Miguel Ángel Sánchez de Armas

Es el verano de 1938. José Gaos, discípulo de Ortega y Gasset y gran introductor de Heidegger a la cultura española, está en Valencia. Huyó de la Universidad Central de Madrid cuando una horda franquista asaltó el edificio de la Rectoría aullando a todo pulmón, “¡muera la inteligencia!”
Está solo y no conoce a nadie en el puerto, pero en la bolsa de su impecable chaleco blanco lleva la invitación de Lázaro Cárdenas y Alfonso Reyes para una estancia en la Casa de España en el Valle del Anáhuac. En un cafetín del Paseo de Neptuno frente a la playa de Las Arenas aguarda la hora de embarcar en el buque de la Compañía Trasatlántica Española que lo llevará a La Habana para de ahí seguir a Veracruz.
Gaos todavía espera un milagro, pero el Mediterráneo ya huele a derrota. Aborda la nave. En el barco viajan niños evacuados, funcionarios y profesores que siguen hablando de libros en medio de los bombardeos. El filósofo cruzará el Atlántico creyendo quizá que se alejaba por una temporada. Lo que en realidad dejaba atrás era su antigua vida.
Debió de ser un viaje extraño. No el de un fugitivo hacinado en cubierta, sino el de un profesor prestigioso que aún conservaba la esperanza de regresar a España. Pero al vaivén del buque que avanzaba hacia el Golfo de México, la República se desmoronaba lentamente. Me pregunto si mirando alguna noche la inmensidad atlántica, las facciones asturianas del profesor -nariz fuerte, mandíbula firme, cejas densas- se habrán alterado al preguntarse: ¿en qué momento se deja de pensar en “Méjico” y se comienza a imaginar a “México”?
Cuando Gaos pisó Veracruz llevaba consigo libros, manuscritos y la autoridad intelectual de un rector universitario; lo que no llevaba era la certeza del regreso. México terminó convirtiéndose en su estación definitiva. Entre nosotros enseñó, tradujo, escribió y acuñó una palabra que resumía aquella travesía moral: no desterrado, sino transterrado, alguien trasladado de una patria herida a otra tierra capaz de continuar la vida en la misma lengua.
Cuando puso pie en las aulas mexicanas su actitud corporal llamaba la atención: ligeramente encorvado hacia adelante, como si siguiera inclinado sobre un libro o una idea. Daba la impresión de hablar pensando y de pensar hablando. Quienes lo trataron recordaban una voz pausada, espesa, con fuerte acento español y una cadencia profesoral que podía volverse hipnótica en clase.
Este episodio estuvo siempre presente en el ánimo del periodista Manuel Buendía, cuyo centenario conmemoramos este mes. Con esa visión apreció y admiró el exilio español. Quienes después llegaron a México en el Sinaia, el Ipanema o el Mexique no eran sólo exiliados de una guerra, sino prójimos puestos en su camino. Esos transterrados no se limitaron a vivir al amparo tricolor. Llegaron con lo puesto y se entregaron al trabajo. A cambio del asilo, ofrecieron conocimiento y disciplina y construyeron instituciones. No fue una relación pasiva, sino un intercambio provechoso: México los acogió y ellos contribuyeron a ensanchar la vida cultural y académica del país que los acogió.
Pero la historia terminó alcanzándolos. A las seis y media de la tarde del 18 de marzo de 1977, José López Portillo sostuvo una entrevista “dolorosa y tremenda” con José Maldonado González, presidente de la República en el exilio, para poner fin a las relaciones que México había mantenido desde los días del general Cárdenas con aquella España derrotada. Fue el cierre político de una guerra que llevaba cuarenta años prolongándose en la memoria de los transterrados. López Portillo recordaría después la “comprensión, la inteligencia y la orgullosa humildad” con que los republicanos aceptaron la decisión:
“El momento para mí fue dramático, emotivo. Todo mundo quiere relaciones normales con España y pocos se daban cuenta de que la precondición era liquidar las relaciones con la República. Hay, sin duda, una impresión de abandono si no se razona la medida, dura y desagradable”.
Este fin de las relaciones que México había conservado con la República aceleró una idea que durante años había estado en el ánimo de Buendía: un libro para dar a conocer la riqueza que llegó a México con los transterrados de la madre patria. Al abrir su puerta a los republicanos españoles, México cumplía un compromiso con la historia.
López Portillo nunca superó el dolor por la “dura y difícil” medida. Ni el paso del agua bajo los puentes del tiempo ni que “muchas cosas se hubieran hundido en los pantanos”, evitaron que el drama inicial de aquella decisión siguiera vivo en su alma. Por eso atendió la propuesta de un grupo de periodistas encabezados por Buendía cuando el jueves 22 de noviembre de 1979 fue huésped del Ateneo de Angangueo: publicar una obra que recontara el aporte de los republicanos españoles que llegaron exiliados al país echados de su patria por la guerra civil.
Así nació El exilio español en México: 1939-1982. No como gesto nostálgico ni concesión cultural de fin de sexenio, sino como declaración intelectual y política.El libro fue un “monumento al exilio” para celebrar el pasado y justificar el presente. Recuperar los méritos del exilio español, sus aportaciones a la cultura y la creación de instituciones, permitía defender la hospitalidad mexicana frente a los nuevos transterrados latinoamericanos de las dictaduras militares del sur.
El libro operaba así en dos tiempos: memoria y legitimación. Salvador Reyes Nevares hizo el plan y supervisó su ejecución. Se armaron grupos de consejeros, de investigación y redacción y la obra apareció en 1982. Vista a la distancia, El exilio español en México fue algo más que un libro colectivo. Fue una intervención pública, una forma de decir que la memoria también podía ser una forma de periodismo.
Impulsar esa obra fue para Manuel Buendía como escribir una columna de mil páginas. Una defensa sostenida de la idea del exilio como fuerza civilizatoria y no como lastre político; una toma de posición frente a quienes veían en los recién llegados una carga incómoda. No era solo historia: era presente y, sobre todo, argumento.
Resulta difícil imaginar un solo campo de la vida mexicana que no haya sido afectado, en una u otra forma, por los republicanos españoles. En las páginas del libro no hay una, sino muchas lecciones tanto para los peninsulares como para los indianos, en particular quienes penosamente parecen incapaces de comprender, y menos apreciar, las profundas consecuencia de un encuentro de culturas: a la historia hay que entenderla, no manipularla y menos satanizarla.
Lo que primero salta a la vista de esa inmigración es la amplitud y complejidad de su composición. El exilio… contiene 32 ensayos en casi mil páginas, unos técnicos, otros culturales y alguno emocionante, como el de Ricardo Garibay que recuerda “aquellos españoles” que se cruzaron en su camino:
“He vivido cuarenta años con la certeza de que entre los españoles de México y yo había toda suerte de inteligencias y acuerdos; los conocía y me conocían, me habían secreteado mucho de sí; la gente no tenía idea del tamaño y calidad de mi amorosa información. Vi que eso no era cierto. No me creí. La cosa era decidir con quién o por quién comenzar. Recasens, Pedrozo, García Bacca, Gaos, Pascual del Roncal, Medina Echevarría, Puche, Garfias, Díez-Canedo, Gil Albert, Azcarra, Ímaz, Xirau, Millares Carlo, Gallegos Rocafull … ¿Con quién? ¿Por quién?”
17 de mayo de 2026
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