Problemas en el patio trasero

Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

En la entrega anterior, “Aquel dos de octubre”, mencioné a propósito del grito del 68 “prensa vendida”, el caso de The Atlantic, la emblemática revista estadounidense aún en circulación, que se vendió a la Standard Oil por 30 barriles de petróleo en la guerra de propaganda para derrocar al gobierno de Lázaro Cárdenas. Aquí la reseña de aquel episodio.

En junio de 1938 comenzó a distribuirse The Atlantic Presents. Trouble Below the Border. Why the Mexican Struggle is Important to You (The Atlantic presenta. Por qué el conflicto mexicano le importa) bajo el sello de The Atlantic, la revista fundada en 1857 por, nada más y nada menos, que Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, James Russell Lowell y Oliver Wendell Holmes

Está documentado que la Standard Oil financió la edición del panfleto. Además del pie de imprenta tenemos el testimonio del embajador de Estados Unidos Josephus Daniels. Un alto funcionario del Departamento de Estado le reveló que en 1938 The Atlantic atravesaba por graves dificultades económicas y que el editor Edward Weeks negoció con la Standard Oil la edición de un folleto que sirviera a los propósitos de propaganda de la petrolera.

Otra revista liberal, The Nation (que acusó a la prensa estadounidense de cubrir la expropiación “con la eficacia de un Estado totalitario”), analizó el caso de The Atlantic Presents… y descubrió: uno, que ese folleto no fue enviado a los suscriptores normales de la revista. Y dos, que se utilizó para su distribución un “Comité de relaciones mexicanas”, agrupación supuestamente ciudadana que en realidad funcionaba como un frente de propaganda de la Standard Oil. The Nation contactó a The Atlantic Monthly:

Cuando hablamos por teléfono a Boston con Donald Snyder, del Atlantic Monthly, aceptó que el suplemento había sido vendido en lote a “numerosas organizaciones gremiales”. Dijo no recordar si entre estas figuraban las compañías petroleras, aunque no descartó tal posibilidad. Así, una publicación que se presenta como fuente de información indispensable sobre la crisis mexicana depende principalmente de la buena voluntad del más activo enemigo de México.

Más de siete décadas después, The Atlantic Monthly no ha superado esa mancha en su reputación ni la culpa correspondiente. En 2008 pedí un comentario a la revista. Una vocera primero negó la existencia del suplemento. Después aseguró que nada parecido se encontraba en el archivo histórico. Pero confrontada con una copia de la portada del folleto, respondió lacónicamente que era política de la empresa “no comentar lo publicado” por sus predecesores editoriales.

Es interesante el juicio de Daniels sobre el asunto. Sin sutilezas diplomáticas deja traslucir su indignación por este suceso:

Lo más bajo a que llegó la propaganda en contra de las políticas [de México y de sus funcionarios] fue la de la revista Atlantic Monthly, una de mis favoritas a lo largo de mi vida hasta que se degradó entregándose a los intereses petroleros. Cayó de las alturas al más profundo abismo y se ganó el desprecio de todos quienes vieron que una revista que durante mucho tiempo gozó de la confianza popular había perdido la decencia, como lo fue cuando abrazó la campaña de las compañías de petróleo que deseaban que Estados Unidos le declarara la guerra a México.

Como los gatos, The Atlantic echó arena para tapar su vergüenza y nunca se refirió públicamente al episodio. En el libro conmemorativo del primer centenario de la revista en 1957, Edward Weeks escribió que si bien el ideal de la publicación “fue llegar a gente pensante y enriquecerla o potenciar su intelecto”, admite que en algunos terrenos se logró y en otros no, “como el de las relaciones laborales, quizá porque no hemos logrado persuadir a los dirigentes sindicales tomarnos en su confianza”. Evidentemente al sector obrero no, pero por lo visto con los grandes monopolios la revista estaba a partir un piñón.

The Atlantic Presents… es una revista de 64 páginas tamaño carta, con pie de imprenta de The Atlantic Monthly Company, 10 Ferry Street, Concord, New Hampshire. El registro la identifica como volumen 1, número 1, como si fuese un nuevo producto de la casa editorial, pero fue una edición única, con precio de portada de 25 centavos, equivalente al salario mínimo de una hora establecido por el gobierno de Roosevelt: no era una publicación destinada a las clases populares de un país sumido en una depresión.

En la portada, sobre un fondo rojo, con una cabeza de gran puntaje que grita “Problemas abajo de la frontera”, un jornalero mira desde su desesperanza y pobreza mientras un título secundario anuncia “información indispensable sobre la crisis latinoamericana” y seis balazos dan cuenta de la temática interior: 1) tierra, 2) minería, 3) ferrocarriles, 4) petróleo, 5) utilidades y 6) inversiones. Las seis fosas del peligro mexicano.

La cabeza principal utiliza el término “below” (abajo), no el “across” (a través) o el “beyond” (más allá). “Below” sugiere que los problemas tienen lugar en una zona inferior, un inframundo, una reserva territorial. No habla de una nación soberana sino de una zona “inferior” en donde la insurrección de los nativos amenaza el bienestar de la casa grande. Hay naciones superiores y las hay subordinadas. Sólo faltó a los publicistas de la Standard incluir la cita de Kipling sobre “la carga del hombre blanco”, pero esto se explica porque los mercadólogos no suelen acercarse a la literatura.

En su contenido, The Atlantic Presents…, ofrece una colección de artículos y cartones recopilados de diversas publicaciones (ausentes las firmas de la casa, of course) con un mensaje común: los mexicanos son traicioneros, ladrones, despilfarradores, ingratos, desleales, tontos y negros. Su capacidad de razonamiento es inferior a la de otras razas por la dieta de maíz con la que históricamente se han alimentado. La flojera e indolencia son características de la etnia. Es una marabunta incapaz de gobernarse a sí misma que debe ser colocada bajo la tutela de una raza superior. México como país carece de credibilidad. No tiene ni los recursos ni la voluntad para pagar los bienes petroleros que robó bajo el disfraz de una “expropiación”.

Los artículos hablan de cómo México ha despilfarrado las riquezas que la naturaleza le otorgó, de la imparable crisis que lo ahoga, de los problemas que frenan el cultivo de la caña, de la revolución traicionada, de las causas del retraso, de la miseria y desgracia de los sin tierra, del deterioro de los ferrocarriles, de la ilegalidad de la expropiación, de la incapacidad congénita para construir una industria petrolera medianamente eficiente, del crimen rampante en las provincias (sic), de la descomposición social después de la expropiación, de la inconformidad e inquietud en las filas del ejército, de la nula voluntad para pagar sus deudas, de los crecientes problemas en la minería, del avance del comunismo, del fracaso del turismo y, en fin, del camino al despeñadero por el que conducía a ese pobre país el gobierno totalitario y procomunista que los mexicanos tenían la desgracia de sufrir.

En los textos no faltan las comparaciones: frente a los errores mexicanos, los ejemplos de Venezuela y Colombia, naciones prósperas gracias a su apego a la ley, miran con inquietud la posibilidad de que el cáncer mexicano infecte la felicidad de sus pueblos.

Alabados sean los dioses del Olimpo: lo de “prensa vendida” no aplica sólo a México.


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