La vida secreta

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Acompáñeme el lector a un viaje al pasado, a 1927. En una oficina cualquiera de una revista cultural que no paga a tiempo, en la metrópoli mágica que un periodista -¿quién más?- bautizó “La gran manzana”, un hombre miope dibuja perros imposibles en los márgenes de las cuartillas. Mientras en la redacción discuten acaloradamente los contenidos de la siguiente edición, él se imagina a los controles de un hidroavión en medio de una feroz tormenta.

Luego levanta la vista, sonríe apenas y sigue corrigiendo los textos desparramados en su escritorio. Se llama James Thurber y, sin proponérselo, inventó una forma moderna de evasión: la fantasía como mecanismo de supervivencia.

La vida secreta de Thurber no fue la de un héroe épico sino la de un observador con ojo clínico. Nació en 1894 en Columbus, Ohio. Su infancia quedó marcada por una flecha de juguete que le dañó la vista. Con los años casi quedó ciego, pero no cayó en la solemnidad ni en la amargura. El accidente lo convirtió en un especialista en mirar hacia adentro.

Pasó por la universidad sin graduarse y tuvo empleos menores antes de llegar a The New Yorker, su territorio natural. Su humor no era estridente y se mantuvo alejado de la sátira política. Lo suyo fue la comedia doméstica, la guerra fría entre esposos, la neurosis urbana.

En 1939 publicó el relato que lo haría inmortal: La vida secreta de Walter Mitty, un personaje gris, opaco, que mientras maneja al supermercado entre la lluvia de consejos e instrucciones de su bien intencionada pero implacable esposa, desprende la imaginación de su cuerpo para convertirse en comandante naval, cirujano brillante o piloto temerario. Mitty es el grial de millones de lectores que sobreviven gracias a la imaginación.

El cuento es breve, casi minimalista, pero su mecanismo es perfecto. Cuando Walter está a punto de culminar la más compleja intervención a corazón abierto en condiciones brutalmente adversas, la realidad de la voz de su mujer rompe la fantasía: “¿Te acordaste de comprar las chanclas?” … y el héroe vuelve al asiento trasero de su vida.

El éxito fue inmediato. Mitty se convirtió en adjetivo cultural, aunque no estoy seguro de que en esta era digital sea recordado y menos entre nosotros. Cuando un gringo llamaba a otro “un Walter Mitty” lo acusaba de vivir fuera de la realidad. Hay dos películas inspiradas en el cuento, de 1947 y  2013, pero no capturaron el sentido profundo: Thurber no se burla de la imaginación, la defiende.

James no fue sólo cuentista. Publicó varias colecciones. Y siempre dibujó perros de líneas temblorosas y ojos desorbitados tan reconocibles como su prosa. Su humor tenía una cualidad que extraño: elegancia sin pretensión. Se ríe del matrimonio, del machismo doméstico, de la autosuficiencia masculina que se derrumba ante una mujer práctica. En El asiento del gato un empleado insignificante planea el asesinato perfecto contra una compañera dominante … y … bueno, hay que leerlo. En La noche en que la cama se cayó, un hogar se convierte en campo de batalla por una confusión nocturna. Nada es grandioso. Todo es humano.

En sus últimos años dictaba los textos y dibujaba casi a ciegas. Murió en 1961, convertido en un clásico del humor. Como anécdota que no viene al caso, sepa el lector que Ohio es famoso por sus vacas, sus mazorcas y, de vez en cuando, por producir escritores: de allí salieron Sherwood Anderson, Toni Morrison y el tuerto más imaginativo de Columbus, James Thurber.

Ya dije que entre nosotros es desconocido, pero me consta que Manuel Buendía, José Emilio Pacheco y Edmundo Valadés sí lo leyeron. En sus conferencias con estudiantes de periodismo Buendía lo citaba como ejemplo de disciplina interior: mantenerse escribiendo incluso cuando no se escribe, narrar mentalmente lo que ocurre alrededor, ejercitar la imaginación como un músculo fantástico.

Algo parecido decía Edmundo Valadés -maestro de Pacheco- a los jóvenes narradores: el escritor no debe dejar de redactar sobre todo lo que le rodea, las cosas, las personas, los gestos, el ambiente. Son los ladrillos de la imaginación con los que se construye la literatrura. Thurber lo aplaude desde el más allá: Walter Mitty era un reportero de la imaginación.

Igual le ocurrió a Roald Dahl antes de ser escritor. En la Segunda Guerra trabajaba en la embajada inglesa en Washington y conoció al novelista C. S. Forester. Le contó una anécdota de cuando fue piloto en África y éste de inmediato vio la posibilidad de un cuento. Le pidió escribirlo pero le advirtió: “los personajes se vuelven reales cuando el narrador introduce pequeños detalles concretos -un gesto, un objeto, una manía- que el lector pueda ver. Roald comprendió y así arrancó su carrera literaria.

Thurber entendió bien ese principio: la imaginación necesita apoyarse en detalles visibles para volverse creíble. La imaginación como acto de resistencia íntima. En el ruido político y los heroísmos impostados que generan las clases gobernantes, el escape mental de la imaginación es un gesto de libertad. No para huir del mundo, sino para soportarlo. No es una fuga, sino una forma de respirar cuando la realidad asfixia.         

Thurber no pretendió ser ni moralista ni analista. Veo su fotografía y sus dibujos y lo imagino el cronista de la sala, del despacho sombrío, del matrimonio que discute por nimiedades mientras el mundo promete grandezas.

Por eso vale la pena buscarlo y pedirle permiso para que Walter Mitty nos escolte. No para convertirnos en héroes de guerra ni en cirujanos legendarios ni en compañeros de Ben Bradley y Katharine Graham en el fragor de la batalla de Watergate, sino para recordar que la imaginación puede ser una forma de libertad cotidiana.

Quizá Thurber sólo estaba diciendo lo que Buendía sabía: el escritor trabaja incluso cuando parece que sólo observa.

8 de marzo de 2026

juegodeojos@gmai.com


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.