Bob Dylan cumple hoy 85 años

Luis Gastélum Leyva

La gran poesía de nuestra época es el rock. Es el idioma universal, del gesto y del grito. Es el idioma de la comunicación y la participación. Es una revolución fantástica. Marshall McLuhan

Tiembla la tierra de las letras. Es el mediodía de un jueves de octubre de hace diez años en Estocolmo y la Academia Sueca decide otorgar el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. El novelista japonés Haruki Murakami, el keniano Ngugi wa Thiong’o o el destacado poeta sirio Adonis quedan fuera otra vez. “Por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, dice la vocera del jurado de la Svenska Akademien sobre el reconocimiento al músico y compositor de 75 años entonces. Algo similar había dicho una década atrás el jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Artes (Andrew Lloyd Webber entre sus integrantes) cuando falló en favor de Dylan con el veredicto de que “es un mito viviente” y “faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo”, aunque él piense que entonces “el mundo era absurdo, tenía muy poco en común y apenas sabía nada acerca de la generación a la que se suponía que mi voz representaba”. Dylan, decía el jurado, ha conjugado “la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas” y ha sido “un reflejo del espíritu de una época que busca las respuestas en el viento”. Se desataron los pros y contras. Mario Vargas Llosa, Nobel también, se dijo sorprendido y advirtió que el premio “debe ser para escritores y no para cantantes” y calificó la decisión como una frivolización de la cultura: “Bob Dylan es un buen cantante, pero no es un gran escritor, ni muchísimo menos. Hay muchos escritores que merecerían el Nobel y que han quedado marginados, pero es la civilización del espectáculo, que ya llegó a la Academia sueca”. Tiempo atrás le preguntaron a Fernando Savater si vería bien que le dieran el Premio Nobel de Literatura a alguien como Bob Dylan, que ha hecho más por la lectura que muchos de los escritores a los que se lo han dado. El filósofo español, siempre de respuestas inteligentes y rápidas, aunque no carentes de mordacidad, contestó: “No me parecería nada mal, como reconocimiento de esa otra literatura que se encuentra en canciones y poemas melódicos populares, que tanto ha significado en la vida de cualquiera de nosotros. Aunque debo confesar que prefiero las letras de José Alfredo Jiménez a las de Bob Dylan”. Pero como él mismo canta en Thunder on the mountain, la canción que abre el álbum Modern Times: Siento que mi alma está empezando a expandirse / Si miras en mi corazón, puedes llegar a comprenderlo. Por eso son válidas las opiniones de otros sobre él: “Si Elvis liberó mi cuerpo, Dylan liberó mi mente”, ha dicho Bruce Springsteen. “Es un pozo sin fondo. Aun tiene mucho que decir”: Lou Reed. “Me impresiona su tono de voz, es como un cello”: Frank Sinatra. “Al oírle pensé que un alma cogía la antorcha de América”: Allen Ginsberg. “Nada de folkie o poeta, es la gran bestia del rocanrol”: Chuck Berry. “Es como Enstein, como un disparo divino”: Kris Kristofferson. “Su conciencia siempre le hace huir de lo comercial”: Eric Clapton. “Dylan tiene mucho más que tres acordes y la verdad”: Bono. Aunque también están sus detractores, como Truman Capote, quien siempre lo consideró un farsante: “Es un oportunista que quiere hacer carrera y sabe muy bien donde va. Además, es un hipócrita. Nunca he comprendido por que le gusta a la gente. No sabe cantar”. Pero nadie ha contribuido más a la desmitificación de Bob Dylan que él mismo. A lo largo de toda su carrera ha vivido oculto bajo un halo de misterio y provocación que él mismo ha ido tejiendo con arrogancia, surrealismo y contestaciones impertinentes, con pensamientos y frases irreverentes y provocadoras como “Yo no tengo esperanzas de futuro y sólo espero tener suficientes botas para cambiarme”, “Los grandes cuadros no deberían estar en los museos, sino en los muros de los restaurantes, en las grandes superficies, en los espacios públicos… La música es la única cosa que está en consonancia con lo que pasa. No es la bomba lo que debe desaparecer, sino los museos”, “He tenido que luchar con el pasado