Columnas

Partidos políticos y representación política III

Rodolfo Chena Rivas

 

El concepto político-constitucional de “partido político” y su condición de ente de interés público, es una hipótesis fundamental, hoy día, generalizada en el mundo occidental, conforme al supuesto material del reconocimiento de la necesidad de su existencia, como canal o conducto para posibilitar la participación política de los ciudadanos, mediante formas estatutarias para organizar su agrupamiento, y disfrutar de prerrogativas estaduales para cumplir el propósito último de acceder al ejercicio del poder político. Por supuesto, la teoría sobre el qué, se confronta con la realidad del cómo; en particular cuando del examen de la legalidad se pasa al plano de la legitimidad.

Bobbio ha explicado que la presencia de partidos de masas desde principios del siglo XX, su acelerada expansión en el medio siglo inmediato, y su coexistencia, a la vez, con partidos pequeños, llevó a la acuñación del término “partidocracia” para significar: a) gobierno de los partidos, b) el dominio verdadero de los partidos, y c) la expansión de las expectativas de dominio de los partidos. En efecto, la realidad de la mayor o menor capacidad de los partidos para influir, persuadir o convencer, los hace desbordar su indudable carácter clientelar e intermediar o penetrar en la sociedad -o sociedades- conformada (s) por auténticas masas de ciudadanos o votantes. Su naturaleza, a querer o no, es expansiva y de ahí la necesidad de consolidarse como auténticos partidos de integración social, en la medida que logran ser portadores de demandas sociales y políticas.

Para alcanzar estas expectativas, el financiamiento público se ha vuelto no sólo crucial, sino estructural, en las tareas de sostener y desplegar acciones de competitividad ante situaciones de conservación o alternancia del poder. Por supuesto, a lo anterior hay que añadir aspectos como el liderazgo y el profesionalismo partidario, que son elementos de oportunidad y cultura política, cuestión que ya Weber había observado casi con alcances proféticos.

Al caso, resulta ilustrativo el espectáculo cívico de debate y participación democrática al que pudimos asistir en forma remota, pero instantánea, con motivo de las recientes elecciones presidenciales y congresionales en los Estados Unidos de América, con su método instrumental de elección indirecta (voto colegiado), en un ambiente de confrontación abierta, contestataria y opositora entre los partidos políticos históricos de ese país, con los resultados y consecuencias ya observados: alternancia en la oficina oval y juicio político para el presidente-candidato perdedor.

En contraparte o, si se quiere, en el otro extremo, adquiere necesidad práctica y conceptual la noción de “participación política”, porque, como lo afirma Sani, con ella se quiere designar una variedad de términos y situaciones: emisión del voto, militancia, agrupación, apoyo, campaña, dirigencia, información… Y se puede tratar como contraparte o extremo si se entiende que el partido político nace de la participación política y, por el sortilegio de la búsqueda del poder legal y legítimo, simultáneamente tiene a la participación política como propósito. Fin.