Veracruz: 500 años

(V. El paisaje local)

 

Rodolfo Chena Rivas

 

Dice Watsuji en la Antropología del Paisaje (2006), que la interacción del hombre con climas y territorios produce un paisaje física y culturalmente determinado. Por ejemplo, las sociedades agrarias viven, ineludiblemente, la necesidad de adaptarse al clima y a la fertilidad del suelo, que resultan factores determinantes en los procesos de acomodamiento y distribución espacial de los seres humanos y de sus actividades, motivando la formación de estructuras y patrones de organización colectiva que, por su propia dinámica, gestan avances artesanales o tecnológicos, mayor división del trabajo y creciente demografía. De este modo, la acción humana reconduce la naturaleza de las relaciones personales hacia formaciones sociales características de sociedades crecientemente variadas en el largo tiempo, recreando el paisaje previo en uno de mayor complejidad, que se refleja en instituciones políticas y sociales de nuevo cuño. El ser individual y el ser social son interdependientes del clima y el ambiente en que se desenvuelven y forman, así, un paisaje específico.

El Veracruz prehispánico, el Veracruz colonial, el Veracruz posterior y el de nuestros días -y también el que venga en el futuro- el Veracruz mesoamericano, en suma, es y representa un paisaje singular, propio y muy nuestro. En este sentido, Carmen Blázquez, en su Breve historia de Veracruz (2000), nos dice que: “Tanto su geografía como su historia han dado un carácter especial y propio a Veracruz y a los veracruzanos. Una faja de tierra larga y angosta de contornos irregulares, bordeada por montañas y mar, expresa y explica la riqueza de su diversidad: grandes sierras, elevados volcanes, barrancas profundas, cerros que se levantan airosos sobre pequeñas planicies elevadas, cañadas por donde corren los ríos, estrechos valles y extensas llanuras, regiones sembradas de lagunas y el borde casi uniforme del litoral con las aguas azuladas del Golfo de México. Variedad y contraste en relieve, vegetación y clima, y también en lo referente a habitantes, desarrollo, cultura, pensamiento y trabajo…este paisaje natural diverso se relaciona con tiempos remotos, con el pasado ancestral cuyo brazo toca nuestro presente para hacernos comprender lo que fuimos y lo que somos: puerta de entrada para la colonización española, sitio del primer ayuntamiento novohispano, camino y paso obligado de viajeros e ideas que van, en ida y vuelta, de la costa al centro de México…

Nos preguntábamos en la entrega anterior sobre qué pueblos vivieron en el actual suelo veracruzano y por quiénes fueron sustituidos sucesivamente. Éstas son preguntas de Historia, pero también de Antropología y Etnología por lo menos, porque la opinión de la Arqueología subyace y está presente siempre. Las respuestas han sido diversas, con tonos de consenso por un lado y de diferencia por otro; empero, orientadas por el propósito de desentrañar nuestra identidad originaria, la del mestizaje y la de las formas de expresión de ambas calidades, en el contexto de lo que hoy conocemos como nuestra vida nacional. No hay resultados o conclusiones definitivas, porque todo es prematuro y siempre está en construcción en el horizonte de las historias regionales, sin que haya verdades contundentes, aunque ya hace algún rato que hemos logrado construir nombres e identidades: olmecas, huastecos, totonacas, popolocas, toltecas, chichimecas, nonoalcas…Seguiremos.