“Píntame angelitos negros”

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Érase un muchacho pueblerino, nacido en un rancho de 30 almas en los Altos de Jalisco, a quien el cielo dio el don de una exquisita habilidad para la pintura sacra. Era pobre, huérfano y el mayor de una prole numerosa, así que viajó a la cabecera municipal y se empleó como pintor de fachadas y ayudó en la decoración de templos.

Pero no ganaba lo suficiente para mantener a sus hermanos y a su madre, así que “la madrugada de un día de mayo salió a pie a la estación de Santa María para tomar un tren a la capital del país en donde se colocó como pintor de anuncios” en una empresa cervecera. Y como terminaba dos cuadros en lo que sus compañeros uno, pronto se granjeó enemistades y envidias.

Un día la caterva de díscolos urdió un plan para deshacerse del talentoso, ingenuo y molesto provinciano. Le dijeron que en Guadalajara el Ayuntamiento había lanzado un bando para pintar las fachadas de todas las casas de la ciudad, pero nomás para pintores de Jalisco, y por lo tanto había trabajo de sobra. La oportunidad de regresar a su tierra, ganar dinero y ver a sus hermanos aceleró el corazón del joven y lleno de emoción dio las gracias a sus compañeros, quienes lo llevaron a la estación de Buenavista a tomar el tren. Y no sólo eso, le empacaron sus pocas pertenencias en una caja nueva de cartón atada con un mecate.

El muchacho les dio las gracias con lágrimas en los ojos y partió a su tierra. En Guadalajara se enteró de que el bando era una mentira y en la caja de cartón encontró papeles y trapos viejos. Entonces comprendió la verdad. De la estación de ferrocarril partió a Jalostotitlán a pie, porque no llevaba ni un cobre en la bolsa, y por el camino pintó algunas fachadas y bardas para comer.

Nadie recuerda ya el nombre de aquellos jóvenes corroídos por la envidia que se deshicieron del chamaco provinciano, pero es muy probable que a ellos deba la pintura sacra mexicana la carrera de uno de sus más altos exponentes, Rosalío González Gutiérrez, Chalío, nacido el 30 de agosto de 1892 en el rancho La Mesa, “cercano al antiguo pueblo de indios de Teocaltitán de la municipalidad de Jalostotitlán”, en el estado de Jalisco.

Jalos, como le llaman con cariño los habitantes de aquella parte del país, fue fundado en 1544 por Fray Miguel de Bolonia. El nombre (con “jota” o con “equis”) proviene de las palabras nahuas Xalli, que significa “arena”, ostotl, que significa “cueva” y tlan, que se traduce como “lugar donde abundan las cuevas de arena”.

En Jalos “se colocó como ayudante del pintor Federico de la Torre quien, con el alarife Ramón Pozos […] decoraba el santuario de Guadalupe y Templo del Sagrado Corazón”. De ahí salió a la capital en donde corrió la aventura que he relatado y ahí regresó para establecerse de por vida. En 1912 casó con María Cornejo “quien fue la fiel compañera en su vida laboriosa y le cerraría los ojos en el momento de su muerte”. María y Chalío no tuvieron hijos y adoptaron a una niña, Francisca.

Ramiro González Martín, veracruzano e ingeniero civil de profesión, me recuperó la pista de este artista cuyo nombre conocí por mi abuelo Miguel, el menor de un clan de pintores y yeseros apodados “los pelícanos” por frentones, prognatos y rijosos. Eran también originarios de Los Altos y “con un compa” decoraban templos en todo el país.

Un compa. Esa fue la clave. Un igual. Otro pobre. Un jodido más… pero tocado por la gracia, instrumento para plasmar en lienzos y muros delicadas imágenes de santos y vírgenes. Chalío aprendió a más o menos leer y por su mente nunca pasó la idea de que pudiera inscribirse en alguna academia de pintura, ni en Guadalajara y menos en la capital, en donde ya vimos cómo le fue.

Fue siempre modesto, generoso, incansable y profundamente religioso. Lo único que lo diferenciaba de sus “compas” era una habilidad superior a la de ellos para pintar. Y esa habilidad, como la vida de todos ellos, estaba al servicio de su fe. Chalío pudo haber sido el modelo del “Juan” de la canción “Tata Dios” de Valeriano Trejo cuando dice: “Voy a regalar la siembra / Tata Dios así lo quiere / Y con Tata nadie Juega”.

