Columnas

Fanatismo y barbarie

Raúl Contreras Bustamante

La convivencia pacífica de la sociedad dentro de su territorio es una las misiones teleológicas esenciales del Estado moderno. Para ello, se reserva el monopolio exclusivo del uso legal de la violencia, pues a los particulares nos está prohibido usar armas y resolver conflictos a través del uso de la fuerza física.

El Estado mexicano ha venido viviendo una crisis endémica originada —en opinión de destacados académicos— por cuatro fenómenos principales: corrupción, impunidad, inseguridad y violencia.

De acuerdo con los resultados de la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi, el 66 % de la ciudadanía considera que vivir en México es inseguro. El antecedente es revelador por su trascendencia social, pues más de la mitad de los mexicanos considera muy peligroso vivir en su país.

Y es que desde el punto de vista doctrinal, cuando en la sociedad surge la violencia es que el derecho ha fracasado. La violencia como comportamiento deliberado para causar daño, se ubica en el otro extremo de las soluciones pacíficas que supone el respeto por las leyes y sus efectos son perniciosos.

La violencia tiene un efecto sociológico y sicológico extraño: es muy contagiosa y aún más cuando la impunidad la acompaña. Quienes son víctimas de actos violentos en su contra y no reciben el debido cuidado de parte del Estado o bien, no perciben que se castiga a quienes la ejercen, caen en la tentación de hacerse justicia por propia mano.

Vivimos tiempos de inseguridad y violencia cotidiana —en todos los rincones del país— y ello está generando cada día una mayor descomposición en el tejido social. El pasado sábado, durante el partido de fútbol en el estadio La Corregidora entre el equipo de Querétaro y el Atlas, tuvo lugar una batalla campal con una brutalidad inconcebible, que dejó 26 personas heridas, algunas de gravedad.

Lo que debe llamar la atención de los especialistas en este tipo de fenómenos sociales es que después de casi dos años de actividades colectivas suspendidas por la pandemia, núcleos de la sociedad en lugar de regresar a los estadios a festejar la vida y el deporte, acuden a convertir el evento en un estallido de violencia, crueldad y desenfreno.

Las imágenes de videos y fotografías de lo sucedido son por decir lo menos, inhumanas, desgarradoras e indignantes. Familias enteras siendo afectadas por los golpes, niños en llanto sin poder entender lo sucedido, así como hombres golpeados y ensangrentados por turbas que actuaron con una saña inaudita.

Más allá de sancionar a los organizadores por la carencia de cuerpos de seguridad que no pudieron contener a la multitud; vincular a procesos penales a los enardecidos golpeadores; revisar el funcionamiento de las porras o “barras” de aficionados que los equipos acarrean a los estadios; la venta excesiva de cerveza y la revisión de los protocolos de seguridad, lo que en verdad debe preocuparnos es la peligrosa exacerbación de la violencia dentro de nuestra sociedad que raya en la barbarie.

La descomposición del tejido social es una situación a todas luces compleja y tiene diversas aristas: no acepta soluciones únicas ni mágicas, pero sí una profunda reflexión de sus orígenes para tratar de detenerla y restablecer

un Estado de derecho que nos garantice paz social y seguridad.

El acompañamiento de los esfuerzos institucionales también debe —de manera indefectible— estar aparejado con la construcción de una ciudadanía responsable, que entienda que la violencia es el fracaso de la razón y que el respeto a nuestros semejantes es la única base aceptable de las relaciones humanas.

Como Corolario, las palabras de Diderot: “Del fanatismo a la barbarie sólo media un paso”.

(Excélsior 12 03 22)

Categorías:Columnas, Raúl Contreras Bustamante

Etiquetado como: