Vigésimo aniversario de Letras Libres (III)

“William Pescador”

 

Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez

 

Christopher Domínguez Michael

Christopher Domínguez Michael es un reconocido ensayista, historiador y crítico literario, desde el 2017 es miembro de El Colegio Nacional, en su larga trayectoria ha sido un distinguido colaborar de importantes revistas literarias como lo son Vuelta, Proceso, y actualmente es miembro del Consejo Editorial de la Revista Letras Libres. El amplio y reconocido trabajo de Christopher Domínguez se encuentra principalmente en la crítica literaria, de hecho, en la narrativa sólo ha publicado una pequeña pero magistral novela titulada: “William Pescador”, publicada por la Editorial Era en el año 1997.

En la pequeña novela nos encontramos con un personaje central llamado William, este carismático personaje crea en su universo mental una ciudad nombrada Omorca. William tiene once años de edad y originalmente vive con su madre Milde y su hermano menor Nicolás. De pronto William nos cuenta que Milde se fue y los dejó encargado con la sirvienta Felicidad, esta mujer al inicio se encargará de cuidarlos, educarlos, e incluso hay todo un pequeño apartado dedicado a describir la influencia que puede llegar a tener una ama de casa en la formación de los niños, un ejemplo puntual fue cuando Felicidad llevó a William a la Iglesia:

Era mi primera visita a una iglesia en horas de culto. Ignorante de toda liturgia, me sentía acompañante de felicidad en la reclamación de una prenda descocida en una gran tienda de autoservicio. “Es la casa de Dios”, me dice Felicidad, y Dios es el ciego que pide limosna en la puerta, con el brazo tieso de sostener en el aire esa palma abierta que devora monedas. El hombre del altar levanta la voz y las ancianas se ponen de pie. La mano de Felicidad me atrapa y nos movemos hacia el pasillo central.

Niño y criada toman su lugar en la fila y veo al sacerdote acompañado de un enano con falda blanca. El cura pone la oblea en la boca de los fieles. Los niños ríen al recibir el pan y se alejan saboreándolo. El sacerdote huele a dentista. El dentista pone la oblea sobre mi lengua. La muerdo, la mastico, y entonces Felicidad me alza en vilo, aprieta el tórax, y la tráquea duele, vomito saliva y bilis y –lo sabré más tarde –el cuerpo transustanciado de Cristo.”

Hay niños a quienes la religión perturba, opina una de las grullas. Los fieles siguen su camino, y tras comulgar aconsejan a la criada sobre la naturaleza de mi indisposición. Cada cual tiene un remedio que sugerir. Osos, cacatúas, leopardos lanceados, salen de las vitrinas para externar su parecer. Felicidad no volvió a hablarme de Dios y renunció a esa parte de sus obligaciones preceptivas. En la parroquia no me fue pedido otro voto que el de silencio, y me perdí en el templo, libre de la falsa comunión, perseverante en la búsqueda del Gran Dinosaurio.

Cuando Milde partió en busca de la herencia familiar, William y su hermano se sintieron en completa libertad y empezaron a diseñar un mundo ideal dentro de su casa que al mismo momento era la ciudad de Omorca. Allí ellos eran los monarcas, los reyes, crearon un universo ideal, fantástico, maravilloso, poco a poco diversas circunstancias obligaron a William a salir de ese mundo imaginario y enfrentarse al real, a veces las circunstancias eran naturalmente evolutivas incluyendo el despertar sexual:

Trabé amistad con mi pene. Me sorprendió su indiferencia. Lo tocaba y lo estiraba. Guardaba un secreto que empecé a sondear aplicándole cremas para las manos o esas pociones aceitosas de mujer que Milde había olvidado. Me saludó con una erección. El pene crecía. Despertado de su sueño sin memoria por la masturbación infértil, se convirtió en un diosecillo insolente capaz de gobernarse a su capricho. Trataba de leer alguna revista sobre las pirámides de Egipto, pero él sabía impedirlo, obligándome a correr al baño para bendecirlo.”

Otra circunstancia que logró expulsar de manera definitiva a William del paraíso en el que había vivido, fue una carta que llegó de su abuelo Bob Sachs, donde le daba la terrible noticia que su madre Milde había muerto y que él tenía que ir a buscar su herencia. William sabía que su subsistencia dependía del doctor Jean Fangloire quien era el amante de su madre y se encargaba de cubrir los gastos de la casa incluyendo el pago de Felicidad.

La novela tiene gran cantidad de temas, con una rica variedad de análisis e interpretaciones, pero la trama central de la historia se suscita al momento que muere la mamá de William y este tendrá que conducirse con mucha cautela, porque el doctor Fangloire coludido con Felicidad, intentarán deshacerse de William y cobrar ellos la herencia que está integrada por una gran colección de arte africano, el niño-joven William tendrá que buscar la forma no tan sólo de salvar su vida, además, se verá obligado a viajar a Atlantic City lugar donde reside su abuelo Bob y donde podrá adquirir su anhelada herencia.

En algunos momentos de la novela estamos en el subgénero de la literatura fantástica, porque cuando William logra escapar de la muerte a manos del doctor Flangloire y Felicidad, tiene un dialogo con su amigo de la infancia llamado Sitnorb, muerto a muy temprana edad, y el dialogo logrará que por unos instantes William regrese al paraíso perdido, es decir, a la infancia maravillosa, inocente, feliz, por ello cuando su amigo muerto le pregunta que programas pasan en la televisión, William le menciona los capítulos del hombre araña, y empieza a rememorar ese mundo maravilloso, autentico, original, pleno, y más porque William ya conocía el mundo de los adultos, el mundo real, el que vivimos todos los días, el que le enseñó a declarar: “Desde entonces los niños envejecen en domingo.”


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