Luis Gastélum Leyva
Si me dieran a elegir, yo elegiría / esta salud de saber que estamos muy enfermos, / esta dicha de andar tan infelices. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / esta inocencia de no ser un inocente, / esta pureza en que ando por impuro. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / este amor con que odio, / esta esperanza que come panes desesperados. / Aquí pasa, señores, / que me juego la muerte. Y así, entre verso y poema, Juan Gelman se la jugó hasta la tarde fría de un martes de enero de hace doce años cuando a los 83 lo mató un tal ‘síndrome meliodisplásico’, término que seguramente nunca hubiera usado en uno de sus poemas, o lo hubiera odiado como odiaba la palabra ‘exacto’ (“Cuando estoy leyendo y aparece, me provoca un estremecimiento”). Y es que la poética de Gelman es reflexiva y lúdica, porque, como lo ha definido el también poeta Hugo Gutiérrez Vega, “del repertorio campesino y de época arcaica obtuvo sus palabras, y cuando no encuentra las adecuadas, asegura que las inventa”. Gelman creó sus propias reglas gramaticales y las dotó de la versatilidad necesaria para que fueran adjetivos, sustantivos o verbos, es decir: criaturas colmadas de una libertad tan amplia que rebasa todas las limitaciones y establece sus propias y, por supuesto, efímeras convenciones. Cuando la poesía se parece a alguien es a Juan Gelman. Así tituló el periódico argentino Página 12 la crónica sobre el homenaje al poeta durante la Feria del Libro de Buenos Aires hace dos décadas. En México, país donde radicó los últimos 20 años el bonarense nacido el 3 de mayo de 1930, se dice que el mejor poeta mexicano es argentino y se llama Juan Gelman. De hecho, José Emilio Pacheco ha dicho: “No soy el gran poeta, como dicen. Ni siquiera soy el mejor de mi cuadra. ¿Cómo habría de serlo si Juan Gelman es mi vecino?”. Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío / como un amo implacable / me obliga a trabajar de día, de noche / con dolor, con amor / bajo la lluvia, en la catástrofe / cuando se abren los brazos de la ternura del alma / cuando la enfermedad hunde las manos. Para Gelman, esa gran Señora que es la poesía, llega cuando ella quiere: “La poesía es lengua calcinada, y por eso uno puede hablar de todo, de política, de la hoja cuando cae en otoño, de una piedra y hasta puede hablar de amor, cosa que no es tan simple. El único tema en la poesía es la poesía misma”. A este oficio me obligan los dolores ajenos / las lágrimas, los pañuelos saludadores / las promesas en medio del otoño o del fuego / los besos del encuentro, los besos del adiós / todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre. ¿Cuál es el milagro de la poesía?, le preguntaron al poeta y el autor de El emperrado corazón Amora respondió: “A mi juicio, la vivencia que evoca expresarse, sea por razones interiores o del afuera, es interrogada por la imaginación, y es una vivencia, un informe de muchos rostros que la imaginación provoca una y otra vez: de qué se trata. Y luego busca la expresión de eso que encontró o cree haber encontrado, y yo creo que el momento del milagro es la boda felicísima de la vivencia, la imaginación y la expresión, esa es una boda rara”. Al recibir el Premio Cervantes, en Oviedo, en 2007, dijo: “A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aún antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de 5 años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte”. Con la serenidad que le han infringido los golpes de la vida, sobre todo la imborrable historia negra de la dictadura militar de su Argentina, pero también la poesía, con la que ha aprendido a hablarle y deshablarle al dolor, el poeta también habló entonces de quienes pretenden olvidar: “Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular”. Pero cómo olvidar, si todavía recuerda cuando abrió la carta de una madre de un preso en La Plata durante la dictadura argentina y empezó a leer. Al terminar se quedó con el papel en una mano, se quitó los lentes con la otra y fijó la vista en el punto del horizonte con frecuencia visitado por él cada vez que quería pensar y rememorar para nunca olvidar: el del recuerdo y la memoria (Esa cajita que revuelvo sin solución / y entra de noche en una casa apestada). En la carta, la madre del preso le contaba que su hijo compartía la celda con cincuenta detenidos que sólo pedían una cosa: poemas de Juan Gelman. Como no se les permitían los libros a los presos políticos, la hija de la señora de la carta