yo, agradezco a todos mis maestros en la fe que me han ayudado a crecer en el camino del sacerdocio, llegue mi gratitud a todos los fieles que he conocido en las diferentes parroquias o comunidades donde he prestado mis servicios.

Doy gracias a Dios por toda mi familia de sangre, a mis padres, hermanos y hermanas, a mis tíos, primos y sobrinos donde recibí la fe y las primeras lecciones de la vida; agradezco además a todos mis amigos que con su amistad, cariño y apoyo, me han hecho sentir como si fuera parte de su familia. Dios les pague todo el bien que han hecho conmigo.

Con esta Eucaristía renuevo mi consagración a Dios y a la Iglesia, renuevo mis deseos iniciales y mi compromiso de ponerme al servicio de Dios y de su pueblo, renuevo mi compromiso de seguir las enseñanzas del evangelio. Quiero seguir siendo un instrumento de la misericordia divina para que Dios haga llegar su salvación a todas las personas a mí encomendadas. Renuevo mi compromiso de servirles a todos ustedes a imagen del buen pastor, que da la vida por sus ovejas.

Por ello quiero concluir esta reflexión, rezando este hermoso himno de la liturgia de las horas, que es para mi la ruta de mi vida sacerdotal y que me recuerda lo que soy y lo siempre debo hacer:

“Señor, tú me llamaste

para ser instrumento de tu gracia,

para anunciar la buena nueva,

para sanar las almas.

Instrumento de paz y de justicia,

pregonero de todas tus palabras,

agua para calmar la sed hiriente,

mano que bendice y que ama.

Señor, tú me llamaste

para curar los corazones heridos,

para gritar, en medio de las plazas,

que el Amor está vivo,

para sacar del sueño a los que duermen

y liberar al cautivo.

Soy cera blanda entre tus dedos,

haz lo que quieras conmigo.

Señor, tú me llamaste

para salvar al mundo ya cansado,

para amar a los hombres

que tú, Padre, me diste como hermanos.

Señor, me quieres para abolir las guerras,

y aliviar la miseria y el pecado;

hacer temblar las piedras

y ahuyentar a los lobos del rebaño. Amén”.


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