Sin tacto.
Por Sergio González Levet
En el Renacimiento italiano dos familias llegaron a tener un poder inaudito, los Médici y los Borgia, de las que se cuentan sus historias truculentas en la política y sus grandes mecenazgos en el arte. Vivían entre la opulencia y una inmoralidad plena, no obstante que entre ellos hubo varios papas.
Eran famosos por sus riquezas y su dominio, y además por su manera insana de ejercer el poder. Entre los manejos palaciegos se cruzaban muchas traiciones y muchos secretos y no fueron pocos los que murieron envenenados por la mano de su propia parentela.
Se sabía que tenían la costumbre de mandarse mensajes escritos que eran entregados por criados, quienes ejercían un oficio que resultaba sumamente peligroso, porque si la carta terminaba con la bonita frase “Cum amore” (con amor) quería decir que su contenido era muy peligroso y había que matar al mensajero que la había entregado, con el fin de garantizar su secrecía.
Bueno, pues guardadas todas las diferencias del caso, en nuestros días y en nuestro país los periodistas ejercemos un oficio similar al de aquellos mensajeros, pues damos cuenta pública de lo que sucede y de cómo sucede, en particular en lo que se refiere a acciones de las autoridades de los tres niveles. Pero esa función por lo general lleva implícita el final fatídico “Cum amore”, porque quienes gobiernan desde la Cuarta Transformación pareciera que quieren matar al mensajero, al periodista, que no es sino el vehículo que informa sobre lo sucedido, y no el responsable de que haya hechos reprobables, aunque lo quieren culpar quienes los han cometido.
Desde las tribunas del poder morenista se lanzan anatemas e invectivas en contra de los informadores que se atreven a reportar hechos de corrupción o errores garrafales que cometen los funcionarios de los gobiernos cuatroteros.
La propia Presidenta nos llama chayoteros, comentócratas, buitres, carroñeros, impudorosos y ya no sabe qué inventar para acallar las voces que señalan lo mal hecho desde el Gobierno y la manera en que están enderezando la nación hacia un autoritarismo que se quiere eternizar en el poder.
Pero los comunicadores no somos culpables de que las autoridades no hagan bien las cosas; tampoco de que no elogiemos hasta el absurdo a los gobernantes morenistas.
No somos tapaderas, somos informadores; no somos enemigos, somos solamente los mensajeros de las buenas y las malas noticias. Sin embargo, nos insultan, nos calumnian, nos investigan fiscalmente, nos encarcelan sin pretexto, nos asesinan.
No tenemos la culpa de que las cosas no se hagan bien. Y no hay razón para que nuestras informaciones sean objeto de denuncias. Solamente somos los portadores del mensaje de la realidad.
Un mensaje que está terminando siempre con la frase fatal:
“Cum amore”.
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
