Luis Gastélum Leyva

“Le haré una oferta que no podrá rechazar”, le dice Vitio Corleone al director de orquesta, mientras Luca Brasi le apunta a la cabeza con un arma y le asegura que sus sesos o su firma estarán en el contrato. “Le haré una oferta que no podrá rechazar”: Una de las frases memorables que El padrino incrustó en el lenguaje de la cultura popular. “Historia del ascenso de una familia italoamericana en el mundo de la mafia neoyorquina, expresada a través de una tosca pero eficaz mezcolanza de lo pintoresco, lo documental, lo violento y lo obsceno”. Así se refiere la prestigiosa enciclopedia italiana Garzanti de la obra cumbre de Mario Puzo, El Padrino, que pese a la crítica y además de inspirar a la mítica película de Francis Ford Coppola, la novela publicada en 1969 se convirtió en un best-seller traducido entonces a más de cuarenta idiomas y del que se vendieron más de treinta millones de ejemplares. Mario Puzo padeció medio siglo de pobreza y gozó tres décadas de raudales de dinero. La mafia lo premió cumpliéndole su deseo de ser multimillonario. A la edad de 50 años publicó El Padrino. La película se estrenó en 1972 y Puzo recibió un Oscar por el guión. Entonces, el escritor italoamericano nacido un día como hoy de octubre de hace 105 años en un barrio bravo de Manhattan y descendiente de una familia de Nápoles, ya tenía fama y dinero. Por los derechos de El Padrino, la Paramount le pagó un millón de dólares. En la segunda parte de la saga el contrato estipulaba que Puzo recibiría 100 mil dólares por el guión y un diez por ciento de todas las ganancias, lo que no hizo sino incrementarse en la tercera parte. Y estaba preparando la cuarta parte, ya perseguido por la diabetes, cuando la muerte lo sorprendió en 1999 en su casa de Long Island, muy cerca de Nueva York y escenario de sus relatos. Pese a ser descendiente de italianos, Puzo nunca tuvo contacto con el medio del crimen y, según sus propias palabras, don Vito Corleone era un personaje que lo espantaba y que la mafia creada por él era una versión romántica del mundo criminal real. Cuando se le preguntaba si había tenido relaciones con la Cosa Nostra, él replicaba: “¿Cómo habría encontrado tiempo para formar parte de la mafia? Pasaba hambre antes del éxito de El Padrino. Si hubiese pertenecido a la mafia habría tenido bastante dinero como para no tener que dedicarme a escribir”. Sin embargo, Mario Puzo había esperado casi medio siglo entre carencias y matar el hambre hasta que por fin el dinero le llegó y a manos llenas. Fueron varios millones de dólares que, gracias a la bendición de El Padrino, supo administrar con la misma astucia y disciplina con que lo hubiera hecho un gestor de la mafia. La mitología arrastrada por El Padrino sorprendió siempre al mismo Puzo, que la escribió por encargo –unos dicen que de un editor, otros de la mafia italoamericana radicada en Nueva York–, sin poder imaginarse la explosión que tendría después de adaptarse al cine y que confesó en una ocasión: “Me gustaría haberla escrito mejor… Escribí el libro peor de lo que podría haberlo hecho”. La fascinación de las relaciones tormentosas entre las familias de la mafia, que se refleja sobre todo en la saga de los Corleone, marca la vida y la carrera literaria de Puzo y de sus seguidores (contaba el autor, según Infobae, que su madre jugó un papel protagónico en la novela y que don Vito le debe su fisonomía y la historia a dos conocidos mafiosos, Frank Costello y Vito Genovese, “pero la voz de mi madre, cada palabra que dice, el apego por lo familiar, la necesidad de que permanezca unida, la rigidez, el juicio moral y la indulgencia hacia los hijos –tuvo once–, todos los tomé de mi madre: cada vez que escribía un diálogo de Vito Corleone tenía la voz de mi madre en mi oído”). El dinero y el poder fueron los verdaderos protagonistas de sus novelas. De hecho, buena parte del resto de sus obras está también marcada por el mundo de la mafia, como El Siciliano (1987) y El último Don (1996). La muerte apenas le dio tiempo de terminar su última novela, Omertá –palabra italiana con que la mafia designa su código de silencio–, en el que de nueva cuenta narra una historia del crimen organizado, específicamente sobre las vicisitudes de una familia de mafiosos que desea regresar a la vida legal. Hijo de inmigrantes italianos analfabetos, Mario Puzo desarrollaba una actividad infatigable. Además de la ayuda procedente del origen de sus padres, Puzo utilizó para su producción literaria el marco que le ofrecía el barrio canalla en el que nació el 15 de octubre de 1920, Hell,s Kitchen (La cocina del infierno), en el West Side de Manhattan. Empezó a escribir relatos cortos para revistas y en 1955 publicó su primera novela, Arena sucia. Más tarde describió la vida de los inmigrantes italianos en Nueva York en El peregrino afortunado (1965). Siempre mantuvo constante la pasión del trabajo. En 1990 publicó una novela sobre un supuesto atentado contra Juan Pablo II, La cuarta K, por la que también se pagaron cantidades millonarias. Después de un primer infarto sufrido en 1991, se recuperó y escribió otra de sus obras de éxito, El último Don, que posteriormente pasaría también por Hollywood en forma de miniserie televisiva y sus consecuencias de ganancias millonarias. “El dinero y el poder dominan mi obra. El dinero es el motivo de todo lo que hace la gente”, opinaba Puzo. Y agregaba: “Siempre le temí a la pobreza y ésa fue una de las cosas que me ayudaron a escribir. La literatura se convirtió en mi salida”. Y en su insistente referencia a las carencias económicas padecidas, contaba: “Yo siempre fui muy pobre. Tenía 50 años de edad y seguía siendo muy pobre. Yo nunca tuve vacaciones y eso que siempre trabajé muy duro, pero ganar dinero era más importante que las vacaciones. Ya tomaré vacaciones cuando me muera”, decía. Sólo se quedó con las ganas de escribir una historia integral del hampa: “La mafia empezó en el año 1300 y la terminaré en el 2000. Después me voy a morir y todos estarán hartos de mí y de la mafia”, declaró poco antes de su deceso, un viernes de julio de hace casi tres décadas. “Mario Puzo, que hizo de El padrino una adicción mundial, murió a los 78 años”. Así encabezó ese día su obituario el New York Times. Y en el epígrafe de su obra maestra quedó grabada para siempre la frase de Balzac: “Detrás de cada gran fortuna se esconde un crimen”.
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