Columnas

Mi 11 de septiembre hace 20 años

Arturo Reyes Isidoro

El 11 de septiembre de 2001, hace veinte años, cuando dos aviones comerciales secuestrados por terroristas de al Qaeda derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, desayunaba y me preparaba para ir a mi trabajo, entonces en la Dirección de Prensa del Gobierno del Estado, en el palacio de gobierno.

Atónito veía las escenas que las televisoras del mundo entero transmitían. Me fui a la oficina y desde ahí continué siguiendo los acontecimientos. ¿Recuerda usted dónde estaba, qué hacía? Como publicó ayer Raymundo Riva Palacio en su columna “Estrictamente Personal”, ese día el mundo cambió.

Recientemente vi en Nextflix la película Las Torres Gemelas (World Trade Center), que rodó Oliver Stone en 2006 con Nicolas Cage y María Bello. Presenta solo una parte del drama, pero nos recuerda un suceso histórico que, de todos modos, nunca se olvida, o nunca se nos olvida a los contemporáneos de aquellos hechos.

En aquel año ya tenía boleto de ida y vuelta a Los Ángeles para el mes de diciembre, junto con mi hijo Jesús Antonio “Toño”. Iríamos a visitar a familiares que vivían entonces en la ciudad de Brea, en el condado de Orange, en California. Así lo hicimos. De ahí nos movimos a varios lugares de la Unión Americana.

Tres meses después de aquel 11 de septiembre sentí y viví el temor que privaba todavía en el territorio norteamericano. Los estadunidenses temían más ataques terroristas, estaban en alerta, todos los extranjeros éramos sospechosos. El miedo de ellos se sentía, nos lo transmitían.

Algo que me llamó la atención y que me impresionó fue su sentido de pertenencia, su nacionalismo, su unidad ante la amenaza extranjera, un sentimiento que era patente en sus vehículos, en sus casas, a donde uno fuera, sitios en los que ondeaban banderas de las barras y las estrellas, algo que nunca he visto en México tal vez porque no hemos estado ante una situación de peligro semejante.

Aunque no me llamaba mucho la atención ir, mi hijo Toño me animó a que fuéramos a Disneylandia, en Anaheim, también del condado de Orange, relativamente cerca de Brea, donde además era (y sigue siendo) ejecutivo John Shubin, quien años atrás, por intercambio de estancias en Covina y en Xalapa, se había hermanado con mi hijo Arturo.

Quienes han ido o se han informado, saben que son tantos los visitantes en el parque de diversiones que es imposible disfrutar de las atracciones en un solo día. Yo, que no tenía tanto interés, viví entonces algo inesperado.

Al llegar no había cola para entrar, John nos recibió, además, y de pronto me di cuenta que estaba casi vacío el parque. Casi nadie, por temor a ser víctima colateral, quería viajar a Estados Unidos. ¡Entonces, sin querer, cual niño, adolescente o joven, me pude subir a casi todos los juegos!, en un mismo día, salvo a algunos que me dieron miedo. Hasta en eso, tres meses después, se reflejaba la consecuencia de aquel ataque terrorista.

Tiempo después, mis anfitriones cuando he estado en Las Vegas, el matrimonio conformado por Isaías Arias y Amada García (originarios del estado de Oaxaca él, del de Puebla ella, residentes en el país vecino), padres de jóvenes amigos de mi familia, Eben, jazzista en la llamada Ciudad del Pecado, maestro de música también, e Isaac, maestro de idiomas en Puebla y ministro religioso, me platicaron algo que uno se imagina que solo se ve en las películas.

Aquel septiembre habían ido a una consulta en San Diego y el día 11 regresaban a Las Vegas en ferrocarril cuando, de pronto, a mitad del camino, en cualquier tramo, pararon el convoy que fue invadido por agentes y policías que empezaron a registrar todo y a pedirles identificación a todos, sin que los viajeros se explicaran qué pasaba o por qué (lo supieron después). Buscaban más posibles terroristas.

Esto me dio idea de cómo si bien los secuestradores sorprendieron todos los sistemas de seguridad de Estados Unidos, en el interior de inmediato se activó otro de seguridad interna bastante efectivo.

Por lo demás, aquellas vacaciones fueron más que placenteras porque me moví, guiado por mi primo Martín Cuevas, a donde quise sin ningún contratiempo por el poco tráfico de vehículos que había en las ciudades y en las freeways, ya que muy pocos norteamericanos salían por temor a otro ataque, un privilegio del que disfruté, lamentable y tristemente, por un ataque que costó la vida a 2,983 personas.

Aquel ataque me llevó a leer de nuevo un libro clave, clásico, para entender mejor el conflicto, Orientalismo, de Edward Said (en vida publicó muchos años en La Jornada), publicado en 1978, cuya tesis central señala la dificultad del mundo occidental de pensar sobre Oriente y sus culturas si no se logra romper el velo de prejuicios que distorsiona las lecturas de este lado del mundo. No justifico el terrorismo, pero el mundo del Islam tiene muchos motivos para su resentimiento y su deseo de venganza contra el imperio que los ha querido temer sometidos y los ha querido hacer a su manera, cuando ellos tienen una cultura propia.

Aquel 11 de septiembre, en efecto, cambió el mundo para siempre. Una consecuencia, viva, reciente, palpitante, es la derrota que los talibanes acaban de propinar a Estados Unidos obligando a sus soldados a abandonar Afganistán, algo que, como se publicó en El País el 18 de agosto, se ve como el declive del país del norte como superpotencia.

Lluis Basets, periodista español, exdirector adjunto de El País, en un interesante análisis que publicó el 22 de agosto, dijo que el fracaso en Afganistán supone el mayor revés geopolítico del siglo, que demostró la irrelevancia de Estados Unidos en Oriente, que evidencia también el fracaso de modelar el mundo a su imagen y semejanza, mientras que China gana terreno en esa región del mundo.

Categorías:Columnas, Prosa

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