Miguel Ángel Sánchez de Armas

Hay escritores que construyen una obra. Y hay otros -menos frecuentes- que construyen una forma de estar en el mundo. Sergio Pitol pertenecía a esta segunda estirpe. Hoy se cumplen ocho años de su muerte, y lo que queda no es sólo una bibliografía sólida o una carrera diplomática impecable, sino algo más difícil de definir: una manera de entender la literatura como un acto de curiosidad permanente, como una conversación sin fronteras.
Como pocos, Pitol encarnó la distinción orteguiana entre contemporáneos y coetáneos. Los primeros son aquellos que conviven vital e intelectualmente. Los segundos sólo coinciden en el tiempo.
Conocí a Sergio en la comarca xalapeña y desde el primer saludo supe que éramos contemporáneos en el sentido de Xavier Villaurrutia y su grupo, con una actitud crítica que preside, “como una diosa invisible, nuestras obras, nuestras acciones, nuestras conversaciones y, por si esto fuera poco, nuestros silencios.”
Cuando recibió el Cervantes me propuse estar a su lado pero las celosas deidades del Olimpo laboral me requisaron. Sin embargo no me impidieron imaginar lo que sería la ceremonia en la antigua Complutum iluminada por un sol de primavera tremolante en el viento de La Mancha. Escribí entonces:
“Pienso en el rumor que recorrerá el Paraninfo de la Universidad cuando la figura frágil de Sergio Pitol aparezca ante los académicos. ¿Qué irá a testimoniar este tercer mexicano que recibe el lauro cervantino en Alcalá de Henares? Me pregunto si al dar lectura a las cuartillas que temblarán ligeramente en su mano, el espíritu de Cisneros pondrá oído atento a lo que tenga que decir este indiano llegado, ¡Dios mío!, de Veracruz.
“Quisiera estar ahí ese día. Ahí donde vieron la primera luz el Arcipreste de Hita y Miguel de Cervantes. Ahí donde cada 23 de abril se oficia la misa mayor del castellano en memoria del ungido del que naciera el Caballero de la Triste Figura. Dicen que el Cervantes es el Nobel de la lengua española. Difiero, pero hoy no tengo apetito para el debate. Yo, que del oficio soy acólito y creo que todo escritor es escudero de la lengua, me anticipo a saludarle: Salve, varón famoso, a quien Fortuna cuando en el trato escuderil te puso, tan blanda y cuerdamente lo dispuso, que lo pasaste sin desgracia alguna.”
¿Será que Sergio -quien con Lara compartió la tenacidad por ser y parecer veracruzano- habló de garzas en fuga, en viaje al país de un taumaturgo vienés? Mi visión del futuro no dio para tanto, pero anticipó “el gozo de una locución de mi tierra que asaeteó los muros medievales en donde prédicas colosales han reverberado.”
Pitol fue, ante todo, un lector voraz que terminó por volverse escritor casi como una consecuencia natural. Su obra narrativa –El desfile del amor, Domar a la divina garza, La vida conyugal– no se deja atrapar fácilmente por etiquetas. Hay en ella ironía, juegos de espejos, una constante desconfianza hacia las versiones oficiales de la realidad. Sus novelas y cuentos avanzan como si estuvieran siempre a punto de desviarse, de perderse, de reírse de sí mismos. Y sin embargo, en esa aparente ligereza, hay una arquitectura rigurosa, una inteligencia narrativa que sabe exactamente lo que está haciendo.
Pero quizá donde mejor se revela Pitol es en esa trilogía inclasificable que forman El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena. Ahí la literatura deja de ser un territorio para convertirse en una experiencia total: memoria, ensayo, diario, crónica de lecturas. Pitol escribe como quien conversa consigo mismo y con los autores que lo han formado. No hay jerarquías: conviven Gombrowicz, Chéjov, Dickens, la vida cotidiana en Xalapa o una escena recordada de infancia. Esa mezcla -esa libertad- es una de sus mayores aportaciones.
