Columnas

¡A qué no puedes comer sólo una!

Pilar Ramírez

 

Finalmente entró en vigor en Oaxaca la ley que prohíbe la venta de comida chatarra a menores de edad. También está aprobada en Tabasco y ya se han presentado iniciativas similares en Tamaulipas, Chihuahua, Morelos y Ciudad de México. En ellas también se limita la presencia de publicidad cerca de las escuelas.

Si buscamos una pista de la campaña de desprestigio contra el subsecretario Hugo López Gatell y el “clamor” para removerlo de su cargo, no hay que ser muy perspicaz para adivinar que los intereses de las empresas de productos alimenticios “engordadores”, cargados de grasas, azúcares y conservadores puedan estar empujando esa propuesta que hasta la fecha no ha tenido, afortunadamente, resultados. No hizo más que llamar a sus productos “veneno embotellado” para que se convirtiera en el médico que peor ha manejado la pandemia.

Todos los galenos, o la mayoría, recomienda a sus pacientes bajar de peso cuando son consultados por cualquier padecimiento, así sea respiratorio, intestinal o alérgico  ya no digamos cardiológico, cancerígeno o una combinación de síntomas que pueden llevar a una falla sistémica con mayor facilidad si el paciente es obeso. Incluso los médicos obesos, que los conozco, hacen la recomendación, menos enfáticamente que sus colegas delgados, pero la hacen.

Son consejos que muy pocos seguimos, porque al igual que el tabaco, el alcohol y otros estimulantes no legales, la comida en general, pero la chatarra en especial, se convierte en una adicción. Y la tenemos todos los días a la vista coqueteándonos, seduciéndonos.

Tengo que confesar que hace muchos años fui adicta a la Coca Cola. Trabajaba en la UNAM y una amiga muy querida no sólo es fan de esa bebida gaseosa, podríamos decir que es gourmet, asegura que la presentación de vidrio de 200 ml, como la que se utilizaba entonces, ignoro si actualmente también, en los bares, es la mejor, que tiene un sabor distinto. Por aquel tiempo si yo pedía un refresco siempre decía “el que sea menos Coca Cola”, pero en el lugar en que trabajábamos salíamos a menudo a dar cursos. Ella pedía Coca Cola y pues yo decía “lo mismo para mí” por comodidad. Me aficioné tanto que al llegar a mi trabajo, nada menos que la Facultad de Medicina, compraba un vaso de Coca Cola antes de ir a mi lugar. Todo este proceso llevó tiempo y no me di cuenta. Empecé a comprar el refresco para la casa y me tomaba tranquilamente una botella de un litro. La alarma llegó un día que tenía deseos de la Coca Cola a la una de la mañana y no había. Fue una sensación terrible. Tenía deseos de ir a buscar a esa hora, sin auto. No lo hice. Me di cuenta hasta dónde había llegado mi adicción y dejé de tomarla. Para entonces ya tenía una obesidad bastante peligrosa contra la que también he tenido que luchar, con éxitos y fracasos, pero convencida de que es parte imprescindible de mi salud.

Otro caso extremo que conozco de cerca es el de una familia de muy escasos recursos; la mayor de los dos hijos del matrimonio es más que aficionada a la Coca Cola. Puede tomar fácilmente más de dos litros al día. Aunque se trata de una chica de 20 años no trabaja ni estudia, de modo que le exige a sus padres la compra del refresco, de paso, ha provocado también la afición del hermano menor a la bebida. El problema es que el consumo del refresco repercute de modo muy importante en las finanzas de por sí escasas de la familia, pues sólo trabaja la madre; pueden llegar a gastar entre 40 y 60 pesos por día sólo en Coca Cola. Eso no impide la exigencia de la joven porque no le “gusta” el refresco sino que es adicta a él, por más que se niegue a reconocerlo.

