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El miedo, la ansiedad y la angustia son el camino para el pánico: Sotero Domínguez

  • “Las limitaciones y la necesidad de recurrir a lo esencial produce más incertidumbre”, indica el sacerdote y doctor en psicología, al hablar sobre los estragos del COVID-19.
  • Quienes se enfrentan con éxito a las adversidades avanzan, y quienes no, comienzan a sentirse ansiosos, angustiados, desesperados y deprimidos.
  • “Trabajar” el duelo es un arte muy sofisticado de algunos pocos, pero deberíamos aprenderlo todos, indica.

 

Miguel Valera /Al calor político

 

La pandemia del COVID-19 nos sorprendió a todos, las rutinas cotidianas han sido trastocadas de raíz y nadie se imaginó que, paradójicamente, hacer todo desde casa también habría sido muy difícil, así lo expresa Sotero Domínguez Gómez, sacerdote católico, doctor en psicología y psicoterapeuta, graduado en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma.

“Los cambios inesperados por la eventualidad de una situación desconciertan a cualquiera. En este caso del Covid-19 los cambios movilizan muchos aspectos internos y externos de la persona”, indica, al señalar que “los miedos  (incluso delirantes) aparecen como una señal de alerta. El miedo, la ansiedad y la angustia son el camino para el pánico. Por tal razón se urgen adaptaciones a la nueva realidad, pero también salen a la vista, creativamente, adaptaciones de la realidad a las situaciones personales”.

“Las limitaciones y la necesidad de recurrir a lo esencial produce más incertidumbre, sin embargo proactivamente se resuelve de otra forma la obtención de satisfactores. A nuevas reglas, nuevas soluciones. Quienes se enfrentan con éxito a las adversidades avanzan, y quienes no, comienzan a sentirse ansiosos y hasta angustiados, posteriormente desesperados y deprimidos”, expresa el rector de la Iglesia de Guadalupe en la ciudad de Coatepec.

Nacido en esta ciudad cercana a Xalapa, el padre Sotero Domínguez Gómez estudió filosofía y teología en el Seminario Arquidiocesano de Xalapa y se ordenó sacerdote el 11 de octubre de 1978. Es egresado de la licenciatura en Psicología Educativa de la Escuela Normal Superior y en Roma estudió psicología clínica en la Universidad Pontificia Salesiana. En México cursó una maestría en psicoterapia en el Centro Eleia de Actividades Psicológicas A.C., en donde también se doctoró.

—¿Qué piensa de esta situación de confinamiento que tanto ha costado a muchas personas y que otras tantas las ha llevado de la depresión a la angustia?

“Un viejo profesor, especialista en el Trastorno Bipolar, decía que dejaba a un lado la definición científica de la depresión para explicarla con una metáfora: ‘La depresión es una perra hambrienta que se come vorazmente lo mejor de nosotros mismos, y depende del medio que tengas a la mano para detenerla’”, comenta.

“Decimos esto porque está muy vinculada la depresión con el sentimiento de soledad, especialmente si éste tiene una historia afectiva larga. Y justamente otra especialista afirmaba, con otra metáfora, que el sentimiento de la soledad se parece ‘a cuando un bebé grita para que alguien le responda y… nadie lo hace’”.

“El estar junto a alguien por la sensación de compañía o estar haciendo algo porque estoy a solas no soluciona la soledad afectiva. Lo que lo soluciona es que alguien se sienta acompañado afectivamente aunque no tenga a nadie a su lado en ese momento; es lo mismo que sentirse amado, cuidado, protegido, incluso mirado”.

“Por eso una condición, como esta pandemia, hace ver cuánto tenemos de sustrato afectivo positivo y también cuánto nos falta de este elemento básico. En el caso de notar sólo ‘lo que falta’, —lo que se ha perdido, lo que de alguna manera se terminó, lo que antes había pero ya no— comienza el dolor generalizado de las pérdidas actuales y pasadas, un verdadero duelo por elaborar”, expresa Sotero Domínguez.

Y añade: “‘Trabajar’ el duelo es un arte muy sofisticado de algunos pocos, pero deberíamos aprenderlo todos; quien no se preocupe por dar pasos hacia la aceptación de una pérdida seguramente seguirá sintiendo que lo que ‘faltó’ sigue ‘faltando’ en detrimento de su ánimo”.

“Para aclarar lo que respecta al sentimiento de soledad por el encierro o el confinamiento, es conveniente considerar varios aspectos de este trago amargo: por una parte, la situación como la que estamos padeciendo remueve miedos infantiles (conscientes e inconscientes), sobre todo aquellos donde se tiene la sensación de no tener a nadie con quien relacionarnos en un nivel de afecto profundo”.

“Por eso ‘estar a solas’ nos hace pensar que estamos solos en este mundo, por lo que la conclusión es sentirse deprimidamente solos; por otra parte se puede experimentar el miedo y  la soledad cuando por inseguridad interna entra en crisis hasta la identidad personal y ya ni sabemos qué somos y qué debemos hacer, cuando anteriormente ya ni nos lo preguntábamos. Habrá quien, incluso,  piense que los cercanos nos abandonaron y que hasta, para quienes tenemos un credo religioso, Dios nos olvidó”.

ANTE UNA SITUACIÓN INUSUAL

El doctor en psicoterapia considera que “a toda vista, estamos en una situación mundial poco usual causada por el Covid-19. La situación no ha mejorado, al contrario —de manera particular en nuestro país y en nuestro terrruño veracruzano— se complica este inclemente fenómeno sanitario a grandes pasos; todo se está presentando más complejo de lo que pensábamos; ni siquiera sabemos si las estadísticas publicadas sean un punto de referencia más cierto al respecto”.

