Veracruz: 500 años

(VIII. El Descubrimiento)

 

Rodolfo Chena Rivas

 

La historia real, a menudo, es más fascinante que la ficción. Aún cuando Colón hubiera tenido alguna noción previa de la existencia de tierras navegando hacia occidente por la “Mar Océano” (el Atlántico), lo único cierto es que enfrentaba lo incierto, lo desconocido. No hay duda de que era un marino experimentado y tenaz, que se fue imponiendo de conocimientos como los provenientes de los escritos de Marco Polo y Ptolomeo, o más cercanos a él, de orden geográfico, como los de Piccolomini (1477), Alliaco (1480-83) y Toscanelli. Éste último ya había hipotetizado la posibilidad de llegar a las Indias atravesando el Atlántico (1474) y había hecho cálculos sobre distancias y ubicaciones, aunque no estaban al alcance de toda la gente. Colón combinaba su curiosidad científica con su condición de hombre culturalmente medieval. Avanzado y atrasado a la vez, perseguía la ciudad o región de Cipango, lugar donde pensaba que había mucho oro y especias, y del cual habían escrito Marco Polo y Toscanelli; pero no dejaba de asumir un sentido religioso o mesiánico sobre su destino y misión.

El caso es que Colón mandó embarcar a toda su tripulación el jueves 2 de agosto en el puerto de Palos, y escribió en su “Diario”: “Partimos viernes 3 días de agosto de 1492 años, de la barra de Saltes, a las ocho horas”. De la incertidumbre, desconfianza o incredulidad que sentía su gente para cumplir la misión, da cuenta el intento de motín de 6-7 de octubre de ese año, pues no se divisaba tierra conforme a los cálculos de Colón poco más de dos meses después de haber zarpado, y hay quien apunta que finalmente tuvo que compartir el conocimiento de las nuevas tierras y riquezas que buscaba, con su tripulación, para evitar el amotinamiento. Ya para el día jueves 11 de octubre se dice: “Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramojos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos.” Por fin, el viernes 12 de octubre llegaron a una isleta llamada Guanahani, en la lengua de los habitantes americanos isleños con quienes hicieron el primer contacto de registro histórico verídico: “…me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una harto moza, y todos los que yo vieran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de 30 años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos poco detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos…Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro…Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos”. Colón hizo cuatro viajes. Tuvo suerte, se dice, porque los primeros indios americanos (y no los indios asiáticos que buscaba originalmente) eran pacíficos. Después del 12 de octubre, Colón no cesa de descubrir islas y dar nombres en lo que hoy conocemos como Las Bahamas: el 30 llega a Juana (Cuba), el 6 de diciembre llega a la Española (Haití); en fin, tres viajes más le esperaban. Su regreso a Palos, el 15 de marzo de 1493, trajo una noticia portentosa, sin paralelos ni antecedentes, de efectos impensables: ¿Sabía Colón qué o quiénes eran los lugares y la gente que había descubierto y contactado?… Seguiremos.