Columnas

La sal y el Imperio

Miguel Ángel Sánchez de Armas

La mañana del 6 de abril de 1930, hace 91 años, Mohandas Karamchand Gandhi arribó a la playa de Dandi, en el estado Guajarat, en la India, seguido de una abigarrada muchedumbre.

El frágil y diminuto hombre de 61 años a quien los devotos llamaban “Bapu”, padre, se detuvo en la arena y posó la mirada en las intranquilas aguas del golfo de Khambhat que galopaban presurosas rumbo al Mar Arábigo.

Con la mano derecha levantó un poco de la sal que la canícula había fundido sobre la arena blanquísima y con aquella su voz tan prodigiosamente apacible, exclamó:

“¡Así se estremecen los cimientos del Imperio británico!”

Eran sólo unos gramos que no valían un paise en el mercado de la aldea pesquera vecina. Pero este gesto puso en marcha una corriente que desembocaría en la independencia de la India 17 años más tarde.

El Mahatma –“Gran Alma”, en sánscrito-, uno de los más extraordinarios luchadores sociales de la historia moderna, comenzaba así la gran marcha que arrebataría la joya de la corona del Imperio en donde no se ponía el sol.

El 2 de octubre fue el 152 aniversario de su nacimiento y ninguno de los grandes diarios “nacionales”, ni los grandes diarios “estatales”, ni los sistemas informativos de radio y televisión, incluidos los llamados “culturales”, dedicó un espacio a su recuerdo. Afortunadamente JdO tiene memoria histórica.

Gandhi nos enseñó que los cambios comienzan por uno mismo. “Las revoluciones -solía citarlo el gran Oscar León Camelo- sólo son interiores”. Nadie puede cambiar el mundo que lo rodea si antes no se transforma a sí mismo.

En plena dictadura de la testosterona como fue la sociedad de comienzos del siglo XX –tal cual tristemente se reedita hoy- el ejemplo de Gandhi no fue comprendido. Al contrario, desconcertó a muchos, comenzando por los arrogantes hijos mayores de la pérfida Albión.

Incluso alguien tan sagaz y talentoso como Winston Churchill se refirió al padre de la independencia india con lenguaje propio de rufián del West End: “¡Ese faquir semidesnudo!”, exclamó en el piso de los Comunes.

No reparó Churchill en que Mohandas era producto del sistema universitario inglés, que recibió la patente para ejercer la abogacía del Alto Tribunal de Su Majestad, que se veía a sí mismo como un “hijo del Imperio” y que valoraba la ley y la justicia por sobre todas las cosas.

¿Se podía esperar otra cosa de una persona formada en el crisol del sistema en donde echaron fuertes raíces los ideales de igualdad, civilización y progreso de los modelos ilustrados del siglo XVIII y XIX? No. Justamente eso: un instintivo rechazo a la hipócrita inmoralidad del colonialismo, por muy “imperial” que fuese.

Cuando Gandhi desafió al gobierno colonial y fabricó un poco de sal en violencia de una prohibición expresa, vulneró uno de los puntales del dominio colonial (en el clima de la India la vida no es posible sin ese producto).

Romper el monopolio significaba la primera fisura en el gran aparato. Algo parecido vimos en enero de 1955 cuando en Montgomery, Alabama, una mujer llamada Rosa Parks se negó a dar el asiento del autobús a un patán blanco como lo estipulaban las leyes de segregación, y con ese pequeño y gran gesto azuzó la movilización social que con el tiempo daría a los negros la igualdad ciudadana.

Una confirmación de que las acciones individuales, por pequeñas que parezcan, cuando son producto de la convicción y miran al futuro son el germen del cambio. Esto lo vieron claro Thoreau, King, Díaz Covarrubias, Amos Oz y una pléyade de inconformes que se negaron a mirar al mundo cruzados de brazos.

La vida del Mahatma es un rosario de ejemplos que hoy podrían aplicarse para lograr un mundo mejor. Pero con nuestra indolencia, nuestra conformidad, nuestra falta de participación, nuestra indiferencia o nuestro miedo, hemos prohijado una casta política de machines que gobiernan con la bravuconada, no con el respeto al otro; con la fuerza, no con la bondad; con la marrullería, no con la inteligencia.

En el muestrario tenemos a los Bush, a los Saddam, a los Castro, a los Putin y a los Chávez, sí, pero también entre nosotros a presidentes, gobernadores y ediles.

En 1942, Louis Fischer, el incansable periodista que se involucró en las corrientes históricas que estaban cambiando el mundo, visitó la India y conoció a Gandhi.

De sus encuentros con el padre de la patria habría de escribir Una semana con Gandhi y La vida de Mahatma Gandhi, el alucinante volumen que en lo particular considero lo mejor que se ha escrito sobre esa gran figura.

Richard Attenborough llevó a la pantalla ese libro con el sobrio título de Gandhi, que por sí solo evoca un universo. Ironías de la vida ¿o del arte?, fue un inglés, Ben Kingsley, quien dio vida al Bapu en una de las mayores interpretaciones del séptimo arte.

En su libro, Fischer despliega, desde el párrafo inicial y a lo largo de 50 capítulos y más de 500 páginas, el estilo sobrio y directo que logran muy pocos de quienes se dedican a este oficio:

“A las cuatro y media de la tarde, Abha se presentó con la última comida que habría de tomar: leche de cabra, verduras crudas y cocidas, naranjas y una infusión de jengibre, limón agrio, mantequilla y jugo de áloe. Sentado en el piso de su cuarto en la parte posterior de Birla House en Nueva Delhi, Gandhi comió mientras conversaba con Sardar Vallabhbhai, primer ministro adjunto del nuevo gobierno de la India independiente.”

Era el 30 de enero de 1948. A los pocos minutos sería asesinado por Nathuram Godse en los jardines de la residencia. Sus últimas palabras fueron, “Hey, Rama!”… “¡Oh, Dios!”

28 de noviembre de 2021

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