Los relámpagos de agosto

Luis Gastélum Leyva

Finales de agosto. Calor como una tienda de campaña sobre el jardín de John. Y algunas cosas tienen el descaro de estar empezando: racimos de tomates, rodales de lirios tardíos —optimismo de los grandes tallos— oro y plata imperiales. Pero ¿por qué empezar algo tan cerca del final?, se pregunta la premio Nobel de Literatura Louise Glück en su poema Vísperas. Y es que agosto es un mes raro. Es que es de vacaciones, dicen, no trabaja nadie, ni siquiera la inspiración. Sin embargo, el mes que se llamó sixtilis hasta el año 24 –entonces el año empezaba en marzo– cuando el emperador romano Augusto Octavio decidió ponerle su nombre y aumentarlo a 31 días para igualarlo al mes que bautizó en su honor su antecesor Julio César, ha sido el lapso de tiempo decidido por algunos escritores para el desarrollo de sus historias de ficción y otros dramas que se dan en la realidad. Tal es el caso de Gabriel García Márquez, quien escogió el octavo mes del año para darle título a dos de sus cuentos: Espantos de agosto (“Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso”) y En agosto nos vemos (“Volvió a la isla el 16 de agosto en el transbordador de las tres de la tarde”). Para recrear los prejuicios de la clase media provinciana de Chiapas, Rosario Castellanos escribió el cuento Los convidados de agosto (“¿Será mi última feria de agosto?”, se preguntó Emelina con angustia, palpando los músculos flojos de su cuello). El inolvidable Jorge Ibargüengoitia también tituló Los relámpagos de agosto la novela de su serie de narraciones sobre la revolución mexicana (“Estábamos Odilón Rendón, Anastasio y yo, como Aníbal en Capua, jugando póker día y noche con Ellen Goo, cuando el 25 de agosto a las doce del día vinieron a avisarnos que acababan de divisar las avanzadas de Macedonio”). En agosto nació Jorge Luis Borges, a los ocho meses de gestación. El 24 (Veinticinco de agosto, 1983, tituló un cuento el autor de El Aleph, en el que habla de su propia muerte: Vos tendrás mucho que soñar, sin embargo, antes de llegar a esta noche. ¿En qué fecha estás? “No sé muy bien —le dije aturdido—. Pero ayer cumplí sesenta y un años”. Cuando tu vigilia llegue a esta noche, habrás cumplido, ayer, ochenta y cuatro. Hoy estamos a 25 de agosto de 1983). Y el 26 de de este mes nació en Bruselas en 1914 el cronopio Julio Cortázar, en los días de la ocupación de Bélgica por los alemanes (“Nacer en plena guerra dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta”, dijo). William Faulkner escribió Luz de agosto (“Y Hightower se queda allí, inclinado sobre la ventana, en el calor de agosto, olvidado del olor en el que vive, ese olor de las personas que no viven ya en este mundo, ese olor de desecación obesa, de ropa interior sucia, que es como un signo precursor de la tumba”). El último día de este mes y a un año antes de su muerte (1998), Octavio Paz le escribió a su amigo entrañable el poeta catalán Pere Gimferrer: “Esta carta es absolutamente confidencial. Como tú sabes, tengo la posibilidad –mejor dicho: el derecho— de proponer candidato tanto el Premio Cervantes como para el Premio Príncipe de Asturias. Me parece que tú serías un candidato ideal para uno de esos premios. Lo digo inspirado no tanto por la amistad que nos une como por la valía de tu obra, lo mismo la de lengua española que la escrita en catalán. Si aceptases mi proposición, tendríamos que pensar para cual de los dos premios debería proponerte. Un fuerte abrazo”. Esa carta fue escrita por Paz hace casi tres décadas y Gimferrer, ahora de 78 años, todavía no es premio Cervantes ni Asturias. En agosto, dicen los astrónomos, una de las maravillas del cielo de verano observable a simple vista en ausencia de la Luna pero lejos de las grandes ciudades, es la Vía Láctea: una banda de difusa luminosidad que atraviesa el cielo de noreste a sur, en ella aparecen constelaciones como el Cisne, Casiopea, Águila, Sagitario, Escorpio y el famoso triángulo del verano formado por las estrellas Deneb, Vega y Altair. También dicen que en este mes desde la Tierra se ven dos lunas, toda vez que por la “aproximación planetaria” de Marte, el planeta rojo se ve del tamaño de la Luna. Aunque también dicen que sólo es una leyenda urbana que se repite cada agosto desde que en 2003 Marte se situó a tiro de piedra de nuestro planeta, lo cual no se repetirá en los próximos 60 mil años. En agosto, de hace muchos años, Barry Bonds llegó a 756 jonrones, superando así a Hank Aaron, quien a su vez había roto la marca de 714 toletazos que estableció Babe Ruth en 1935, también en agosto. Asimismo dicen que en este mes se recrudecen las guerras y aumentan los accidentes de carreteras y la delincuencia. Tal es el caso de Yadira Balanzar Orbe, quien asaltó un banco de una plaza comercial de la ciudad de México y fue aprehendida. Le tomó media hora decidirse, mientras daba vueltas y vueltas. Entró al banco y como cualquier cliente sacó su ficha de espera, que estrujaba con la mano en la bolsa de su chamarra, mientras con la otra, también guardada en su chamarra, jugaba nerviosa con un cúter. Llegó su turno y le tocó la caja 3. La robusta mujer de 29 años jaló del cabello a la cajera y la amenazó con el cúter, exigiéndole que le entregara el dinero que tenía en la caja: 29 billetes de 500 pesos y 15 de 100. Con el dinero en sus manos, salió del banco pero a unos metros fue detenida por dos policías. Trató de defenderse, primero con el cúter, pero se lo quitaron, y luego con los dientes, que le clavó en el brazo izquierdo a uno de los agentes. “No sé cómo le hizo, pero hasta me atravesó la chamarra y la camisa”, relató sorprendido el uniformado. Ya ante el Ministerio Público la mujer declaró: “Quería completar para el uniforme de mi hija, de 5 años, y pagar unas boletas de empeño que ya se me habían vencido. Me vi muy desesperada y mi desesperación me llevó a esto”, dijo la madre soltera y a quien en este mes, agosto, le fue muy mal en la venta de calzado por catálogo. Pero también parece ser que la naturaleza se ensaña en este mes: los huracanes y ciclones vienen a descubrir las miserias al volarles a los miserables el techo que las cubría con sus vientos de kilómetros por hora y a ponernos literalmente con el agua hasta el cuello. Y es que cuando la esperanza es arrastrada por millones de metros cúbicos de agua y se va para no volver, entonces llegan el desánimo y la frustración y se instalan para siempre, con saña, sobre todo en donde habitan los más pobres, que nunca habían tenido nada y ahora, en agosto, lo han perdido todo. Ahora son los sin nada, esos que vivían en chozas que albergaban hambre y apuros, pero la furia natural se llevó su único y precario patrimonio que poseían –otra vez la nada– y se guarecen ora en un albergue, ora bajo un techo de lámina de cartón que no alcanza a cubrir toda su miseria, y ahora naufragan en la desdicha con bandera de damnificados bajo el cielo de agosto, el mismo mes raro pero de hace ochenta años en el que Malcom Lowry le escribió desde México a su esposa Jan: “Maldito sea este mundo estúpido que nosotros no hicimos así”.


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