memorizaba los versos y se los recitaba a su hermano durante sus visitas en la cárcel hasta que los recordaba tan bien para recitárselos a algunos compañeros presos, y éstos a su vez a los otros hasta que todos se sabían de memoria los poemas de Juan Gelman. El poeta dobló la carta con sus mismos dobleces, la guardó y repasó la parte de su vida producto de esa misma dictadura que lo llevó a abandonar su país natal a un exilio que no lo abandonaría nunca y que se le metería al tuétano hasta en su propia obra poética y cuyos títulos aluden al destierro: Interrupciones, Salarios del impío, Hacia el sur, Sombra de vuelta y de ida, Incompletamente y País que fue será, en el que el poeta escribió: Hay / saltos que no se pueden dar/ con una valija de sangre…/ No sabe de dónde viene,/ ni a dónde va, cantaría / en la mano que borra. / Es todo sin nada…/ Nada / pesa tanto como su antes. “Poesía y utopía es la experiencia del exilio en el aquello de San Juan de la Cruz, que da cuenta de lo que no tiene forma y deja traza. ¿Esa traza es la marca de una ausencia que no cesa de escribirse? ¿Es un vacío-pasión que arde en el deseo expulsado? El expulsado sólo puede dar lo que no tiene y habla desde la utopía, sin ningún lugar. Como el amor, como la poesía”, le expresó el mismo Gelman a su coterráneo y también poeta Jorge Boccanera (Revista Voz otra, marzo de 2006), a quien también le dijo: “El poeta no es escritor; si lo fuera no escribiría. Está exiliado de una forma como de una corporeidad, de un dibujo que es entramado y sustancia, de un friso de imágenes, de un enjambre de ideas. No es forzado, entonces, verlo como un producto del desarraigo; un hombre que adolece de tierra firme y busca volver”. Y es que Gelman vivió en carne propia los horrores de la dictadura de su país, asesinando a 30 mil personas y que abandonó hace tres décadas por un periplo de exiliado en varios países hasta asentarse definitivamente en México. Entre esas víctimas estaban su hijo Marcelo, muerto de un tiro en la nuca en octubre de 1976, y su nuera Claudia, embarazada y a quien le sustrajeron el bebé antes de ser ejecutada en Uruguay. Los restos de Marcelo los localizó y reposan en Buenos Aires, pero los de Claudia aún los busca el poeta, como le contó a Arturo Mendoza Muciño en la misma revista de Voz otra. Entonces emprendió la búsqueda de su nieta y en enero de 2000, tras arduas pesquisas de él y su esposa Mara Lamadrid, y con el apoyo de miles de artistas, escritores y premios Nobel de más de cien países que se sumaron a su causa, la encontraron en Montevideo. Durante 23 años la crió una pareja que la recibió en 1976 en una canastita. Nunca le revelaron su origen y la criaron como hija suya. Quien se decía su padre resultó ser un policía. Ella se llama Macarena y ahora lleva el apellido de su abuelo. Y es que como él mismo sostiene: “La poesía nunca falta a la cita con sus pérdidas”, aunque aclara que él acostumbra decir que le gustan todos los poemas si están bien hechos y si su tema es la poesía, porque el único tema de la poesía es la poesía y aquellos que piensan que el dolor es el origen de la poesía y de los poemas, están equivocados. En todo caso, dice el poeta, es el dolor de la palabra, esa herida que nos viene desde la cuna, de fuera, que no cierra nunca y gracias a ella tenemos la palabra, a la que dedica su “oficio ardiente”. Juan Gelman, quien ingresara a las letras por la puerta del periodismo (“Si no fuera el gran poeta que es, todo el mundo estaría hablando del gran periodista que fue”) y publicara su primera obra poética hace medio siglo, Violines y otras cuestiones, “lleva tatuada la poesía en los huesos”, ha dicho el poeta español Antonio Gamoneda. O según las propias palabras de Julio Cortázar: “Acaso lo más admirable en su poesía es su casi impensable ternura allí donde más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia, su invocación de tantas sombras desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas”. Y con esa voz ronca de fumador empedernido, la mirada dolorida de quien regresa de la guerra y pose de cantante de tangos, Juan Gelman, con su hábito de decir siempre lo que pensaba, afirmaba: “En definitiva lo que importa no es ni aquello sobre lo que el poeta escribe ni la generación a la que pertenece, sino la poesía que hace”. El poema nada en un viento y brilla./ No sabe quién es hasta / que lo arrastran aquí, donde / seguramente morirá / a la intemperie de las bestias.
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