Columnas

100 años y más endeudados

Pbro. José Manuel Suazo Reyes

 

El pasado 4 de enero de 2020, se cumplieron 100 años del arribo al puerto de Veracruz de San Rafael Guízar Valencia, procedente de la Habana, Cuba, en el buque la Esperanza. Quien fuera el V obispo de Veracruz fue beatificado en Roma en 1995 por San Juan Pablo II y canonizado el 15 de octubre de 2006 por el papa Benedicto XVI. San Rafael Guízar fue un “héroe de las virtudes cristianas”, “un gigante de la caridad”, fue el primer obispo mexicano en ser declarado santo, de ahí que haya sido proclamado como patrono de los obispos de México.

El comienzo del episcopado de San Rafael Guízar estuvo marcado por la cruz. San Rafael Guízar se encontraba en Cuba dando misiones. A ese país llegó en 1917. En agosto de 1919 fue preconizado como V obispo de Veracruz por el papa Benedicto XV. El 30 de noviembre del mismo año fue consagrado obispo en la Habana, Cuba. El 2 de enero de 1920 se embarcó en el buque la esperanza para dirigirse a su diócesis.

La Providencia Divina tiene sus propios caminos, uno medio los comprende cuando a la luz de la fe, hace una revisión de los acontecimientos pasados y de cómo estos se van entretejiendo. En el trayecto que haría de Cuba a Veracruz, coincidió que san Rafael Guízar Valencia se transportara en el buque “la esperanza”. “La esperanza era la que viajaba al puerto de Veracruz”.

De acuerdo a la narrativa distribuida por la Oficina de las Causas de los Santos, el pasado 3 de enero de este mismo año, mientras el nuevo obispo se dirigía a Veracruz, fue informado de una desgracia: “Un terremoto con Epicentro en Quimixtlan, Puebla, afectó la Zona centro del estado de Veracruz”.

Rafael Guízar Valencia de inmediato, se puso en contacto con su Vicario General, Mons. Justino de la Mora para decirle: “Señor Vicario, me he enterado que han reunido una pequeña colecta para mi bienvenida y de la misma manera que mi diócesis ha sido afectada por un fuerte temblor, quiero que por favor, no se toque ni un solo centavo de ese dinero, lo vamos a ocupar para ayudar a los afectados…”.

Providencialmente, el buque “la esperanza” traía un poco de alivio a los veracruzanos en la desgracia que estaban viviendo.  Para el neo obispo, la llegada a su destino y el comienzo de su episcopado le traía aflicción y sufrimiento por la situación dramática que estaban viviendo sus feligreses, era la señal de la cruz, a la que Jesús se refirió en el evangelio: “Si alguno quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (Mc 8,34). Junto al gozo de ser discípulo de Cristo, se debe asumir también las implicaciones de su seguimiento.

Una vez llegado a Xalapa, San Rafael Guízar no se puso a lamentar la situación, sino que encabezó un ejército de caridad para hacer frente a la desgracia. De esa manera, comenzó a distinguirse como el obispo de los pobres y el gigante de la caridad, llevando a todos los lugares afectados por el sismo, el consuelo espiritual y material, asegurándoles que en la oración, también encontrarían el consuelo esperado.

A 100 años de la llegada de San Rafael Guízar Valencia, el estado de Veracruz sufre también las consecuencias de una deuda social terrible. Y es que no sólo se sigue endeudando económicamente al estado, sino los grandes problemas que sufre la gente no encuentran una ruta de salida. La población está siendo golpeada continuamente por la violencia, los secuestros, las extorsiones, la pobreza, la falta de servicios de calidad en materia de salud y de educación.

Vivimos en un estado rico en recursos naturales, cultura, gastronomía, pero con muy malos servicios; la infraestructura carretera es una ruta de dolor interminable; no se perciben inversiones o grandes proyectos. Sólo se anuncian transformaciones pero no se ve en concreto cómo se llegará a ellas. Los vicios que se criticaban del pasado, aun no se han erradicado.

Esperamos que las cosas cambien y pronto mejoren las condiciones para todos, para que nuestro estado sea un lugar de oportunidades.