Columnas

92 años de autonomía universitaria

Raúl Contreras Bustamante

Cuando se habla de desarrollo humano en los países con frecuencia suelen observarse los indicadores de crecimiento económico, que, si bien es un medio que contribuye al desarrollo, no debería ser un objetivo en sí mismo.

La Organización de Naciones Unidas tiene un indicador—instituido hace más de 30 años— para medir el progreso de los países, que es el Índice de Desarrollo Humano, el cual mide el progreso conseguido por un país en tres dimensiones básicas del desarrollo humano: salud, educación y nivel de vida.

Mencionar lo anterior tiene mucho sentido, pues, en efecto, el progreso de un país depende en gran medida del éxito de su educación.

En nuestro país, una parte vital de su progreso en materia educativa se debe a la UNAM, la cual esta semana celebró 92 años de la conquista de la autonomía universitaria, que, por primera vez, se estableció con la entrada en vigor de la Ley Orgánica publicada el 26 de julio de 1929 y que, sin duda, es el principal atributo que distingue y ha permitido la grandeza de nuestra alma mater.

En aquellos días de 1929, los estudiantes de la entonces Escuela Nacional de Jurisprudencia —antecesora de la Facultad de Derecho— impulsaron de manera decidida una serie de reclamos contra la imposición de injustas disposiciones reglamentarias, cuyo movimiento habría de coronar su esfuerzo en la voz del presidente Emilio Portes Gil, cuando señaló: “La Revolución ha puesto en manos de la intelectualidad un precioso legado: la autonomía de la universidad”.

Años después, en 1980, mediante una reforma al artículo 3º fracción VII de nuestra Constitución, la autonomía universitaria se elevó a rango constitucional.

Hoy la autonomía de nuestra universidad debe entenderse desde varios aspectos:

1.- La libertad de cátedra y de investigación. Y es que la universidad es un gran crisol del pensamiento y la inteligencia. Sólo al educar en libertad y sin ataduras es posible conseguir el máximo potencial de las ideas, aquellas que han sido el motor de progreso en nuestro país.

2.- Un régimen de gobierno interior, que le permita ejercer la facultad y la responsabilidad constitucional de gobernarse a sí misma.

3.- La atribución que permite que nuestra institución pueda elaborar sus programas de estudios, sin que en tal diseño —que debe ser estrictamente académico— haya algún rasgo de injerencia de cualquier agente externo a la universidad.

4.- La obligación y la responsabilidad de administrar los recursos públicos a su cargo con honestidad y transparencia, así como de rendir cuentas claras a la sociedad.

Hoy, la Constitución y los instrumentos internacionales señalan que la educación que imparta el Estado debe ser de excelencia. La UNAM es el mejor ejemplo de lo que debe ser la educación superior de excelencia.

Gracias al ejercicio responsable de nuestra autonomía, la universidad de la nación —de acuerdo con el QS University Ranking 2021— ocupa el lugar 105 entre las 1,600 mejores universidades del mundo.

La posición que ocupamos en la actualidad en el concierto de las mejores universidades del orbe se debe a que hemos logrado entender que la autonomía e institucionalidad son la clave del desarrollo de nuestra máxima casa de estudios.

A 92 años de la conquista de nuestra autonomía universitaria, seguiremos trabajando para estar a la altura de las expectativas que el pueblo de México ha depositado en su universidad y en sus universitarios.

Como Corolario, las palabras del maestro emérito de la Facultad de Derecho, Sergio García Ramírez: “La autonomía es el oxígeno que los universitarios respiramos”.

(Excélsior 31 07 21)