Luis Gastélum Leyva

A 25 años de los Retratos de los niños del éxodo y a un año de su muerte, el fotógrafo brasileño recibe un emotivo homenaje en París con una muestra de 200 de sus imágenes emblemáticas
No somos más que una mirada. El mundo entra por los ojos. Y luego lo proyectamos. Pero hace falta detenernos y mirar. Observar. Detrás de cada rostro hay una vida. Muchos ojos: vivaces, tristes, alegres, sorprendidos, alertas, felices… Los acompaña un rostro con un gesto y una actitud diciendo lo mismo que sus ojos. Los más sonríen a la cámara y mandan un saludo al mundo: “Aquí estamos”, afirman. Y sí, ahí están, en todo el mundo. De todos los colores. De todos los lugares donde se libra una guerra, de hambre y por el poder, a balazos y por el dominio: Irán, Ucrania, Sudán, Palestina, Afganistán, Pakistán, Chiapas, Mozambique, Angola, Líbano, Ecuador, Brasil… Pero ellos se ríen. Son las víctimas pero sobreponen una sonrisa. Y así lo demuestran, tajante, en las fotos contundentes en blanco y negro de Sebastiao Salgado en esa gran antología de miradas que es Rostros de los niños del éxodo. El valor de la mirada en la existencia, dijera el poeta y periodista Miguel Valera (galardonado este fin de semana con el Premio Nacional de Periodismo), la mirada que es esencia de la existencia y que no sólo nos permite ver por el iris y la pupila, sino a través de la percepción de todo el cuerpo y también desde la memoria y la imaginación. Con la mirada no sólo somos, sino que construimos nuestro entorno, el micro o macro cosmos del que formamos parte. Por la mirada nos acercamos al mundo y también la mirada –como dice aquella vieja frase poética– es la ventana del alma. Sí, la mirada interna, la mirada convertida en conciencia que nos hace –a los seres humanos y a los ángeles si existieran– vernos a nosotros mismos y vernos por encima de todos aquellos que sólo sienten –en el más puro sentido aristotélico (plantas y animales)– pero que no tienen conciencia, que no saben que existen, que están afuera, como la literalidad latina refiera de la palabra. Por eso, sólo la mirada nos hace viajar. “En cualquier situación de crisis –decía el mismo Salgado, fallecido hace un año y a quien el Ayuntamiento de París le rinde este mes un reconocimiento con una muestra de 200 fotografías que proyectan su vocación humanista–, ya se trate de guerras, pobreza o catástrofes naturales, los niños son las mayores víctimas. Son los más débiles físicamente, y siempre son los primeros en sucumbir a las enfermedades o al hambre. Muy vulnerables emocionalmente, los niños son incapaces de entender por qué les obligan a abandonar sus casas, por qué sus vecinos se convierten en enemigos, por qué de repente tienen que vivir en un arrabal rodeados de basura o en un campo de refugiados sumido en la desgracia. No son responsables de su destino, ya que, por definición, son inocentes”. Nos ponemos la máscara del engaño para no ver detrás de esos rostros una historia de terror. Y verlos a la cara nos debería perturbar el sueño, porque cada vez son más y más los desplazados del mundo. Porque como también reconoce el fotógrafo brasileño: brota de ellos una energía pura, incluso en los perores momentos: “A veces, su alegría de vivir es más fuerte que lo que están viviendo”, dice Salgado y se pregunta: ¿Cómo es posible que la sonrisa de un niño llegue a representar la desgracia? Retratos de los niños del éxodo es un viaje por la inocencia del mundo, con sus tristezas y alegrías, de la mano del fotógrafo naciod en Minas Gerais en 1944 y quien, como escribió el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago (“Dante hoy, descendería al infierno con una cámara fotográfica, quizá aún le sobrase alguna película cuando entrase en el purgatorio, pero es dudoso que encontrara un cielo para fotografiar”), para el viaje que este libro es no necesitamos de un Virgilio que nos indique el camino, Sebastiao Salgado, solo con su cámara, sólo con su cámara, es el guía y el narrador, “el guía y el poeta”. O como lo definiera el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Él es un artista: un hombre que ve y viendo nos ayuda a ver. En esta monumental obra de arte, descubre y revela el mundo del fin del milenio: he aquí esta gran odisea de nuestro tiempo, este viaje con más náufragos que navegantes”. Esta mirada tan certera y amplia de la sonrisa de la desgracia.
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