Columnas

Homero Aridjis, 80 años

El poeta niño

 

Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez

 

Homero Aridjis

Hace varios años adquirí el libro titulado: “Poesía en movimiento” y fue la primera vez que me encontré con el nombre de Homero Aridjis, esta clásica obra mexicana es prologada por Octavio Paz y las selecciones y notas fueron realizadas por Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, y Homero Aridjis. A partir de este encuentro poco a poco he ido acercándome a la obra del gran poeta y novelista, en el presente año Homero Aridjis se encuentra cumpliendo ochenta años de edad y lo festejaremos a través de su obra: “El poeta niño”, publicada en 1971 por el Fondo de Cultura Económica.  

El libro es un relato que narrará principalmente la vida de un niño, sus recuerdos, anécdotas, historias, realmente es un relato maravilloso que nos hace pensar en nuestras propias experiencias, Homero Aridjis en el pequeño apartado subtitulado: “Regreso a Contepec”, expresa lo siguiente: “Hay a veces, en el destino de alguien, la concentración de años en días, y de años en horas, por la intensidad con que los acontecimientos transforman su vida. Acontecimientos casi capaces de borrar un pasado, y sino de borrarlo, al menos de cerrarlo para uno mismo, poniendo un muro que separa los días de la infancia de los días de la adolescencia, como si hubieran sido vivido esos días, no por un ser que cambia sobre sus edades, sino por dos seres diferentes. Establecer el puente entre los dos, pasar del adolescente al niño soliviantado, saber que los dos son el mismo, hallar el único que fue y que es, ha sido en parte el propósito de este relato.

Resulta imposible no identificarnos con las historias narradas, en estas memorias autobiográficas el autor cuenta lo que recuerda de su niñez, el miedo que tenía a la oscuridad, la bonita relación que tuvo con sus padres, las costumbres y tradiciones de su pueblo, sus temores y angustias, pero también las ilusiones, sueños y esperanzas que tenemos cuando somos niños, algunas narraciones podrían hoy parecernos simples, pero, ¿quién de nosotros no las vivió? Un ejemplo es que en una ocasión el niño acompañaría a su padre a la ciudad de México, el niño por varios días estuvo emocionado con el viaje, hacia planes, imaginaba fantasías, casi no podía dormir por la inquietud del viaje, no obstante, para tristeza del niño éste enfermó de gripe y llorando vio como su papá se iba sin él a México, y aunque para nosotros pueda parecer un sentimiento infantil, para el niño era una verdadera tragedia.

Algunas vivencias son sencillas y rutinarias, pero existen otras que marcaron el destino del niño, y si creemos freudianamente que “infancia es destino”, entonces bien valdría la pena realizáramos algunas reflexiones partiendo de la tesis de crear un puente de unidad en la historia de nuestra existencia.

Conforme vamos creciendo y particularmente a partir de la adolescencia nos empezamos a olvidar de nuestra niñez, recordamos lo que queremos recordar o en muchas ocasiones consciente o inconscientemente tenemos bloqueada esa etapa de nuestras vidas, y más en un mundo tan materialista y utilitarista donde lo importante es trabajar, tener dinero, propiedades, vivimos a prisa entregados a las redes sociales, al celular, pero rara vez nos damos un tiempo para pensarnos profunda y tranquilamente a nosotros mismos, esto ha provocado que nuestra vida este divida en varias vidas y naturalmente esta actitud provoca vacios, insatisfacciones, incertidumbres, porque nos hemos alejado de la principal esencia que es nuestro ser.

El texto de Homero Aridjis me hizo recordar cuando de niño jugaba en la calle futbol descalzo con mis amigos Ismael, Chano, “Yin”, Carlos “el muerto”, Adán “Chanflán”, “Los tigres”, “Rosco”, “Quita”. Cuando con una enorme felicidad acompañaba a mi papá en su camioneta  Nissan para la compra y venta de diversos productos y mentalmente conocía (conozco) todas las rancherías a las que íbamos; sabia quien pedía fiado, quien pagaba de contado, los nombres, apodos, las paradas donde tomaríamos café, algún desayuno, en la comunidad “El Zapotal” mi papá a veces se daba tiempo para unas “caguamas” y jugar las cartas con Arturo, los Andrades, continuar con el recorrido y llegar a la comunidad llamada “Boca de San Miguel” donde nos esperaban “Los tacuazines” para vendernos camarón, mojarras. Créanme que era un recorrido diario de gran disfrute rodeado de gente trabajadora, sana, sencilla, respetuosa, que vivían de la pesca, el ganado, en medio de una naturaleza bella, ríos, hermosa fauna, y todas esas vivencias fueron formando mi espíritu, carácter, deseos, anhelos, y aunque mi vida actual es totalmente distinta, sin duda alguna mi infancia me marcó en muchos sentidos y hoy parte de mi esencia se encuentra en ese pasado al lado de mis padres, hermanas, amigos, sueños, ilusiones, alegrías y tristezas, todas esas circunstancias han contribuido a ser la persona que soy.

Al igual que el niño que narra la historia de su vida en el relato, conforme fui creciendo la vida en mi pueblo ya no me bastaba, si quería estudiar, aprender, cursar una profesión, debía salir a las ciudades, siendo un adolescente de diecisiete años de edad emprendí el vuelo y en el transcurso de todos estos años mi vida se ensanchó, el mundo universitario me dio la oportunidad de acercarme a la cultura, conocer amigos especiales que me aproximaron desde joven a los libros, inmiscuirme en un universo literario que modestamente ha enriquecido mi vida, la literatura me ha hecho viajar por el mundo, por otros tiempos, conocer culturas y tradiciones fantásticas, historias magistrales, hacerle el amor a la bella e incomparable Helena, acompañar a Odiseo en su largo viaje de retorno a Ítaca, sin embargo, sabemos que Odiseo regresó a Ítaca, recuperó a su amada Penélope y su reino, en mi caso mi viaje a Ítaca no ha terminado, espero seguir navegando y conociendo este bello universo, vivirlo, sentirlo, y, tal vez, en algún momento si el destino así lo permite regresaré a mi Ítaca, para morir tranquilo y en paz, y la paz vendrá porque tuve el valor de emprender el viaje…

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