Otra amiga me confió hace poco que tiene adicción por las botanas industrializadas. Ella trabaja todo el día. Su madre cuida de su hijo y ella provee todo lo que hace falta en la casa, pero sólo hasta que comenzó una dieta en la que tuvo que abandonar esos productos me lo contó, y nos conocemos hace muchos años. Nunca lo imaginé porque es delgada, pero me dijo que cuando llegaba de trabajar le enojaba mucho que su mamá no hubiera comprado esos productos que le gustan.

En los tres casos que relato hablo de adultos. Sólo dos hemos escapado a la influencia de los productos chatarra orillados por razones de salud. La joven continúa dándose gusto con sus Coca Colas. ¿Qué puede hacer un niño de seis o 10 años ante el bombardeo publicitario del refresco de cola y las botanas de harina? Casi nada, rendirse a él. Si tiene dinero en la mano, no lo pensará ni una sola vez.

El director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México, Juan Martín Pérez, ha señalado que la industria de la comida chatarra en México opera como un cártel del crimen organizado por su cobertura territorial, poderío económico, participación de las autoridades y la posibilidad de salvar algunos “inconvenientes” gracias a la corrupción. No es una exageración. En los lugares más recónditos de nuestro país podemos encontrar entre la basura o en el camino rural más apartado un envase de refresco o una envoltura de botana donde nos venden 67 gramos de papas en 15 pesos, es decir, más de 220 pesos el kilo. Es posible que sean lugares sin electricidad o sin red de agua potable, pero no les falta la “chispa de la vida” o las botanas de las que “no puedes comer sólo una”.

La letalidad del Covid-19 asociada a comorbilidades como la diabetes y la hipertensión que suelen ser resultado de la obesidad puso la alerta sobre los efectos desastrosos del consumo de comida chatarra. Las leyes aprobadas en dos entidades no prohíben a los niños comer productos chatarra, porque como ya ha quedado comprobado, las prohibiciones en tal sentido son contraproducentes, pero deja en manos de los padres la responsabilidad de dar o no a sus hijos esos productos. Sólo pone a salvo a una población vulnerable, como es la población infantil, de una decisión que les puede afectar sin estar presentes sus padres.

Estas leyes lograron lo que el sexenio de Peña Nieto intentó y finalmente se negó a hacer: eliminar de las escuelas la venta de comida chatarra, porque, como siempre, se inclinó por los intereses económicos de esa industria y prefirió no enfrentar su poder.

Todo lo anterior, sólo aborda las consecuencias que estas empresas han dejado en la salud. Será motivo de otro análisis el impacto en la ecología, especialmente en los mares, llenos de PET amenazando especies. Asunto que se ha tratado de maquillar con campañas “protectoras del ambiente” para extraer una parte de la basura que generan las empresas y pretenden resolver con recuperación de la basura ayudadas por jóvenes voluntarios. Es decir, vendo, gano, ensucio, amenazo el ambiente y después invito a que me ayuden a recoger mi tiradero gratuitamente.

Sólo dos estados han aprobado este tipo de ley y existen, al menos, cuatro iniciativas. Aún queda un camino largo para que se aplique en todo el país. De modo que veremos todavía mucha guerra sucia por parte del poderoso empresariado que no desea ver disminuidas sus ganancias. Es en situaciones como esta donde hace falta la presencia y empuje de la ciudadanía no sólo para la aprobación de las leyes sino para hacerlas cumplir e incluso para tomar conciencia de cómo hemos sido manipulados para que nos guste algo que nos daña terriblemente. Se necesita el mismo tesón con que Francisco Toledo enfrentó a McDonald’s para evitar que se colocara una sucursal en el centro histórico de Oaxaca. Si alguien vio la serie “Mad Men”, especialmente el final, sabrá que no hay creencia, grupo, lema o emociones que no explote la publicidad para conseguir sus fines. ¿Podremos luchar contra ello? Brujo de Juchitán ya nos diste el ejemplo de ciudadanía en resistencia, te pedimos fuerza y voluntad.

ramirezmorales.pilar@gmail.com

Categorías:Columnas, Pilar Ramírez

Tagged as: