Carta a García

Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

En un frío atardecer de febrero de 1899 en su casa de Búfalo, Elbert Hubbard y su hijo Bert se lamentaban de los inútiles esfuerzos gastados en la misión imposible de poner a trabajar a colaboradores cuya apatía “legaba a lo criminal”.

A punto de darse por vencidos, recordaron la anécdota del soldado Andrew S. Rowan, una suerte de Miguel Strogoff cuya hazaña fue decisiva para el desenlace de la guerra entre Estados Unidos y España en Cuba. El presidente yanqui debía enviar una carta al general García, cuyo paradero en la selva cubana nadie conocía con precisión. En el relato, Rowan es comisionado y al recibir la orden sólo pregunta una cosa: “¿Para quién es el mensaje?” “Es para  el general García”, fue la única respuesta. No preguntó de qué medios dispondría para llevar a cabo esa tarea, ni si le iban a pagar por ello. Tampoco preguntó qué plazo le daban y si tendría algún ascenso si lo lograba. El mensajero del Presidente se limitó a cumplir con su deber.

Elbert entonces redactó a vuelapluma un texto que con el tiempo fue publicado en el mundo entero. Se estima que llegó a 40 millones de ejemplares en vida del autor, un récord no igualado.

El director de los ferrocarriles rusos lo hizo traducir y se repartieron cien mil ejemplares entre los empleados de la empresa. De Rusia pasó a Alemania, a Francia, a España, a Turquía, al Indostán y a China. Durante la guerra ruso-japonesa, cada soldado ruso que iba al frente llevaba un ejemplar de aquel escrito. Al encontrar los japoneses el folleto en poder de los prisioneros de guerra, creyeron que era un documento secreto y lo tradujeron. Al conocer el contenido, el Mikado lo mandó repartir entre militares y civiles.

Un conocido mío, que fue soldado hace algunos años, me informó que al ser dado de alta en la infantería mexicana le fue entregado un ejemplar de este texto.

Aquí extractos de la Carta, en traducción propia:

“Cuando estalló la guerra entre España y Estados Unidos, hubo necesidad de un acuerdo entre el presidente McKinley el general Calixto García. Pero, ¿cómo hacerlo? Hallábase García en esos momentos en alguna serranía perdida en el interior de la Isla. Y era precisa su colaboración. Pero, ¿cómo hacer llegar a sus manos un despacho? ¿Qué hacer?

“Alguien le dijo al Presidente: conozco a un hombre llamado Rowan. Si alguna persona en el mundo es capaz de dar con García es él: Rowan.

“El tal Rowan recibió la carta, la guardó cuidadosamente y a los cuatro días desembarcó en Cuba. Se internó en la selva y a las tres semanas reapareció al otro extremo de la isla después de haber entregado la carta a García. El punto que quiero destacar es: McKinley da a Rowan una carta para que la lleve a García. Rowan toma la carta y no pregunta: ‘¿En dónde podré encontrar a esta persona?’

“¡Vive Dios! He aquí un hombre cuya efigie debería ser fundida en bronce y colocada en cada una de las escuelas del universo. Porque lo que debe enseñarse a los jóvenes no es esto o aquello, sino templar su ser íntegro para el deber, enseñarlos a obrar prontamente, a concentrar sus energías, a hacer las cosas, a llevar la carta a García.

“El general García ya no vive. Pero hay muchos Garcías en el mundo. Qué desaliento no habrá sentido todo [líder] ante la ineptitud del común de los hombres, ante su abulia, ante su falta de energía para llevar a término la ejecución de un trabajo.

“Descuido culposo, trabajo a medio hacer, desaseo, indiferencia, parecen ser la regla general. Y sin embargo no se puede tener éxito si no se logra por uno u otro medio la colaboración de los subalternos… a menos que del cielo descienda milagrosamente un ángel luminoso como ayudante.

“El lector puede poner a prueba mis palabras: llame a uno de sus subordinados y dígale:

“-Consulte usted la Enciclopedia y hágame el favor de sacar un extracto de la vida de Correggio.

“¿Cree usted que su ayudante responderá “¡Sí señor!” y ponga manos a la obra? Pues no. Le lanzará una mirada vaga y le hará una o varias de las siguientes preguntas:

“-¿Quién era él?  ¿En qué Enciclopedia busco eso? ¿Está usted seguro de que esto está entre mis deberes? ¿No será la vida de Bismark la que usted necesita? ¿Por qué no ponemos a Carlos a que busque eso? ¿Necesita usted de ello con urgencia? ¿Quiere que le traiga el libro para que usted mismo busque allí lo que necesita? ¿Para qué quiere saber eso?

“Y apuesto diez a uno que después de que usted haya respondido y haya explicado el modo de verificar la información y para qué la necesita usted, el prodigioso ayudante se retirará y buscará a otro empleado para que le ayude a buscar a García… y volverá a informarle que tal hombre no existió en el mundo (esto también sucede si se le pide al subdirector una traducción).

“Parece necesaria la presencia de un capataz con garrote. El temor de ser despedidos el sábado por la tarde es lo único que retiene a muchos trabajadores en su puesto. Ponga un aviso solicitando un secretario, y de cada diez aspirantes, nueve no saben ni ortografía ni puntuación.

“¿Podrían tales personas llevar la carta a García?

“Conozco a un hombre de facultades verdaderamente brillantes, pero inhábil para manejar sus propios negocios y absolutamente inútil para gestionar los ajenos, porque lleva siempre consigo la insana sospecha de que sus superiores lo oprimen o tratan de oprimirlo. Ni sabe dar órdenes ni sabe recibirlas. Si se enviara con él la carta a García, contestaría muy probablemente:

“-Llévela usted.

“Hoy este hombre vaga por las calles en busca de oficio, mientras el viento silba al pasar entre las hilachas de su vestido. Nadie que lo conozca se atreve a emplearlo por ser él un sembrador de discordias. No le entra la razón y sólo sería sensible al taconazo de una bota número 9 de doble suela.

“Mi corazón está con aquellos que trabajan lo mismo cuando el jefe está presente que cuando está ausente. El hombre que se hace cargo de una carta para García y la lleva tranquilamente sin hacer preguntas idiotas, y sin la intención perversa de arrojarla en la primera alcantarilla que se encuentra al paso, y sin otro objetivo que llevarla a su destino, jamás será despedido de su trabajo, ni tendrá jamás que entrar en huelga para obtener un aumento de salario. La civilización es una lucha prolongada en busca de tales individuos. Todo lo que un hombre así pida, lo tendrá; lo necesitan en todas partes: en las ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en las oficinas, en las fábricas, en los almacenes. El mundo los pide a gritos, el mundo está esperando siempre ansioso a hombres capaces de llevar la carta a García.”