Columnas

¡Que se vaya!

-74.2 millones de votos populares lo contemplan-

 

Manuel Zepeda Ramos.

Desastre.

La multicitada palabra pronunciada por el todavía presidente de la nación más poderosa de la tierra, se reflejaba en el Capitolio en su exacta dimensión.

La negación sistemática de todo cuanto lo antecedía en su gestión presidencial, afloraba en los ultimas días de su gestión perdida en las urnas, en la votación más copiosa de que se tenga memoria en la vecina y alguna vez parte de México, la poderosa nación de América del Norte.

El Mundo, alarmado, se paralizó.

La Pandemia, por unas horas, pasó a un segundo plano.

Hoy por hoy, lo que le pase a los Estados Unidos se convierte en un dolor de cabeza para el Mundo contemporáneo.

Trump, desde su trinchera electrónica, arengaba a sus seguidores como si estuviera dirigiendo la invasión a Normandía, preparando el desembarco más espectacular y numeroso de la historia, aquel principio de la derrota infringida al todavía enemigo público número uno de que se tenga memoria. Hablo de la 2a. Guerra Mundial…y de Hitler, por supuesto.

Como el populista que es, Trump mentía sin pudor:

-adelántense, ahí voy a acompañarlos (o algo parecido).

…y al Capitolio, nunca llegó el arengador por excelencia.

El escenario que veíamos en la televisión era de gran impresión:

Jóvenes trepando por las paredes del edificio emblemático de la democracia, el que custodia el cumplimiento de la constitución vigente desde 1789, la más antigua de la historia.

La turbamulta arengada durante cuatro años, se iba apoderando poco a poco del edificio emblemático. Hombres y mujeres disfrazados de todo lo imaginable, portando banderas secesionistas, tomaban oficinas de los senadores y parlamentarios. Los legisladores eran protegidos por los cuerpos de seguridad del Capitolio y por los miembros del FBI que custodiaban la sede del poder legislativo. Fueron momentos difíciles que llegaron a calificarse de golpe de estado, de insurrección.

El presidente, desde su puente de mando de su porta aviones, así convertida la Casa Blanca, acompañado por sus hijos que vivían solazados el momento inolvidable -consta en imágenes que dieron la vuelta al Mundo-, observaba el “avance del combate”.

Debo imaginar que, por un golpe de suerte, la razón volvió por un momento a la cabeza del general Trump: ordenó la retirada a su ejército de fanáticos que le hicieron caso. El escenario de guerra de un edificio mancillado en su historia y su memoria, enseñaba la destrucción de tamaña afrenta. Vidrios quebrados, papeles destrozados, computadoras rotas quedaban al paso de la invasión nemantelmíntica. Poco a poco se fue sabiendo: primero, una persona muerta, mujer, que fuera miembro de la fuerza aérea y admiradora del presidente, de un balazo certero y fulminante. Se sumaron a su deceso tres muertes mas, entre ellas, un policía del capitolio.

Las noticias volaban.

El vicepresidente Mike Pence se convierte en el héroe de esa parte de la historia de los Estados Unidos.

Un personaje que el Barcelona debería de imitarlo, sobre todo para bien sustituir a “Luisito” Suárez, el del instante preciso en el exacto momento que es capaz de meter el gol necesario para seguir avanzando. Político completo, que desempeñó un papel gris durante el generalato de Trump convoca, después del desaguisado histórico, a la reanudación del conteo final y definitivo, la validación por el poder legislativo de la elección presidencial: el gol necesario.

Así fue: oficialmente hubo, por fin, presidente electo validado después de varias horas de conteo y acción legislativa, en donde el Capitolio actuó como debía de ser, desechando impugnaciones en una elección a todas luces impecable y numerosa por su veracidad y afluencia electoral, en donde Trump se empeñó en descalificarla como fraudulenta, una y mil veces sin pudor alguno a través de las redes sociales y los medios electrónicos en funciones, en su país y en el Mundo, a tal grado que un porcentaje importante de sus electores se creyeron sus mentiras.

Las aguas empezaron a tomar su cauce.

Quien no la tomó fue el presidente derrotado que, al fin loco y populista empedernido, volvió a la carga para seguir arengando a sus seguidores en el mismo tema del fraude electoral.

