Columnas

Pandemia y educación. Catástrofe mundial

Raúl Contreras Bustamante

 

La pandemia del covid-19 ha causado la mayor disrupción que haya sufrido nunca la educación en el mundo. Al igual que la economía, la educación ha sido impactada de manera nociva ante la imperiosa necesidad de los gobiernos del mundo de cerrar las escuelas para tratar de frenar los contagios.

La educación es un derecho humano fundamental para el desarrollo de las personas, que tiene, además, un carácter habilitante para poder conocer, entender, ejercitar y defender sus demás derechos y garantías constitucionales. Quien recibe educación contribuye a la construcción de una mejor sociedad y al desarrollo de un mundo mejor, con progreso y paz.

Hace unos días, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas publicó el Informe de Políticas sobre la Educación y el covid-19, que señala que para mediados de julio, en más de 160 países alrededor del orbe las escuelas permanecían cerradas, lo cual ha afectado a más de mil millones de estudiantes.

La crisis generada por el virus SARS-CoV-2 no ha hecho sino acrecentar la brecha de desigualdad, esa que sólo la educación puede paliar. Las cifras e informes señalan que, incluso antes de la pandemia, el mundo ya padecía una crisis social, pues más de 250 millones de niños no estaban acudiendo a alguna escuela a estudiar.

Resulta muy alarmante lo que señala el secretario general de la ONU cuando dice que nos enfrentamos a una “catástrofe generacional” que podría desperdiciar un potencial humano incalculable, minar décadas de progreso y exacerbar las desigualdades arraigadas.

Porque la deserción escolar y la falta de asistencia a los centros educativos para la impartición de conocimientos tendrán repercusiones en esferas importantes, tales como la nutrición infantil, la salud, el embarazo entre adolescentes, la desigualdad de género, entre otras muchas cosas.

Ante la advertencia de esta lastimosa situación, los gobiernos alrededor del mundo deberán tomar acciones y crear políticas públicas que impactarán en la vida de millones de jóvenes, y por ende, las perspectivas de desarrollo de sus países.

Por todo lo anterior, Naciones Unidas recomienda que las acciones a tomar por los gobiernos se focalicen en 4 ámbitos de manera principal:

Primero, reabrir las escuelas. Una vez que la pandemia esté controlada, el regreso de los alumnos a las escuelas deberá ser una de las prioridades fundamentales.

Segundo, brindar atención prioritaria a la educación en las decisiones futuras de financiamiento. Los presupuestos destinados para educación deben no sólo protegerse, sino también aumentar.

Tercero, dirigir la acción hacia aquellos núcleos sociales a los que es más difícil llegar. Las iniciativas deberán ser sensibles para atender las dificultades que enfrentan los alumnos de grupos vulnerables, para con urgencia tratar de cerrar la brecha digital.

Cuatro, construir el futuro de la educación. Se trata de evolucionar la manera de aprender, revitalizar el aprendizaje continuo. Aprovechar los métodos de enseñanza flexibles, las tecnologías digitales y la modernización de los planes de estudios.

El reto que México enfrenta es el mismo del mundo entero: tratar de garantizar la educación de nuestros niños y jóvenes, luchando contra la dura realidad de pobreza y desigualdad que el país padece, lo que representa un desafío monumental.

Por ello, hoy más que nunca, reconocer la importancia de la educación como derecho humano no es discurso político o teórico, sino realidad que se impone.

Como Corolario la frase del expresidente sudafricano y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela: “La educación es el alma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.

 

(Tomado de Excélsior de 08-08-2020)