¿Eran parientes Chalío y mi abuelo? Es posible, aunque no seguro. Todos esos yeseros y pintores iban diario a misa de seis y comulgaban. Se confesaban dos veces a la semana (o pecadores fuera de serie, o poseedores de una vívida imaginación artística). Eran devotos incondicionales de la virgen y compartían un carácter digamos que disparejo.

Dicen sus biógrafos que podía estar días enteros sin salir de casa y no le gustaba que otros le ayudaran en la preparación de los lienzos. Tampoco utilizaba pinturas comerciales. En Guadalajara compraba la materia prima. Él mismo preparaba la tela y la colocaba en los bastidores; luego molía los pigmentos con una piedra de mano para que la pintura tuviera las tonalidades precisas.

“Gustó mucho de obtener sus modelos de gente del pueblo. En Tepa utilizó para uno de sus cuadros a un viejo limosnero. En la alegoría Ofrecimiento de la Parroquia de Jalostotitlán, la modelo de la entrega de la parroquia fue una joven de la localidad; y en el óleo La Asunción de la Virgen, los angelitos son niños de Jalos. Muchos modelos los inventaba. Chalío no sabía historia del arte, pero tuvo mucha facilidad para adaptar estampas imaginarias y reales, o que veía en las revistas que le proporcionaban”.

Su otra pasión fue la fotografía. En 1911 estableció Foto Lux, empresa que además de permitirle una vida cómoda, le sometió a un “aprendizaje lumínico, figurativo, objetual, compositivo, en una palabra, fotográfico” que posteriormente “traslado a sus pinturas de diversos formatos para bien y para mal”, pues si bien en su pintura sobresale la perspectiva, algunas son como “fotografías de estudio largamente posadas”.

El de Jalos no fue sólo pintor de iglesias. También se dedicó a lo familiar, “desde el embellecimiento de los recintos familiares tomando como modelo las formas del neoclasicismo, hasta la pintura de personajes de las familias.

Es un autor que pone su arte al servicio de la piedad familiar, reproduciendo imágenes que hasta la fecha tienen en exposición a la veneración familiar. Cada expresión de un Cristo, de la Santísima Virgen maría, sobre todo bajo su advocación de nuestra Señora de la Asunción, muestran el espíritu del pintor. […] es el artista que rasga los cielos para que baje a la tierra lo divino”.

Chalío murió el 24 de noviembre de 1958 en Jalos, a la edad de 66 años “después de soportar con cristiana resignación […] una trombosis cerebral [sin que] ningún cuidado médico ni medicina [lograra] levantarlo de su postración”. Poco antes de rendir cuentas a su creador, y ya enfermo y cansado, el pintor decidió que no moriría sin dejar su huella en “su querido pueblo de Tecua y, con grandes trabajos, decoró su templo de oro falso y latón especial alemán y la capilla de Santa Ana”.

Además de los innumerables trabajos como el de Tecua, los “familiares” y la fotografía, “la obra mural y de gran formato del jalostotitlense incluye más de 130 piezas, algunas de excelente manufactura, realizadas entre 1932 y 1955, en veintitrés años de intenso trabajo”. Hay obra suya en recintos de Pegueros, Tepatitlán, Guadalajara, Tlacuitapan, Cd. Guzmán, Zamora, San Juan de los Lagos, Jacona, Tamazula, Tingüindín, Jalostotitlán, Briseñas, La Barca, San Pedro Caro, el Distrito Federal y Papantla, en cuyo templo de Nuestra Señora de la Asunción dejó una serie de cuatro grandes murales al óleo de 13 metros cuadrados cada uno con otras tantas escenas bíblicas: Las bodas de Caná; La muerte de Nuestro Señor San José; El Niño Jesús ante los sacerdotes del templo y el Taller de Nazareth. Fueron comisionados en 1949 por el párroco Pedro Honorico cuando Chalío González era ya uno de los más reconocidos pintores de arte sacro de México.

1 de septiembre de 2019