La casa de mi amo

Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Con el sugerente título de Incendiando la morada de mis amos, apareció el testimonio de Jayson Blair, el reportero del New York Times que protagonizó uno de los grandes escándalos periodísticos del siglo al ser evidenciado como un contumaz, si bien talentoso, plagiario y embustero.

Jayson Blair es un caso alucinante. A los 27 años se decía que iba en camino de convertirse en la versión negra de George Polk, el legendario reportero de la CBS asesinado en Salónica en 1948 presuntamente por sus revelaciones periodísticas sobre la dictadura griega apoyada por el gobierno de Estados Unidos. En breve tiempo transitó de la escuela de comunicación al periodismo estudiantil, a las prácticas profesionales, al trabajo en medios, al ascenso rutilante y al despeñadero.

Bastó que una colega del San Antonio Express News, Macarena Hernández, detectara sospechosas similitudes entre un reportaje suyo y otro de Jason, para sacar a luz una pasmosa historia de decepciones, mitomanía, artificios, embustes, enredos e invenciones que reventó a los mentores del reportero, aniquiló sus largas y honrosas carreras, y puso un ojo negro al legendario periódico que publicó los documentos del Pentágono.

Desde el desorden de su pequeño departamento neoyorquino, Blair escribió reportajes y artículos sobre lugares que no conocía, con declaraciones de personas a las que nunca entrevistó y descripciones de paisajes que jamás vio, para las páginas de uno de los más influyentes rotativos del mundo.

Jason se convirtió en el protagonista de la nota roja del oficio y levantó una ola que aún no pierde del todo su fuerza. La zarabanda obligó al Times a ofrecer disculpas a sus lectores y conducir una extensa investigación interna sobre las prácticas y conductas de la compañía para aplicar correctivos de fondo.

En un artículo de 7 mil 239 palabras con entrada en primera plana titulado “El reportero del Times que renunció deja una estela de decepciones”, el rotativo admitió que el asunto fue un socavón en sus 152 años de historia. En la secuela del escándalo, el editor ejecutivo Howell Raines y el editor gerente Gerald Boyd, ambos patrocinadores de Blair, fueron despedidos.

Fue una amarga lección para la arrogante empresa periodística cuyo lema es “All the News That’s Fit to Print” (“Todas las noticias que merecen ser publicadas”).

Blair pertenece simultáneamente a varias minorías: es negro, espléndido redactor, mitómano, drogadicto y alcohólico. Pero también es un enfermo bipolar a quien no se le diagnosticó a tiempo el cuadro maniaco-depresivo que se fue agravando bajo la presión de la brutal competencia profesional y las exigencias del diario, hasta que reventó. Como si esto fuera poco, en su niñez fue víctima de abusos sexuales.

En los periodos de euforia podía trabajar día y noche, viajar por el país y producir literalmente docenas de reportajes. Cuando lo atrapaba la depresión sus jornadas eran igualmente largas pero dedicadas al consumo de alcohol y cocaína, a la fiesta y al escándalo.

Un día inventó el nombre de un entrevistado y de ahí en caída libre: notas de otros diarios, reportes radiofónicos o de televisión y el archivo histórico del mismo Times, fueron los cotos en donde cotidianamente cazaba para historias que hilaba y presentaba con su firma. Pero no había maldad en su conducta, pues como ya dije, Blair es bipolar. Cuando los editores del Times lo interrogaron, él sostuvo que, como es común en el oficio, citaba otras fuentes. Y realmente no tenía conciencia de las dimensiones de su desvío ético.

“Engañé a las mentes más brillantes”, diría en una entrevista poco después de su desafuero. Y así fue. También humilló y desilusionó a amigos, colegas y conocidos que lo apoyaron y defendieron cuando era investigado porque supusieron que se trataba de un caso de discriminación racial. En palabras de uno de los ofendidos, puso en peligro los logros profesionales de las minorías en el periodismo estadounidense.

Blair no pretende justificarse. Su libro no es una diatriba contra el establishment blanco, anglosajón y protestante confabulado contra el negro que lo desafió. No. Jason acepta que él mismo destruyó “la morada de su amo” -es decir, su propia vida, en parodia del versículo bíblico. Además, como lo hiciera el novelista William Styron en su conmovedor libro Memoria de la locura, da una voz de alerta contra la amenaza de una enfermedad silenciosa que, como el cáncer, puede matar si no es tratada a tiempo: la depresión.

Tal vez sin proponérselo, el libro también arroja luz sobre un territorio por definición oscuro: la vida interna de los medios. Las empresas de noticias son las más agresivas militantes a favor de la transparencia para el resto del mundo y los demás mortales, mas pídaseles reciprocidad y brincarán como demonios y denunciarán ataques “a la libertad de expresión”. Esto pasa en todas partes, mas el libro de Jason permite una comparación interesante: acá es muy fácil mentir, calumniar y difamar con impunidad. Allá, la presión del mercado obliga, por lo menos, a un fariseico mea culpa.

La semana próxima compartiré la historia de otro gran timo periodístico, protagonizado por una reportera del Washington Post, quien transitó del honor de recibir el premio Pulitzer, al descrédito de verse obligada a regresarlo cuando quedó al descubiero que su gran reportaje había sido una mentira de principio a fin.


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