Columnas

Una Premio Nobel en la facultad

Raúl Contreras Bustamante

Dentro de las acciones que la Facultad de Derecho de la máxima casa de estudios ha implementado para el retorno a las actividades presenciales —después de largos meses a partir del decreto de la emergencia sanitaria por el covid-19—, asistió como invitada de honor Rigoberta Menchú Tum, galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1992.

En el auditorio Ius Semper Loquitur —siguiendo las medidas sanitarias más estrictas— se dictó una conferencia magistral a la comunidad estudiantil, la cual será recordada como uno de los momentos estelares de la reciente historia de nuestra Facultad.

Nacida en el seno de una familia indígena del guatemalteco Departamento de El Quiché, la historia de Rigoberta estuvo marcada desde una edad temprana por las injusticias, discriminación, racismo y explotación, a la que aún hoy en el siglo XXI son sometidos cientos de miles de indígenas que viven en la pobreza extrema en el país de Guatemala.

Después de un largo trabajo en las luchas reivindicatorias de los pueblos indígenas y campesinos en su tierra natal —que le costaron persecución política y el exilio— en el año de 1991 participó en la preparación de la declaración de los derechos de los pueblos indígenas por parte de las Naciones Unidas.

En 1992 le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz, en reconocimiento a su trabajo por la justicia social y reconciliación etno-cultural basado en el respeto a los derechos de los indígenas.

Ante un auditorio compuesto por alumnos de excelencia, Rigoberta Menchú les expresó a los jóvenes estudiantes —en alusión al difícil momento que estamos atravesado— que: “No se debe perder de vista que la humanidad enfrenta guerras, conflictos… y el hartazgo de la gente puede precipitar nuevos conflictos”.

Y es que antes de la pandemia —señaló Menchú— ya teníamos otros temas que universalizaron el sufrimiento de la humanidad como: la desigualdad social, la pobreza, el hambre, la desnutrición y el analfabetismo. “Hay un futuro dinámico, incierto. Esto es por lo que tenemos que prepararnos, para responder a ese futuro”.

El mensaje de Rigoberta Menchú nos recuerda que la paz y el derecho que los pueblos tienen a vivir en ella —en la actualidad— puede ser visto a ratos como una utopía. Y es que la violencia no es un tema privativo de geografías: nuestro México como la Guatemala de la doctora Menchú han padecido en carne propia los estragos de ésta en todos los renglones de la vida cotidiana.

Les dijo que a los universitarios corresponde mirar con valentía, entereza y responsabilidad los problemas, para hacerles frente con la mejor arma que podemos blandir: el conocimiento.

A Rigoberta Menchú le sorprendió de manera grata saber que en nuestras aulas —dentro del nuevo Plan de Estudio de la Facultad— se estudian como materias obligatorias el derecho agrario y derecho indígena; se privilegia la educación transversal con un enfoque de derechos humanos y convencionalidad y que nuestros estudiantes tienen también la posibilidad de acreditar como segundo idioma cualquiera de las 68 lenguas indígenas reconocidas por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas.

Para los jóvenes que confían en el derecho como factor de cambio y transformación de la sociedad, recibir la presencia de Rigoberta Menchú ha sido una bocanada de esperanza. Lo es porque su persona es testimonio vivo de una mujer que ha padecido en carne propia la crudeza de la guerra, pero que nunca ha dejado de creer y de luchar por la paz.

Como Corolario la frase de Rigoberta Menchú: “La paz es hija de la convivencia, de la educación, del diálogo”.

(Excélsior 23 10 21)

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