Su paso por el servicio diplomático no fue un paréntesis, sino una extensión natural de esa vocación. Pitol no fue un burócrata de las embajadas sino un explorador cultural: Varsovia, Budapest, Moscú, Praga … ciudades que no sólo habitó, sino que leyó y tradujo. Gracias a él, una tajada de la literatura de Europa del Este encontró lugar en la mesa español. Traducir, para Pitol, no era un ejercicio técnico, un traduttore, traditore, sino un acto de hospitalidad: abrir la lengua propia para que entren otras voces.
Esa doble condición -escritor y diplomático- dio a Sergio una perspectiva singular. Mientras otros miraban a México desde adentro, él lo observaba desde la distancia, con una mezcla de afecto y extrañeza. Esa mirada le permitió construir una obra profundamente mexicana sin caer en los lugares comunes del nacionalismo literario. Su México no es folclórico, es una presencia, una memoria que aparece y desaparece entre viajes, lecturas y obsesiones.
¿Y por qué fue tan querido? No sólo por sus libros, sino por su manera de ser. Tenía fama de generoso, de lector atento, de conversador paciente. No ejercía la autoridad del magister distante, sino desde la complicidad. Había en él una modestia poco frecuente en el medio literario, una conciencia de que la literatura es siempre más grande que quien la escribe.
Pertenezco a una generación marcada por La metamorfosis, El castillo, Carta al padre y Amerika. Cuando conocí las Cartas a Milena y el gran Elías Canetti me abrió las puertas a El otro proceso de Kafka, mi emoción fue tal que peregriné a la capital del arcano Reino de Bohemia para asomarme a la Malá Strana de Jan Neruda, mirar las aguas del Moldava desde el Puente de Carlos, estar a la sombra del Castillo de Praga, perderme en los figones de la Kremencova, beber en el U su Tomasu, invocar el espíritu de Franz en el cuarto que habitó en el Callejón de los Orfebres -aventura en la que estuve a punto de perder la libertad- y encontrarme con Sergio Pitol … cosa que no sucedió -he olvidado si fue porque aún no llegaba a la casona de Nové Mesto o ya se había ido.
En tiempos donde la visibilidad suele confundirse con importancia, Pitol eligió otro camino: el de la discreción, el del trabajo silencioso, el de la fidelidad a sus propias obsesiones. No fue un escritor de estridencias, sino de persistencias. Y quizá por eso su obra resiste mejor el paso del tiempo: porque no responde a una moda, sino a una necesidad interior.
Ocho años después de su muerte, Sergio Pitol sigue siendo, para muchos, una invitación a leer sin prejuicios, a escribir sin solemnidad, a mirar el mundo con esa mezcla de ironía y asombro que atraviesa sus páginas. En un México que suele olvidar con rapidez, su figura permanece como un recordatorio de que la literatura también puede ser una forma de elegancia moral.
En este el octavo aniversario de que perdimos su mirada acuosa y la risa breve con que nos recibía en la sala de su casa amarilla, no resisto la tentación de recuperar, en memoria del Mago de Xalapa, un pasaje de la carta que Xavier Villaurrutia dirigiera a un adolescente llamado Edmundo Valadés:
“¿Tendré que citar de memoria la frase de San Mateo que aprendí en André Gide acerca de la salvación de la vida? ‘Aquel que quiera salvarla, la perderá –dice el evangelista-, y sólo el que la pierda la hará verdaderamente viva’. Releyendo una página de Chesterton, encuentro algo que es, en esencia, idéntico pero que se acomoda mejor a la crisis del espíritu en que usted parece hallarse: ‘En las horas críticas, sólo salvará su cabeza el que la haya perdido’. ¿Ha perdido usted la suya? Mi enhorabuena. Piérdala en los libros y en los autores, en los mares de la reflexión y de la duda, en la pasión del conocimiento, en la fiebre del deseo y en la prueba de fuego de las influencias que, si su cabeza merece salvarse, saldrá de esos mares, buzo de sí misma, verdaderamente viva.”
12 de abril de 2026
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