y cuando lo conjuro es algo casi masoquista”, “La política es una mierda, todo es irreal. Lo único real está en tu interior, en tus sentimientos”, “Todavía no he escrito nada que me haga dejar de escribir. No he llegado al lugar al que llego Rimbaud cuando decidió abandonar la poesía y se fue a vender armas a Africa”, “Desde el momento que pagas impuestos, ya eres parte del sistema”, “Con fuerza de voluntad se puede hacer cualquier cosa, incluso determinar su propio destino”, o como aquella ocasión en la que declaró: “Como toda la gente famosa, lo único que quiero es que me dejen tranquilo”. Pero él mismo es cuidadoso de las reflexiones dylanianas, porque como opina sobre el destino: “Es la sensación de que sabes algo sobre ti mismo que el resto del mundo ignora. La imagen de ti mismo que tienes en la mente acaba por hacerse realidad. En cierto modo es algo que debes mantener en secreto, porque es un sentimiento frágil, y si lo sacas a la luz, alguien lo destrozará. Más vale guardar todo eso dentro”. Pero el mundo no es tan cerrado como cree el compositor y cantante que retomó el nombre del poeta galés Dylan Thomas (“Si yo hubiera sido un fan de Dylan Thomas –suele decir cuando se lo refieren– me habría llamado Bob Thomas y cantaría sus poemas”) para herrar la memoria con el sello de Bob Dylan y ser un reflejo del espíritu de una época que buscaba las respuestas en el viento, aunque Bob Dylan piense que entonces “el mundo era absurdo, tenía muy poco en común y apenas sabía nada acerca de la generación a la que se suponía que mi voz representaba”. Y replicaba a quienes le querían ubicar en un ismo: “Estar junto a la gente que lucha por algo no significa ser político. Yo no era comunista: no sabía lo que significaban esos términos, ni veía a la gente en esos términos”, ha dicho quien se define a sí mismo como un “expedicionario musical” que aspira a escribir canciones que “inspiren”. Pero en el imaginario de sus seguidores es El Maestro, un mito, el profeta, y nadie ha contribuido más a la leyenda que el propio Bob Dylan: a pesar de ser un insoportable, de tener tres discos de contenido evangélico (“Les tengo noticias: están hasta las narices de mierda y ni siquiera lo saben. Cuidado, Dios volverá y todos sus mezquinos intereses serán cenizas en el viento”), de haber cantado para Juan Pablo II (“La respuesta no está en el viento. Está en la voz de Cristo”, dijo entonces el Papa ante 300 mil personas reunidas en Bolonia), su voz se sigue escuchando envuelta en la verdad de los poetas que no se resignan, como la de su maestro, el poeta galés Dylan Thomas: No vayas suave a la noche caliente / Rabia, rabia contra la muerte de la luz. Por eso, la noche de ese jueves 13 de 2016 que fue designado Nobel de Literatura, en el Chelsea de Las Vegas, Bob Dylan cerró su concierto con ¿Porqué tratan de cambiarme ahora? de Cy Coleman (Soy sentimental y suelo caminar bajo la lluvia / Tengo algunos hábitos que ni siquiera yo puedo explicar / Me siento y sueño despierto, tengo montones de sueños / La gente habla y mira / Pero yo soy de un mundo loco / Déjenlos reír, déjenlos fruncir el ceño / Siempre fui su payaso / ¿Porqué tratan de cambiarme ahora?) Y es que Dylan tuvo que soportar la carga de ser dios en la época en la que Estados Unidos estaba muy necesitado de dioses, como fueron los sesenta, cuando nació la leyenda, el incombustible, el inconforme y rebelde, autor de más de 800 canciones escritas como poemas, que niega conocer a alguien que haya hecho un disco que suene decente en las últimas dos décadas, porque los escuchas y son atroces, llenos de sonido y nada está definido, ni siquiera la parte vocal, que es como si fueran ruidos parásitos: “Música y canciones que no valen nada”, le decía el cantante de voz nasal al narrador estadounidense Jonathan Lethem en una entrevista para Rolling Stone en ocasión de la salida de su disco Modern Times, y a quien expresó: “He escrito estas canciones en un estado de trance, casi hipnótico. Están en mis genes y no podía impedir que salieran. No tengo un montón de astrólogos diciéndome que va a suceder. Sólo hago un movimiento tras otro. Es lo que me lleva, ahora que he estado estudiando el arte del amor”.

