Columnas

Tregua de Navidad

Raúl Contreras Bustamante

Desde su aparición sobre la faz de la Tierra, la humanidad ha vivido una historia cargada de conflictos generados por su propia naturaleza, los que, en muchas ocasiones, han desembocado en guerras que han marcado el destino de millones de personas.

Pero existen fechas en el calendario que llaman a la reflexión y concordia; pensar que las cosas pueden y deben ser diferentes. Una de estas fechas es, sin duda, la Navidad.

Existen ejemplos claros que la historia ha registrado con singular significado, como el mes de diciembre de 1914. Apenas transcurridos unos meses desde el inicio de la Primera Guerra Mundial, los alemanes y los aliados combatían para hacerse del territorio del bando contrario.

Las trincheras anegadas de soldados disparaban —sin piedad— día y noche. Sin embargo, al llegar la Nochebuena de ese año, sucedió algo que sorprendería a la humanidad después.

Los alemanes colocaron árboles iluminados en los parapetos de varios puntos del frente occidental y entonaron Stille Nacht —Noche de paz— y, del otro lado de la trinchera, los británicos respondieron con su versión en inglés, surgiendo así un espontáneo cese al fuego.

Se trató de aquel episodio que en la historia universal de la humanidad se conocería como la “Tregua de Navidad de la Primera Guerra Mundial”, una pausa en la tradición de la guerra que vio cómo los enemigos se estrecharon la mano para convivir unos instantes en paz, en aquel 24 de diciembre de 1914.

Ese momento de tregua sirvió para compartir la comida recibida, cantar villancicos, intercambiar fusiles por comida, cigarrillos y objetos personales; jugaron un partido de futbol y también ocuparon el tiempo para enterrar a los caídos y rendirles los honores merecidos.

Recordar lo sucedido hace más de un siglo en los frentes de Bélgica y Francia nos ayuda a recordar aspectos positivos del origen y la esencia humana. Me refiero a la bondad, elemento consustancial a la naturaleza del ser humano.

La Navidad es una festividad de origen cristiano que se ha convertido en fecha importante para la humanidad. Lo es porque —sin desconocer la relevancia que ella tiene para quienes profesan esa religión— en la actualidad ha sido adoptada por gran parte del mundo como un símbolo de paz, fraternidad y empatía.

Hoy, es un momento que vale la pena utilizar para la reflexión. Es una oportunidad para tratar de meditar respecto a lo verdaderamente humano, para construir y modelar —en conjunto— un mejor porvenir con el que todas las generaciones en la historia hemos soñado.

Y es que la ola de inseguridad, violencia, desigualdad social, impunidad y corrupción que devasta nuestros días es generada, en gran medida, por el egoísmo, ignorancia y la ambición que marcan nuestro tiempo.

Quienes poseen riquezas de manera extrema deben entender que poco o nada podrán disfrutarlas si su entorno está plagado de miseria, hambre y enfermedad.

Aquellos que viven del robo, secuestro, fraude y comercio ilícito —en todas sus modalidades— deben recordar que pagarán ellos o sus familiares queridos, por generar una sociedad violenta y corrupta que —tarde o temprano— los habrá también de hacer padecer.

Los actores políticos deben recordar que son ejemplo de forma de vida y, por ello, tienen que dejar de lado sus intereses de grupo, tratar de unirnos —en lugar de fomentar discordias y confrontaciones— y tener por rumbo sólo el bienestar de los mexicanos.

Hoy somos la generación —en toda la historia de la humanidad— que más derechos tiene, donde hombres y mujeres somos iguales ante la ley. Pero sólo seremos una mejor sociedad si cumplimos nuestras obligaciones con la misma vehemencia con la que exigimos nuestros derechos.

Es un buen momento para que los mexicanos recordemos que toda guerra tiene treguas y que en todo tiempo será posible optar por construir un mejor porvenir, si somos capaces de reconocernos en el rostro del otro.

Como Corolario, la frase del escritor francés Albert Camus: “La paz es la única batalla que vale la pena librar”.

(Excélsior 25 12 21)

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