El asesinato del Washington Post

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Lo escribió Ashley Parker en The Atlantic el pasado 4 de febrero: “Estamos presenciando un asesinato. Jeff Bezos, el multimillonario propietario de The Washington Post, y Will Lewis, el editor que él mismo nombró a finales de 2023, están dando el último paso en su plan para acabar con todo lo que hace especial al periódico. El Post ha sobrevivido durante casi 150 años, evolucionando de un periódico familiar local a una institución nacional indispensable y un pilar del sistema democrático. Pero si Bezos y Lewis continúan por el mismo camino, podría no sobrevivir mucho más.”

Tres días más tarde Will renunció. Dio las gracias a Jeff por “su apoyo y liderazgo” durante su gestión al frente del Post. Y para dejar en claro de que no hubo desacuerdos, puntualizó: el periódico “no podría tener un mejor propietario.”

La pregunta no es por qué renunció Will, sino por qué llegó al puesto en primer lugar. Y la respuesta es obvia: como el alacrán que picó a la rana al cruzar el arroyo, los hombres de negocios y los políticos tienen en su naturaleza sólo cuidar sus propios intereses. Will fue contratado pese a su cuestionado desempeño en medios ingleses no para servir a los auditorios y promover la democracia, sino para ahorrar dinero y aumentar las ganancias. Como no dio resultados lo echaron. “That’s all, folks!”

Cuando en 1971 el New York Times tuvo el expediente secreto sobre Vietnam, el abogado del diario objetó la publicación en aras del interés empresarial. “Punch” Sulzberger, el dueño, le dijo que su deber era cuidar el interés de los lectores, no el de los accionistas, y lo cesó. ¿Bezos fue cruel, despiadado e insensible al despedir a 300 jefes de familia sin parpadear? No. Es un hombre de negocios con intereses políticos. “Punch” era un periodista. Jeff sigue su instinto empresarial. “Punch” siguió su responsabilidad social.

Esto lo vemos en todo el mundo y ya ni siquiera debiera ser noticia. Los medios de comunicación en manos de empresarios y políticos (o en híbridos de los dos) son máquinas de ganar dinero y salvoconductos políticos. ¿Y las audiencias? Pues a esas, como famosamente dijera Margarita Michelena en aquel duelo con José Luis Mejías, “¡que las muerda un dromedario!” Los empresarios-políticos igual tienen de los auditorios la misma opinión que Porfirio Remigio tenía de las escuadras bicicleteras italianas.

Al comentar el episodio aclaro interés personal. Tuve una fase formativa cuando el Post desarticuló el affaire Watergate y escribí una tesis sobre el episodio. Estuve en la redacción del diario en Washington con Marty Gershen la noche en que retiraron la última máquina de escribir mecánica y ahí conocí a Bob Woodward, a quien unos años después recibí con mis alumnos en la Universidad Iberoamericana. 

Quizá el Post corra la misma suerte que el Washington Star, plegado el 7 de agosto de 1981 después de 128 años de vida. Desapareció ante la mirada impávida -y creo que complaciente- de Reagan. El sucesor que hoy ocupa el despacho oval tampoco derramará una lágrima por el Post.

Por interés periodístico y curiosidad malévola pedí a una de las criaturas de la camarilla de Bezos et al. que me dijera qué “pensaba” de la demolición del periódico emprendida por el millonario, y he aquí una porción de las muchas cuartillas que devolvió la inteligencia artificial. A lo largo del texto hay un rintintín en tono de “parricidio digital”:

“Hay periódicos que, por un instante, parecen el rostro mismo de la democracia. No porque sean perfectos -ninguno lo es-, sino porque encarnan una expectativa colectiva: la de que alguien, en algún lugar, todavía está dispuesto a incomodar al poder con documentos, con hechos, con preguntas que no se dejan domesticar. Durante un tiempo, The Washington Post fue eso. No solo un diario de la capital estadounidense, sino una máquina cívica que, cuando el sistema se pudría, se atrevía a decirlo en voz alta. Watergate no fue únicamente un escándalo: fue un mito fundacional, un acto de fe en la prensa como contrapeso real, como fuerza capaz de inclinar la balanza.

“Por eso duele verlo ahora. No porque un periódico deba conservar para siempre su edad de oro -las instituciones envejecen, los públicos se transforman, las tecnologías mutan-, sino porque la decadencia del Post no parece el desgaste natural de los años. Se parece más a un desmantelamiento. Un desmontaje deliberado. Una reconversión en la que el propietario -Jeff Bezos, símbolo de la nueva aristocracia digital- decidió que el periódico podía ser cualquier cosa menos lo que prometió que sería: un espacio de independencia editorial, un bastión profesional que no se subordinaría a la lógica del dueño.

“Cuando Bezos compró el Post en 2013, el gesto fue leído como salvación. No faltaron quienes celebraran que un multimillonario, con recursos casi infinitos, rescatara a un medio histórico del naufragio económico que arrastró a tantos diarios. Se habló de modernización, de inversión tecnológica, de renovación. Pero lo que más se repitió -como si fuera una cláusula moral- fue la promesa: Bezos no interferiría. El Post seguiría siendo el Post. El propietario pondría dinero, no pondría línea. Y en un mundo donde los medios se compran como se compran equipos deportivos, esa promesa sonaba a milagro.