Un tipo que canta y baila

Bob Dylan nació el 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, como Robert Allen Zimmerman y donde, según él mismo, “hacía tanto frío que no se podía ser un rebelde”. Sus padres pertenecían a la pequeña comunidad judía local: “De mi padre aprendí los méritos del trabajo”, cuenta en No Direction Home. El joven que entonces usaba su verdadero apellido de Zimmerman sobrevivió a los fríos inviernos de Minnesota escuchando blues y country que emitían desde Nueva Orleáns. En 1959 fue rechazado en West Point y se inscribió a la universidad de Minneapolis, donde pronto abandonó los estudios para unirse a las bandas de folk locales. Meses después, ya con la guitarra debajo del brazo y la armónica en la funda, viajó en aventón a Nueva York para visitar a Woody Guthrie –activista social, músico folk y la gran referencia para Dylan en sus inicios–, que yacía postrado en una cama de hospital. Era enero de 1961, en el Greenwich Village neoyorkino, y el joven músico que surgió del frío no tenía más que 20 años y un puñado de dólares en el bolsillo: “Era la encarnación de lo cool, cuando ser cool todavía implicaba llevar pantalones ajustados y zapatos de gamuza marrón”, escribió Sean Wilentz, un historiador de la Universidad de Princeton. Y según contaba hace unos años Borja Bergareche en El País, Joan Baez, su compañera artística y sentimental durante varios años, se enamoró de su “piel suave y su carita de bebé”. Pero siempre hubo en la voz nasal y juvenil de Dylan una sensación difusa de rabia. Oí a diez mil susurrando, y a nadie escuchando / Oí una persona morir de hambre, y a mucha gente reír / Oí la canción de un poeta que murió en la alcantarilla / Oí el sonido de un payaso que lloraba en el callejón, dice en la canción A Hard Rains A-Gonna Fall, del disco The Freewheelin (1963). Para Bergareche, Dylan fue el niño bonito de la izquierda de la época y cantó en la famosa marcha sobre Washington en la que Martin Luther King pronunció su discurso I have a dream. Pero la máscara le empujaba, por ejemplo, a afirmar, al recibir el premio de una asociación de derechos civiles, que “veía algo de sí mismo en Lee Harvey Oswald”, el asesino de Kennedy: “Estar junto a la gente que lucha por algo no significa ser político. Yo no era comunista: no sabía lo que significaban esos términos, ni veía a la gente en esos términos”, contaba el mismo compositor y cantante, quien se define a sí mismo como un “expedicionario musical” que aspira a escribir canciones que “inspiren”. Pero también en el terreno musical Dylan encontró la incomprensión de los más fanáticos de sus admiradores, como el que no le perdonó que pasara a la guitarra eléctrica y le gritó “¡Judas!” en el concierto que dio en 1966 en el Free Trade Hall de Manchester. Dylan, con desprecio, le contestó: “¡Eres un mentiroso!”. Y ordenó a su banda tocar Like a Rolling Stone a mil revoluciones. Ahora, tras haber publicado más de 50 discos, divorciado y padre de cuatro hijos, Bob Dylan confiesa que disfruta de los “partidos de liga, las fiestas de cumpleaños, ir de camping y pescar”. El 25 de Marzo de 1954, también era jueves, Bob Zimmerman estaba a punto de cumplir 13 años, y ese día, Frank Sinatra recibía en el Pantages Theater de Hollywood el Oscar al mejor actor secundario por su interpretación del soldado Maggio en la película De aquí a la eternidad. En su discurso de aceptación dijo: “Damas y caballeros, estoy emocionado y conmovido. En realidad no sé qué decir porque esto es algo totalmente nuevo para mí y yo pienso en mí mismo más bien como un tipo que canta y baila, ¿saben?”. La ceremonia fue retransmitida por televisión y el adolescente Bob la seguía con atención. Once años después, el viernes 3 de diciembre de 1965, Zimmerman, ya como Bob Dylan, ofreció una rueda de prensa en San Francisco y ante la pregunta de ¿piensas en ti principalmente como intérprete o como poeta?, el naciente cantante y compositor de La respuesta está en el viento contestó: “Yo pienso en mí mismo más bien como un tipo que canta y baila, ¿saben?”. Nacía entonces la leyenda y el único Premio Nobel de Literatura que canta sus poemas.


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