En ese momento, el dueño de Facebook y Twitter, Mark Zuckerberg, le silencia sus cuentas buscando contener un segundo asalto al Capitolio o una nueva toma de calles en la Unión Americana.

El escarmiento por el error cometido iniciaba: la cruda daba sus primeras señales.
el FBI hizo sus primeras detenciones. El que destruyó la oficina y se sentó con los pies sobre el escritorio de doña Nancy Pelosi, poderosa líder mayoritaria de la cámara de representantes, se arrepiente de lo acontecido. Sabe que le espera un castigo ejemplar. La flagrancia es innegable. El loco que llegó de Oklahoma con casco de cuernos y sin camisa luciendo sus tatuajes, aduce que estuvo allí por la convocatoria que hizo Trump a estar presente y tomar el Capitolio. Representantes y senadores republicanos descalifican al presidente, alguno de haber perdido la razón. La derrota definitiva se acerca.

Mientras, el gabinete de Trump se desgrana. La enmienda 25, que de ser planteada llevaría a la destitución de Trump y la llegada por unos días de Mike Pence a la Casa Blanca para ocupar la presidencia, se pasea por toda la Unión Americana. Quienes saben, opinan que el republicano Pence, político serio de partido, no la habrá de convocar. Ante esto, queda la decisión inquebrantable de Nancy Pelosi quien propone juicio político para Trump que iniciaría la próxima semana. Muchos ya aseguran que sería el fin de la carrera política del migrante que llegó a ser presidente.

¡Que se vaya! gritaban en la Unión Americana los que quieren que a su país le vaya mejor, que se detenga la mortandad por la Pandemia abusivamente mal manejada por quien no le importó la muerte de cientos de miles de habitantes de la nación más poderosa de la Tierra.

Dos últimas consideraciones.

1.- Trump obtuvo 74.2 millones de votos populares. Es un capital político importante. Corresponden a los norte americanos menos agraciados, los de poca formación y pocos recursos, los agricultores de sus ranchos de autosuficiencia que también hay allá, los obreros de la construcción y de las fabricas: los desposeídos. Son, siempre, los seguidores incondicionales de los populistas y demagogos que les venden esperanzas; los políticos mentirosos que siempre han existido. Llama la atención que entre estos allí están latinos ya nacionalizados y que, por lo que se ve, poco importaron las descalificaciones desagradables en grado superlativo, muy ofensivas que este migrante emitió miles de veces desde su campaña, polarizante y xenófoba que los latinos no podemos ni debemos olvidar.

Joe Biden obtuvo 81.2 millones de votos populares. 7 millones más que Trump.

Joe Biden ganó la elección con 306 votos electorales, contra 232 de Trump. Triunfo contundente.

Fue impecable, sin ningún reclamo como los que sí emitió cotidianamente Trump durante mucho tiempo, capaz de distorsionar la opinión de sus seguidores al grado de llevar a los sucesos vergonzosos de hace unas horas.

2.- La mejor palabra…es la que no se dice:

Mientras el Mundo entero, mandatarios y ciudadanos, protestaba por los sucesos que obligaban a pensar en un golpe de estado pergeñado con alevosía y ventaja, acá en México, en los Monólogos de la Mañana, Él lamentaba que a Trump le hubieran quitado “su derecho” de escribir en FaceBook y Twitter las arengas de todos conocidas a sus seguidores. Esa opinión le valió el comentario negativo en todo el Planeta y la burla, por supuesto, de los periodistas y conductores.

Preocupante.

Por todo esto, el día 6 de junio vaya usted a votar en las elecciones más importantes del sexenio por quien quiera, menos por el partido de ya sabes quien. Todos debemos trabajar para salvar a la democracia, que equivale a salvar al país.

Si no tiene que hacer, no salga a la calle. Se puede contagiar y contagiar a los suyos, en donde algunos pueden morir. Entiéndalo, por favor. Es jugar con la vida de los demás.

Si es necesario salir por causa mayor, hágalo con cubre boca, guardando dos metros de distancia y lavándose compulsivamente las manos muchas veces. Cuide a los suyos, a los viejos y a los niños que también se infectan.

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