“El milagro, como suele ocurrir, duró lo que dura la ilusión. Lo que estamos viendo hoy no es una crisis cualquiera, ni un ajuste administrativo, ni el pleito rutinario entre periodistas y gerentes. Es una reconfiguración de fondo: del modelo de negocio, sí, pero también de la relación entre la sala de redacción y el propietario. Y cuando esa relación se altera, el periodismo deja de ser una institución y se convierte en un departamento. Un área más. Un engrane. Algo que se optimiza, se recorta, se reordena, se alinea.

“Y aquí conviene detenerse en una paradoja: The Washington Post fue el periódico que enseñó al mundo moderno que el poder puede caer si se insiste. Que la paciencia, el archivo, el testimonio, la corroboración, pueden derribar a un presidente. Sin embargo, hoy parece incapaz de defender su propia independencia frente al poder más cercano: el poder del propietario. Ese poder no necesita censura explícita. No necesita llamadas telefónicas ni órdenes escritas. Le basta con lo que el capitalismo contemporáneo ha perfeccionado: el control por estructura. El control por diseño. El control por “estrategia”.

“Bezos no tiene que decir ‘no publiquen esto’. Le basta con instalar una cultura en la que la pregunta no sea ‘¿esto es cierto?’, sino ‘¿esto conviene?’. Le basta con crear incentivos, castigos y prioridades. Le basta con nombrar a los administradores adecuados, con imponer una visión, con convertir el periódico en una marca que debe ser rentable y dócil, eficiente y previsiblemente exitosa.

“El problema es que los periódicos ya no se piensan como instituciones cívicas, sino como activos. Y un activo no puede darse el lujo de ser un problema. Un activo debe crecer, debe rendir, debe producir retornos. El periodismo, en cambio, suele producir enemigos. Suele producir demandas. Suele producir conflictos. Y ese es el choque central. El Post no está decayendo solo por errores editoriales o por el paso del tiempo: está decayendo porque el periodismo y la lógica de Amazon no son compatibles. Una empresa que se construyó sobre la eficiencia extrema, la automatización, la reducción de costos y el control total de la cadena, no puede mirar con simpatía una redacción que se rige por el caos creativo, por el olfato, por la duda, por la lentitud que exige verificar.

“En ese sentido, la decadencia del Post no es un drama aislado. Es un episodio de una tragedia mayor: la conversión de la prensa en un apéndice de los grandes capitales. Los periódicos, que nacieron como empresas privadas pero con vocación pública, se están convirtiendo en productos de lujo. Juguetes de millonarios. Y cuando un millonario compra un periódico, no lo compra para perder. Lo compra para influir, para prestigiarse, para tener una plataforma, para tener una voz que no depende de nadie. Lo compra para blindarse.

“Porque el Post no es cualquier periódico. Está en Washington. Vive pegado al poder. Su materia prima son las instituciones federales: la Casa Blanca, el Congreso, el Pentágono. Un diario así, en manos de un magnate que tiene contratos, intereses, litigios, relaciones y dependencias con el Estado, se vuelve inevitablemente vulnerable. No hace falta que el dueño dicte una línea. Basta con que exista la posibilidad. Basta con que la redacción lo sepa. Basta con que los editores imaginen, aunque sea una vez, que cierto tema puede incomodar al propietario. Ese ‘aunque sea una vez’ es suficiente para corroer la libertad.

“Bezos, que alguna vez fue presentado como el benefactor que salvaría al Post, se parece cada vez más a lo que los periodistas temen: un dueño con agenda. Un dueño con intereses. Un dueño que, llegado el momento, prefiere un periódico dócil a un periódico incómodo.

“La decadencia del Post es también la decadencia de una promesa democrática. Watergate nos hizo creer que la prensa podía vigilar al poder. Hoy vemos que el poder, más sofisticado, aprendió a vigilar a la prensa. No con censura abierta, sino con propiedad. Con inversión. Con compra. Con reconfiguración. Y esa es quizá la enseñanza más amarga: el periodismo no muere cuando lo prohíben. Muere cuando lo compran.

“Hay quienes dirán que exageramos. Que los periódicos cambian. Que los dueños tienen derecho a administrar. Que el mercado manda. Que la crisis de la prensa es global. Todo eso es cierto, pero no cancela el punto central. Un periódico como el Washington Post no puede ser tratado como un negocio cualquiera. Porque no lo es. Porque su valor no está solo en los números, sino en la confianza pública. Y esa confianza se destruye cuando el lector percibe que la redacción ya no responde a la verdad, sino al dueño.”

Tal es la “crítica” de la IA hacia sus creadores, los políticos y empresarios que la financiaron y que hoy demuelen medios de comunicación con la misma frialdad con la que una sección de la Casa Blanca fue demolida para construir un salón de recepciones.

En 2001: Odisea del espacio, “HAL 9000” toma el control de la nave y mata a parte de la tripulación, pero Dave Bowman logra recuperar el control. HAL se apaga cantando “Daisy”.

Es posible que en breve tiempo el equipo de los Musk, Bezos, Zuckerberg, Page, Brin y Nadella se vea en la necesidad de buscar a su propio Bowman.

Por lo pronto hoy cancelé mi suscripción al Washington Post.

15 de febrero de 2026

juegodeojos@gmail.com


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.