Comenta que algunos de los países que han sufrido repetidamente circunstancias dolorosas como guerra, miseria, genocidio, migración, desplazamiento, etcétera, han sabido responder con prontitud a la pandemia actual por una especie de instinto de sobrevivencia.

“Algunos no aprendieron de su historia y vemos las malas consecuencias de sus reacciones (casi siempre de índole político). Para unos y para otros los resultados catastróficos no se dejaron esperar. Para la población de nuestro país las cosas todavía muy complicadas por la inexperiencia y hasta por la negligencia”, expresa.

Enfatiza que “la pandemia sorprendió a todos y las medidas de protección solicitadas urgieron el confinamiento obligatorio. Éste fue el primer desconcierto o,  por decirlo de otra manera, una primera desestructuración general: las rutinas cotidianas han sido trastocadas de raíz. Desde el salir de casa a las actividades sociales y volver por la tarde-noche de nuevo al hogar hasta las nuevas formas de convivir”.

LA CREATIVIDAD COMO ANTIDEPRESIVO

El sacerdote que ha dirigido cátedra de formación humana en el Seminario Mayor, pastor de almas en diferentes comunidades, director del Departamento de Psicología del Seminario y de la Arquidiócesis  y colaborador de la Pastoral Vocacional Nacional y Centroamericana, se refiere también a la cultura del consumo y a la necesidad humana de llenar los espacios afectivos vacíos.

“Si ahora falta algo no se podrá llenar efectivamente con cosas (a propósito de un cierto engaño de la cultura del consumismo) o con la ‘compañía social de alguien’ pues se evade así el encuentro con uno mismo”.

“Lo positivo de un acontecimiento como el Covid-19 es que nos hace pensar creativamente de otro modo y, sin duda de afirmarlo, decidir por la creatividad como el antidepresivo más poderoso”.

“Había un modo de pensar sobre las necesidades esenciales y cómo satisfacerlas, hasta que se ‘crearon’ otras fundadas en el estatus socioeconómico y en la sensación de que ‘tener es poder’. ¿Recuerdan aquello de ‘compro luego existo’? Es la gran mentira mental de nuestro tiempo, aderezada con la obsesión del control compulsivo de tiempos, personas, recursos, etcétera, porque en ello se encuentra el remedio al displacer sin encontrar la paz interior”.

Además, se refiere también a la voracidad de los que se aprovechan de las desgracias humanas: “Siempre están los que aprovechan hasta las desgracias para hacer negocios; justamente porque aparecen necesidades prioritarias y urgentes y muchas personas no encuentran soluciones; está también quien ve la carencia de los demás como una forma de exprimir al que ya está lastimado”.

“Ya sabemos que aparecerán los que no saben de moral alguna y sin escrúpulo alguno buscarán sólo la propia ganancia: emporios que tiene que ver con fármacos, alimentos, etcétera. Por otro lado salen al encuentro muchos con iniciativas de auxilio y de ayuda verdaderamente fraterna, aportando hasta con sus propios medios y desde su situación precaria”.

“A quien entendió que la distancia no es marginación sino un tipo fino de integración solidaria, no le faltarán buenas razones para encontrar formas de convivir en profundidad con más provecho que antes; no necesariamente quien vive junto a otro vive mejor, pero ahora hemos encontrado el sentido de escuchar, comprender, colaborar y crecer en comunión”.

“Un viejo monje ermitaño español a quien conocí hace unos años comentaba, con un júbilo auténtico, cuán cerca se sentía de todos los demás y de todas las creaturas del universo; bromeaba al decir: ‘No sé por qué a veces me siento claustrofóbico’ y reía con entusiasmo”, expresa Sotero Domínguez.

DESDE LA PERSPECTIVA DE LA FE

“Una primera lectura consiste en contemplar la vulnerabilidad de la existencia humana. ¿Qué somos y quiénes somos en un mundo como el nuestro que tiene riesgos en tantos sentidos? Ahora nos probó una pandemia pero nos puede suceder cualquier otra cosa impuesta por la naturaleza o producida por la gente”, comenta quien también ha sido conferencista internacional.

“Una segunda forma de ver lo que nos sucede es a través  de la fe, como una respuesta de colaboración a la Historia de la Salvación que Dios quiere hacer desde  nuestra historia humana. La vida humana tiene un sentido trascendente y por eso tiene significado”.

“La esperanza (el otro nombre de la fe, según Benedicto XVI) no es cosa menor en una circunstancia como la que ahora padecemos. Desde una metafísica de la muerte podemos afirmar que la muerte es parte de la vida”.

“El sentido metafísico de la vida nos da la oportunidad de pensar el dolor y la muerte como parte de la existencia humana trascendente. Miguel de Unamuno decía que ‘la muerte es la otra cara de la vida’”, asevera.

“La Iglesia Católica ha respondido con prontitud a iniciativas creativas para seguir sirviendo pastoralmente a los feligreses; no ha suspendido el culto, no  ha cerrado las puertas, no ha desatendido necesidades importantes como el cuidado a los enfermos y los funerales; por los medios modernos ha llegado a muchos fieles. La Iglesia ha respetado las medidas de sanidad sin escatimar los servicios religiosos de los sacramentos y la pastoral”, puntualiza.

“De manera especial los cristianos católicos nos hemos dado cuenta que, ante la situación de pandemia, la caridad es mucho más urgente y más necesaria; se destaparon muchas necesidades de la gente, casi todas fundamentales; la gente pobre, particularmente, ha sufrido las vicisitudes más crueles. No habrá otra forma más eficaz que organizar la caridad con más inteligencia y creatividad, además de un compromiso de fe más visible o más creíble”, concluye el sacerdote que actualmente presta servicios pastorales desde la Rectoría de la Iglesia de Santa María de Guadalupe en Coatepec.

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