Columnas

Episodios de la vida de Luis Echeverría

Enrique Cerón

Mucho se ha escrito y seguirá escribiéndose sobre Luis Echeverría, su gestión presidencial, su actuación como secretario de Gobernación especialmente en 1968. Figura controvertida de nuestra historia reciente, que este lunes cumple cien años de vida y de quien recuerdo algunas cosas que he leído o escuchado de testigos oculares por ahí.

I

En los momentos más dramáticos inmediatamente posteriores a los sucesos del 2 de octubre de 1968 en Tlaltelolco, cuando crecían los rumores de un golpe de Estado y algunos colaboradores del presidente Gustavo Díaz Ordaz amagaban con renunciar a sus cargos, Echeverría jugó magistralmente sus cartas.

Se dice que, mientras Díaz Ordaz les ofrecía a quienes deseaban renunciar que se aclararía lo ocurrido y les pedía que continuaran en sus cargos, el presidente fue informado que el secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, iba en camino a entrevistarse con él.

Díaz Ordaz, tal vez, pensó en ese momento que iba a producirse el golpe de Estado y entonces colocó sobre su pecho la banda presidencial, que representa la bandera nacional, a la que los militares le guardan un respeto reverencial, y esperó así a su colaborador, quien fue esa noche a protestarle su respeto y lealtad precisamente para acallar los crecientes rumores. Se dice que, entretanto, el embajador de los Estados Unidos maniobraba para que Díaz Ordaz renunciara y asumiera la presidencia el entonces jefe del Departamento del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal.

En medio de esa situación caótica, Echeverría se presentó ante el presidente:

  • Señor, responsabilíceme a mí, como secretario de Gobernación, de lo sucedido. Creo que es la mejor manera de salir de esto, sin afectar su presidencia.

Tal demostración de lealtad, seguramente, fue tomada muy en cuenta por Díaz Ordaz cuando resolvió quién sería su sucesor.

II

Echeverría, desde que era subsecretario de Gobernación con Díaz Ordaz como secretario, se mantenía permanentemente atento a las llamadas telefónicas que recibía por la red del gobierno. No permitía que alguno de sus colaboradores respondiera las llamadas estando él en su oficina, y les pedía que si había alguna llamada mientras él tenía que ir al baño, por ejemplo, le avisaran de inmediato para salir a contestar.

De esa manera le demostraba a su jefe, primero el secretario y después el presidente, que siempre -por si lo requería el superior- se encontraba ahí, atento a sus instrucciones.

El día que Augusto Gómez Villanueva, líder de la CNC, destapó a Luis Echeverría como candidato del PRI a la presidencia, el antiguo palacio de Cobián, en Bucareli, era una fiesta. Los discursos, las adhesiones a la candidatura, las felicitaciones, los abrazos y apretones de manos de los visitantes a su candidato, se prolongaron hasta bien entrada la tarde. Cuando cesaron, el candidato se permitió un respiro para ir al baño.

A los pocos instantes, sonó la red. Uno de sus colaboradores corrió a tocar la puerta del baño.

  • ¡Señor, la red! -le urgió a su jefe.

Como Echeverría tardaba en abrir y la red seguía llamando, el subalterno, desesperado, volvió a apremiar:

  • ¡Señor, la red!

Después de minutos que al subordinado le parecieron una eternidad, Echeverría apareció en el umbral secándose las manos con una toalla, mientras su empleado, con cierta pena, le insistía:

  • ¡Señor, la red! 
  • Déjela que suene -fue la desdeñosa respuesta, que puso de manifiesto un hecho fundamental en el ritual priista: se había operado la transmisión del poder. Nadie, a esas alturas, era ya más importante que el candidato, ni el presidente, por eso no importaba quién llamara por la red.

III

Y entonces inició el recorrido por el país, durante el cual Echeverría aprendió a caminar sin dejar huellas en la arena, habló en una lengua muerta (según veía Rivas Larrauri a los candidatos de la Revolución), y un día se encontró en un acto de campaña en un cine de Morelia, donde fue inquirido severamente por estudiantes sobre su responsabilidad en los trágicos acontecimientos de apenas un año antes. Como pudo, sorteó los cuestionamientos y, cuando con su comitiva se dirigía ya hacia la salida, un grito desde la galería le hizo detenerse:

  • ¡Un minuto de silencio por los caídos en 1968!
  • También por los soldados y policías muertos -concedió el candidato.

Cuando se enteró de esos hechos, el secretario de la Defensa, García Barragán, estalló en cólera: 

  • ¿Con quién está ese señor, con ellos o con nosotros? -le reclamó al presidente, y dejó entrever que retiraría todo apoyo en seguridad al candidato, lo que obligó a Díaz Ordaz a hacer comparecer ante él a Echeverría para aclarar lo ocurrido.

Presto acudió el candidato al llamado del jefe de las instituciones nacionales, como se le decía al presidente de la república. Con éste, se encontraba también en el despacho Alfonso Martínez Domínguez, a la sazón presidente del PRI nacional.

Echeverría, conocedor de las reglas no escritas del priismo según las cuales, ante un eventual cambio de candidato, el presidente del PRI nacional sería el relevo, se mostró receloso.

Díaz Ordaz, famoso por su lenguaje tabernario, lo increpó duramente e insinuó la posibilidad de retirarle la candidatura, ante lo que, angustiado, Echeverría rompió en llanto, vehementemente le juró fidelidad al presidente y le ofreció todo tipo de disculpas por el incidente en Morelia.

Díaz Ordaz, con gesto adusto, escuchó los alegatos y, convencido de la sinceridad de Echeverría, aceptó las justificaciones y lo autorizó a reanudar su campaña, advertido de que no se le permitiría otro error semejante.

Cuando el candidato se retiraba y cerraba tras de sí la puerta del despacho presidencial, se dirigió el presidente a Martínez Domínguez:

  • Alfonso, jamás le perdonará el licenciado Echeverría que lo haya visto llorar.

Y como fue…

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