Luis Gastélum Leyva

Cuando Carmen Calvo (ministra de Cultura de España) despertó a Sergio Pitol la mañana del primer día de diciembre de 2005 en su casa de Xalapa y le dijo que había sido reconocido con el Premio Cervantes, el hijo de la desdicha, como se reconocía el autor de El arte de la fuga, recordaría de manera imprevisible fases de su vida, unas radiantes y otras atroces, pero siempre de vuelta a la infancia: un niño huérfano a los cuatro años, una casa grande en un pueblo de menos de tres mil habitantes, con un nombre tan distante a la elegancia: Potrero. Era un ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se merodeaban animales salvajes. Potrero estaba dividido en dos secciones, una de unas quince o diecisiete casas, habitadas por ingleses, americanos y unas cuantas mexicanas. Había un restaurante chino, un club donde las damas jugaban a las cartas un día por semana, una biblioteca de libros ingleses y una cancha de tenis. Esa parte estaba rodeada por bardas altas y fuertes para impedir que a ese paraíso se introdujeran los habitantes de la otra sección: obreros, artesanos, campesinos y comerciantes minúsculos del pueblo. Aquella zona era tórrida e insalubre. Estuvo enfermo de paludismo durante varios años, por lo cual salía poco de casa. En verano, su abuela, su hermano y él paseaban un mes en un balneario a tomar aguas minerales, de donde regresaban su hermano sano, como lo fue casi en toda su vida, su abuela con un reumatismo disminuido y él sin ninguna mejoría. De vuelta atravesaban ciudades prósperas, con excelentes restaurantes, luces de neón, comercios bien surtidos y movimiento en las calles, pero cuando llegaban al lugar donde vivían, Potrero, se quedaba siempre deslumbrado. Su abuela vivía para leer todo el día sus novelas. Su autor preferido era Tolstoi. La enfermedad de Sergio lo condujo a la lectura: comenzó con Verne, Stevenson, Dickens y a los doce años ya había terminado Guerra y paz. Apenas rebasados los quince años estaba familiarizado con Proust, Faulkner, Mann, la Wolf, Kafka, Neruda, Borges, los poetas del grupo Contemporáneos, mexicanos, los del 27 españoles, y los clásicos también españoles. A esa edad, saliendo de la adolescencia encontró algunos maestros excepcionales. “Estoy seguro que sin ellos no hubiera llegado a este día, elegantísimo como estoy, en el Paraninfo de la prestigiosísima Universidad de Alcalá ni poder dar las gracias a Sus Majestades, al Rector de esta Universidad, los jurados y a ustedes, señoras y señores”. Así narraba Sergio Pitol su infancia de protegido de la desdicha al recibir el Premio Cervantes aquel sábado 23 de abril de 2006, día en que se recuerda la muerte de Cervantes y Shakespeare, autores que lo acompañaron toda su vida, hasta su último viaje hacia la incertidumbre un jueves de abril de sol xalapeño hace seis años. Y es que en su vida, además de la literatura, tuvo enorme trascendencia el viaje, placer del que gozó con frecuencia por su trabajo como diplomático: “Soltar amarras, enfrentarme sin temor al amplio mundo y quemar mis naves fueron operaciones que en sucesivas ocasiones modificaron mi vida y, por ende, mi labor literaria. En esos años de errancia se conformó el cuerpo de mi obra”, dijo en una ocasión el escritor que se reconocía en que “escribir en el mismo espacio donde uno vive, equivalió durante casi toda la vida a cometer un acto obsceno en un lugar sagrado”.

Murió a los 85 años. Y es que Pitol era un convencido de que la certidumbre es el territorio del encarcelamiento. Por eso huyó a la serenidad de Xalapa, donde descubrió los pasmos del silencio que amordazan los murmullos de las grandes cantidades de gente que tenía que frecuentar. Cuenta que aquí empezó a saborear la tranquilidad que se esconde detrás de los odios, porque todas esas personas, aseguraba, crean antipatías y simpatías. Atrás dejó la vida frenética que durante muchos años le impuso el ejercicio de la diplomacia, una vida cargada de compromisos sociales y de tiempo perdido que se consumía en viajes y reuniones, útiles e inútiles, con estadías en Venecia, Varsovia, Roma, México, Barcelona, Praga, Moscú y Londres. Entonces, ya instalado en su casa de la calle Pino Suárez, hizo una revisión de sí mismo, sobre todo de su infancia, adolescencia y de sus primeras lecturas. Y el cambio lo sintió y se hizo, otra vez, relato. Terminada esa introspección, los grumos comenzaron a acercarse entre sí, a integrar más tejido al cuerpo de su obra: El arte de la fuga (Alfaguara, 1997) y Soñar la realidad (Plaza y Janés, 1998). Pitol reconocía en estos recuentos de vida una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas. Su condición de huidor queda más claro con la cita, en los dos libros, del protagonista de Réquiem, de su también entrañable amigo Antonio Tabucchi, cuando dice: “No me dejes solo entre personas llenas de certezas. Esa gente es terrible”. Cárcel y fuga, ese parecía ser el dilema de Pitol que gestó lo trágico de su estilo primigenio. Por eso, cuando hablaba de ello con todas esas mujeres de la prensa cuyos nombres más remiten a personajes literarios –Silvina Espinosa de los Monteros, Claudia Posadas, Marta Rivera de la Cruz y Cristina Pérez Stadelmann– le causaba extrañeza que en la época en la que escribió sus primeros libros, vivió uno de los periodos más alegres y festivos, donde encontró más brillo de todo lo que conoció en su vida. Recordaba que era una época de juego. Sin embargo, no podía captar en su escritura ese clima en el que vivía. Para el cambio tenía que deshacerse, rescatarse, liberarse de esas historias de un niño huérfano, enfermo casi toda la infancia, que oía siempre relatos muy trágicos que le contaban las tías, la abuela; relatos terribles de muerte, derrotas y dificultades económicas. Pero su estilo trágico también se alimentaba de la tragedia griega de Esquilo –con el estudio de los clásicos aprendió a intuir que hay hilos que comunican todos los géneros literarios y todos los tiempos– y del lenguaje y la temática de Faulkner, obra en la que las circunstancias eran muy cercanas a las que vivió en su casa: un mundo derrotado por la Revolución y una decadencia física que se advertía hasta en las casas. Entonces, a través de sus vivencias y de las lecturas de los autores que eligió como sus mentores, se gestó un estilo trágico que encaró con calma y sin dramatismos. Es conmovedora la serenidad con que enfrenta un tema tan recurrente como angustioso: el paso del tiempo. Para Pitol revisar el pasado significaba, entre otras tristezas, contemplar un mundo que es y al mismo tiempo dejó de ser. Sin embargo, había cierto deleite en esa revisión del pasado. La memoria, decía, trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños, hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras. Las circunstancias vitales de los momentos trágicos no las describió y prometía incluirlas en su próxima novela. Aseguraba que no le temía a la muerte, pero sí a las enfermedades calamitosas. Siempre, desde niño, supo que las mariposas negras cuando llegan a una casa anuncian una desgracia y recuerda que alguna vez y por unos días estuvo temeroso porque en su jardín se formó un santuario de mariposas muy grandes y la sensación fue desagradable, le revivieron temores infantiles, imágenes trágicas como aquella en la que junto con su hermano mayor observaban cómo sacaban del río a su madre ahogada. “Sé que no va a pasar nada pero sin duda tengo miedos”, recordaría para siempre el protegido de la desdicha.
Sergio Pitol con dos de sus grandes amigos, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis en dos momentos de sus vidas.


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