Año Nuevo

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Comienza un nuevo año y por lo menos hasta fin de enero andaremos por ahí dando sonoros palmetazos en la espalda de cuanto conocido se tope con nosotros para desear salud, paz y prosperidad. Es tan arraigada la costumbre del abrazo de año nuevo que se da incluso entre quienes se tienen antipatía.

¿Alguien me podría decir por qué apenas comienza y ya estamos contando los días para el final del año? En el momento en que escribo faltan 357 días, u 8 mil 547 horas, o 514 mil 498 minutos, o 30 millones 869 mil 884 segundos para que doblen las campanas por el 2026 y toquemos las fanfarrias por el 2027. ¿A quién diablos le importa eso?

La celebración del Año Nuevo ni siquiera es occidental y tampoco ha sido siempre el primer minuto del primero de enero. Fueron los antiguos babilonios los que iniciaron el rito hace unos cuatro mil años para conmemorar el nacimiento de la vida con la primera luna nueva del Equinoccio Vernal. Esta tradición fue heredada por los romanos, pero los emperadores le metían mano al almanaque con tanta frecuencia que pronto se desfasó del paso del sol. Julio César, en el 46 a.C., publicó su Calendario Juliano y la volvió al primero de enero … aunque para compensar los caprichos de sus antecesores tuvo que dejar al año anterior durar 445 días.

Durante los primeros siglos de nuestra era la Iglesia declaró la fiesta como rito pagano y la prohibió hasta entrada la Edad Media. Cuando Cortés llegó a México, el calendario azteca acababa de ser reformado para ser de 365 días e intercalar un año bisiesto. El año empezaba el día 1 de Atlacalmaco, que coincidía con nuestro 1 de marzo.

El Año Nuevo Lunar es la más importante festividad para los chinos. La tradición dice que durante el último día del año, Nian, una feroz bestia -semejante a Drogon, Rhaegal y Viserion los dragones de Juego de Tronos, pero con quienes no debemos confundir- desciende a la tierra para devorar a los hombres. Sólo la alejan el color rojo y el ruido de cohetes y los fuegos artificiales, así que en las ciudades chinas esa noche todo mundo pega adornos rojos en las puertas, prende antorchas y echa palomas y buscapiés.

Además los chinos dan a cada año el nombre de un animal. 2026 es el Año del Caballo de Fuego que, dice mi nigromante de cabecera, no es un año sino una sacudida que combina impulso y combustión, carrera y hoguera. Avanza sin pedir permiso, rompe cercas, enciende entusiasmos y deja cenizas donde antes hubo prudencia. “Quien nace o vive bajo su signo aprende que el riesgo es método y que la libertad tiene costo. No promete estabilidad ni consuelo, promete movimiento. Y en ese galope incendiario se entiende una verdad incómoda: hay épocas que no vienen a ordenar el mundo, vienen a probarlo.”

En el Japón el shogatsu es la celebración más importante del año y dura del 1 al 3 de enero. Los Hijos del Sol Naciente creen que cada año es un nuevo comienzo, así que se apuran a cumplir con todos los deberes antes de que termine (igualito que el “mañana” y el “ahí se va” nuestro) y celebran el bonekai  o “fiesta del olvido”, para despedir a los problemas y preocupaciones del año anterior. Esa noche hay la tradición de echar a volar las campanas de los santuarios. Quizá algunos lectores recuerden aquel maravilloso párrafo de Lo bello y lo triste de Yasunary Kawabata cuando Toshio Oki decide viajar a Kyoto para escuchar el sonido de las campanas de los antiguos santuarios de la ciudad el día de Año Nuevo.

Así pues, el inicio de un nuevo año, en todo el mundo, tiene un significado especial, aunque las fechas y las cuentas no coincidan. Para el pueblo judío, su año nuevo, Rosh Hashaná, comienza la tarde del 11 de septiembre y entran en el año 5 mil 787 de su era. Los chinos, por su parte, inician en febrero el año 4 mil 723 de su calendario tradicional.

Los pueblos tienen diversas celebraciones para recibir el nuevo ciclo. Algo generalizado es la costumbre de dar regalos, vestir ropa especial, adornar las casas, celebrar fiestas y ofrecer propósitos. Los babilonios tenían como intención regresar aperos de labranza prestados.

Los propósitos de año nuevo son una coreografía íntima donde la voluntad se disfraza de lista y la esperanza pide plazos. Juramos madrugar, dejar de fumar, bajar de peso, hacer ejercicio, ejercer en lo posible la fidelidad, leer a los clásicos, comer verde y pensar mejor, como si el calendario fuera un interruptor moral. Duran lo que dura la resaca del brindis, pero no por falsos: fallan porque aspiramos a ser otros y no a entender lo que ya somos. Aun así, insistimos. Algo sabe el ritual. Quizá que el deseo necesita fecha para atreverse a hablar.

Y en mi propio rito, como cada año repito esta columna con el deseo de que reciban mi gratitud los lectores y los medios que semana a semana me dan el generoso obsequio de su espacio. ¡Abrazo!

4 de enero de 2026


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