Columnas

Epidemias

Rodolfo Chena Rivas

 

La amenaza real del Covid-19, como se conoce abreviadamente a la enfermedad contagiosa que en este tiempo se presenta en el mundo bajo la noción de pandemia, descrita por los epidemiólogos, por su sintomatología observable, para todos nosotros los ciudadanos comunes o típicos no especialistas, pone en primerísimo plano, como nunca antes en la historia mundial, una realidad de larga data en la biología de este mundo: las enfermedades son una constante entre los seres vivos y, por supuesto, entre los humanos. De epidemias a pandemias la diferencia es un asunto de grado, si nos atenemos a las definiciones más generales al respecto. Por ejemplo, para la “Gran Enciclopedia Espasa” (Tomos 7 y 15), una epidemia “se produce cuando, en una comunidad, surge una enfermedad que puede afectar a gran cantidad de sujetos”; en tanto que una pandemia es la “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países”, y esto es exactamente aplicable a lo que está sucediendo en el orbe. La existencia de epidemias está documentada en el sentido de su ocurrencia en los últimos 2500 años, con casos funestos muy representativos de las consecuencias del contagio, tanto por su número como por su intensidad, no obstante que en el momento de su ocurrencia no existiera el conocimiento científico para el señalamiento de causas y efectos específicos, a diferencia del presente en que el estado de la ciencia médica y los medios de difusión colectiva actúan con una celeridad efectiva como ahora sucede frente a la emergencia mundial de salud que nos aqueja, y que antes que el desarrollo del medicamento o antídoto biológico -que por su propia naturaleza y protocolos requiere de tiempo- ha obligado, literalmente, a todos los gobiernos nacionales a adoptar medidas de orden social y control para “romper” con el círculo y el ritmo de expansión que caracteriza a las epidemias, que comportan tres elementos fundamentales íntimamente relacionados: el humano, el parasitario y el transmisor, a los que se aúnan aspectos coadyuvantes, pero decisivos, como el clima y las condiciones ambientales.

Indudablemente, una epidemia no se caracteriza por el tipo concreto de enfermedad; sino por su capacidad de contagio o “poder de difusión”, es decir, la frecuencia con que se presenta y su generalidad para abarcar a un alto número de población potencialmente expuesta. Desde la sífilis hasta la peste bubónica, pasando por la tuberculosis, la neumonía, el cólera o la gripe, todas estas enfermedades son ejemplos dramáticamente dolorosos de pérdida de vidas humanas, cuando su contagio se desborda y, sin control, afecta a la población en general. Por eso, mientras se identifican los patógenos y los agentes transmisores para una solución medicamentosa efectiva, las medidas epidemiológicas analíticamente más importantes son las de orden sanitario, atendiendo a acciones de planificación, ejecución y evaluación, decididas por las autoridades y especialistas que concurren para adoptar una política de salud emergente de alto impacto, acompañada de un fuerte programa de difusión de medidas prácticas de higiene como las que se han adoptado en los países de todos los continentes, porque la tasa de contagio del Covid-19 es extremadamente fuerte, por el doble efecto de las propias características de la enfermedad y por el enorme desarrollo de las vías de comunicación y medios de transporte de personas, como nunca se había observado en la historia mundial, que pone en contacto y cercanía a millones de personas en todas partes. Con seguridad, a conciencia social es, significativamente, la “vacuna” más efectiva del momento para combatir la pandemia que afrontamos. Cuidémonos todos, vale mucho hacerlo.

Categorías:Columnas, Nueva Estrategia en Línea

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