Perfidia en el Potomac

Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Este mes recordamos el 105 aniversario de la invasión del puerto de Veracruz por la armada y marines yanquis el 21 de abril de 1914, en un clima enrarecido de relaciones que nunca han sido fáciles.

En Washington opera una claque que ha identificado al Gran Satán culpable del cáncer que corroe al país: tiene sombrero charro, botines, chaquetilla, bigote y nombre: The Mexican Threat.

¿Qué se necesita para domeñar a un Gran Satán? Si hemos de creer al acreditado padre Karras, con una solución de agua del Potomac, polvo del cerebro de un republicano, uñas de un demócrata, saliva de un yerno, un mano de pelos naranja y un muro en la frontera, ¡zaz!, el Belcebú prieto entenderá que su lugar en el mundo es proteger los intereses de Old Glory.

Ahora que desde el Capitolio se lanzan rayos y centellas en contra nuestra, conviene recordar con qué clase de vecinos hemos de tratar. Nunca debemos olvidar la sentencia del hermano John Foster Dulles: Estados Unidos no tiene amigos… sólo intereses.

Hasta la primavera de 1914 Tampico estuvo a salvo de las hostilidades de la Revolución. Sin embargo, el gobierno yanqui mantenía naves de guerra patrullando las aguas costeras para, oficialmente, proteger a la población extranjera … y extraoficialmente proteger el oro negro que fluía de los pozos.

El 5 de abril fuerzas revolucionarias atacaron a la guarnición federal estacionada en la ciudad y buques gringos entraron al puerto para evacuar a empleados de las compañías extranjeras y sus familias. El día 9, un esquife del USS Dolphin se internó en una zona restringida del puerto en busca de provisiones, según una versión, o combustible, según otra. El piquete de marinos fue detenido, interrogado durante media hora y puesto en libertad con la advertencia de no aventurarse de nuevo en aguas vedadas.

El incidente fue tan menor que debió olvidarse ahí mismo, mas la detención de media hora se convirtió en un incidente internacional. El almirante al mando de la flota, Henry T. Mayo, sostuvo que había sido un insulto a la bandera de su país. Exigió que el gobierno de México desagraviara a la enseña con un saludo de 21 cañonazos. La noticia llegó a Washington, en donde los ánimos se incendiaron. Un senador clamó desde la tribuna: “¡Yo los haría saludar a la bandera aunque tuviésemos que reventar su país!”

La historia es conocida: Washington ordenó a los acorazados Kansas, New York y Florida al mando del buque insignia Wyoming, y un nutrido convoy de logística y apoyo, poner proa al puerto de Veracruz. El martes 20 en Washington, algunos legisladores subieron a la tribuna del Congreso para exigir una declaración de guerra contra México, moción que fue derrotada y sustituida por la de tomar Veracruz. El ataque comenzó el 21 y en menos de 24 horas tres mil marines habían ocupado la ciudad. El saldo fue de 19 invasores muertos y 71 heridos; los defensores tuvieron 126 bajas y 195 heridos.

¿Todo por la detención -legal, como se ha documentado- durante media hora, de una decena de marinos? ¿Perdieron la razón los diputados y senadores de la patria jeffersoniana? ¿Enloqueció el doctor en ciencias políticas, ex profesor y ex rector de la Universidad de Princeton, Woodrow Wilson, Presidente de Estados Unidos?

Las circunstancias del “incidente” de Tampico dan pie a suponer que fue un pretexto fabricado, en la mejor tradición del militarismo que no osa decir su nombre, para justificar la toma del puerto y amansar a su revoltoso vecino.

A las 6 de la mañana del 21 de abril el presidente Wilson recibió una llamada confirmando que el buque alemán Ypiranga atracaría en Veracruz a media mañana. Wilson tuvo una conferencia telefónica con su secretario particular, el secretario de Estado William Jennings Bryant y el secretario de la Armada Josephus Daniels. Daniels era un pacifista y Bryant tenía objeciones religiosas a la guerra. Aún así, estuvieron de acuerdo en que la única manera de detener al Ypiranga era la toma de Veracruz. Si los franceses habían invadido la ciudad alguna vez para reclamar el pago de unos pasteles, Estados Unidos podría tomar la Aduana de Veracruz para vengar el insulto al “honor” de su Armada en Tampico.

Pero como descubrieron los españoles en 1812, los franceses en 1830, Winfield Scott en 1847 y Maximiliano de Habsburgo en 1863, los jarochos no dan la bienvenida a invasores extranjeros.

Sin previa declaración de guerra, cuarenta y un barcos yanquis bombardean el puerto y a las once y media de la mañana los primeros marines iniciaron el desembarco. El ejército federal al mando del general Gustavo Maas, leal a Huerta, evacuó la plaza, pero los alumnos de la Escuela Naval, alentados por el comodoro Manuel Azueta, organizan la defensa, improvisaron barricadas y cada cadete recibió 250 cartuchos. El fuego se generalizó a la una de la tarde.

Destacó la acción valerosa del teniente José Azueta, de 19 años, quien con una ametralladora enfrentó a los invasores, herido en una pierna, hasta que dos impactos más le hicieron caer. Igual el cadete Virgilio Uribe, quien en la lucha recibó una bala de fusil en la frente que le destrozó el cráneo y murió instantáneamente. Como ellos hubo muchas víctimas y fueron muchos los actos de heroísmo de civiles como José Gómez Palacio, Cristóbal Martínez y otros. Después de varias horas de combate, las fuerzas invasoras ocuparon la ciudad. El almirante Fletcher decretó la ley marcial, intervino los servicios públicos y ocupó la aduana.

El 22 de abril los barcos San Francisco y Chester bombardearon nuevamente la escuela naval que ya había sido evacuada. Fletcher, enterado de que José Azueta agonizaba, envó a un cirujano a atenderlo. Pero el joven marino rechazó la ayuda: “¡Que se larguen esos perros, no quiero verlos!” Murió el 10 de mayo siguiente.

Viene al caso la reflexión del soldado gringo más condecorado de todos los tiempos, el general brigadier de la infantería de marina Smedley D. Butler, quien participó en el desembarco: “Pasé 33 años y cuatro meses en servicio militar activo y durante ese periodo la mayor parte del tiempo fui un golpeador de lujo al servicio de los grandes negocios, de Wall Street y de los banqueros. Para expresarlo brevemente, fui un mafioso, un gángster del capitalismo. Ayudé a que México, y en especial Tampico, fuera un lugar seguro para los intereses petroleros estadounidenses en 1914”.

En aquel 1914, la proximidad de un conflicto mundial significaba, en términos de la “seguridad nacional”, que los estrategas de Washington tuvieran en sus planes una eventual ocupación de los campos petroleros mexicanos… o de todo un país que, según la mentalidad imperante, navegaba rumbo “al socialismo”. En este 2019, el creciente cuestionamiento a los principios éticos de la presidencia, una tensión en ascenso con los demócratas, una miríada de organizaciones sociales y grupos étnicos cada vez más organizados y combativos y el endurecimiento de relaciones antes cordiales en el escenario internacional, han insuflado nuevo vigor al espíritu del hermano John Foster Dulles, quien más presente que nunca, llama a combatir la “invasión de migrantes” y toca el cornetín de batalla en contra del Gran Satán mexicano.

Estos son nuestros vecinos.


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