Columnas

El colapso del PRI

Enrique Cerón

Los resultados de las elecciones del 6 de junio presagiaron la próxima expedición del certificado de defunción del PRI, que nuevamente recibió el rechazo en las urnas de un amplísimo sector del electorado, mensaje de repudio que ya en 2018 fue muy claro, pero el partido no aprendió la lección y este año volvió a recoger una amarga pero justa cosecha.

Varias veces en la historia los electores le dieron la espalda al partido de la Revolución, creado desde el poder primero como Partido Nacional Revolucionario, después Partido de la Revolución Mexicana y, finalmente, Partido Revolucionario Institucional. Lo culparon en muchos casos de fraude electoral; en otros tantos de corrupción, autoritarismo y represión en el ejercicio del poder.

Como dicen que el poder se retiene, los herederos de la Revolución recurrieron a todo con tal de no entregarlo a otra fuerza política, como en 1988 (cuando se le cayó el sistema a Manuel Bartlett), que el líder cetemista Fidel Velázquez fijó su postura: A tiros nos hicimos del poder, a tiros nos lo tienen que quitar.

El PRI siguió haciendo de las suyas, hasta que no le alcanzó para mantenerse en el poder, el sistema no daba para más y tuvo que entregar la presidencia de la República a otro partido, pero el relevo institucional, por primera vez en treinta años, se realizó sin crisis política de por medio.

Sin embargo, agobiados por dos sexenios panistas, una mayoría de mexicanos le devolvió al PRI el poder presidencial. El partido tuvo, como el PAN y ahora MORENA, la oportunidad histórica de corregir el rumbo del país y permanecer como opción política, pero sus gravísimos errores echaron todo por la borda.

Las palizas electorales al PRI son clara muestra, una más, de la madurez política de los mexicanos, que saben castigar, por la vía de las instituciones que el poder ahora menosprecia, a quienes defraudan su confianza. Y no se antoja lejano un escenario en el que el partido pierda su registro por no alcanzar el mínimo de votación requerido para conservarlo, como están las cosas no resulta improbable que ese riesgo surja.

El amable lector que ha llegado hasta aquí se preguntará a quién podría importarle -menos preocuparle- que desaparezca el PRI, si durante el siglo pasado eso deseaban muchos mexicanos, hartos de la preponderancia del PRI, visto entonces más como brazo electoral del sistema que como un verdadero partido político.

Pero lo cierto es que el PRI sigue contando con no pocos simpatizantes, aunque esto no se refleje ya en los resultados electorales, porque la sociedad mexicana es muy crítica y muchos que simpatizaban y votaban por el PRI no están de acuerdo con decisiones del partido ni con los candidatos que postula, mucho menos con la sumisión que muestran los jerarcas ante los ahora poderosos.

Todo ello aleja de las urnas a simpatizantes, y hasta militantes, que se resisten a buscar otra opción, porque no les atrae ninguna de las ofertas políticas existentes en el amplio espectro partidista; no encuentran identidad en alguna de ellas y añoran los tiempos en los que los gobiernos del PRI impulsaban una prosperidad nacional en diversos órdenes, lo que colocó a México a la cabeza de los países latinoamericanos. Entre los nostálgicos de aquel pasado hay que contar al propio Andrés Manuel López Obrador.

Esto se explica porque el México del siglo XX es producto de la Revolución de 1910 y el PRI, a través de sus predecesores y con todos sus defectos, que son muchos, es el heredero de ese movimiento, cuyos principales postulados procuró cumplir, como el rescate para la Nación de los recursos del subsuelo y el reparto agrario.

Cuando se agotó el modelo económico del desarrollo estabilizador y se manifestó el hartazgo ciudadano ante la cerrazón política con el Movimiento Estudiantil de 1968, el sistema priista -no sin resistencias, desde luego- supo reaccionar y abrió válvulas de escape a la presión social, primero con la tímida apertura democrática de Luis Echeverría y luego con la Reforma Política de José López Portillo, que dio representación a las minorías y rescató de la clandestinidad a partidos como el Comunista (de corte estalinista) y el Demócrata (cuya línea era el sinarquismo, reminiscencia de los cristeros). Reconocimiento de la pluralidad manifiesta en la sociedad mexicana, que siguió empujando en las reformas políticas de los 80s y 90s.

Mucha gente recuerda que los gobiernos emanados de la Revolución crearon instituciones como el Instituto Politécnico Nacional, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional Indigenista, el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores y, desde luego, las empresas a las que el actual régimen quiere fortalecer: Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad.

No se olvida que, durante las décadas arriba mencionadas, el PRI impulsó las reformas que perfeccionaron el sistema electoral -admirado en otros países, incluso del primer mundo-; que Salinas el innombrable colocó a nuestro país como la decimacuarta economía a nivel global y que logró un provechoso acuerdo de libre comercio con Estados Unidos y Canadá.

Cierran los ojos ante la realidad quienes niegan los logros del sistema priista, pero hay gente con memoria y conciencia que volvería a creer en el PRI si éste corrigiera el rumbo para conducirse como un verdadero opositor y enfrentar, con los partidos que no siguen la línea de MORENA, la embestida destructora del gobierno actual, que despliega todo su poder y recursos para mantener su dominio y que al efecto quiere al PRI como aliado.

Venderse al poder es para el PRI el camino de la autodestrucción, no el de la supervivencia, salvo de sus dirigentes y militantes en ejercicio de cargos de elección popular que, ante la conclusión del mandato y para evitar que se les persiga por sus malos manejos, se entregan en brazos de los poderosos.

Renovarse o morir es el imperativo para este partido. Muy difícilmente sucederá, pero replantearse su relación con la sociedad a la que pertenece y debe servir como el partido político que es, vincularse a las causas populares y luchar por ellas con base en sus principios -que están en el papel, pero deben trascender a la acción-, es el reto para dirigentes y militantes priistas. Los primeros no lo harán, los segundos son los que deben actuar.

Para el que esto escribe -que por muchos años sostuvo que el PRI es el peor de los partidos políticos, con excepción de todos los demás- vale la pena intentarlo. Me atrevo a decir que, si desaparece el PRI, se dirá entonces de él que hace falta en el escenario político nacional.

¿Y por qué no un cambio de nombre? Porque ese debe ser el principio de la renovación, los tiempos y las circunstancias lo exigen. Y no es necesario renunciar a otra cosa ni devanarse los sesos en busca de la denominación, porque está en su esencia y de ésta surge mi propuesta: Hacer de su lema el nombre del partido, DEMOCRACIA Y JUSTICIA SOCIAL, pasar de priistas a justidemócratas.

Ahí se los dejo.

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