Columnas

Octavio Paz, un poeta más allá del bien y del mal

Y el río remonta su curso, repliega sus velas,

recoge sus imágenes y se interna en sí mismo. O.P.

Luis Gastélum Leyva

Para Humberto Hernández Gálvez,

por su devoción poética y fraterna.

Hay un momento en que Octavio Paz se convierte en leyenda, en mito, escribió en El País José Andrés Rojo en el centenario del nacimiento del poeta. Si hubiera sido militar, dice Rojo, le hubieran erigido una estatua ecuestre para que levantara la espada apuntando más allá del horizonte. Roberto Bolaño lo incorporó en un fragmento de Los detectives salvajes para hacerlo encontrarse con Ulises Lima, uno de los personajes centrales de la novela. Clara Cabeza cuenta en la historia bolañana que fue secretaria de Octavio Paz, y explica: “No saben ustedes el titipuchal de cartas que recibía don Octavio y lo difícil que era clasificarlas. Como ya se imaginarán, le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros premios Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses”. Es, dice Rojo, el retrato de una celebridad que supuestamente podría estar más allá del bien y del mal. Octavio Paz Lozano nació en la ciudad de México en el tradicional barrio capitalino de Mixcoac el 31 de marzo de 1914. Su madre era española; su familia paterna, en cambio, liberal e indigenista. Su abuelo escribió novelas históricas, su padre participó activamente en la Revolución mexicana. De niño vivió una temporada en Estados Unidos, donde volvería muchas veces a lo largo de su vida, y tuvo una educación sofisticada. Estudió Derecho y Filosofía y Letras, y empezó trabajando en las misiones educativas del general y presidente Lázaro Cárdenas. Entre 1943 y 1945 vivió en Nueva York y San Francisco, luego se instaló en París como diplomático, en 1952 viajó por India y Japón. Vuelta a México en 1953. Entre 1962 y 1968 fue embajador de México en la India. Dio clases en universidades estadounidenses, fundó revistas de la relevancia de Plural y Vuelta, se casó dos veces, con Elena Garro en 1937, con la que tuvo su única hija, Helena, y en 1969 con la escultora francesa Marie Jó Trianin. Escribió y escribió, ensayos y poesía. Obtuvo el premio Cervantes en 1981 y el Nobel de Literatura nueve años después. De Ladera Este, uno de sus grandes poemas, son estos versos: Yo escribo a la luz de una lámpara / Los absolutos las eternidades / Y sus aledaños / No son mi tema / Tengo hambre de vida y también de morir / Sé lo que creo y lo escribo. En una carta de 1982, Octavio Paz le contaba a Pere Gimferrer de su vida desordenada en Nueva York y San Francisco entre 1943 y 1945: “Viví durante meses en el vestiaire de un club de unas señoras viejas en el sótano de un hotel de San Francisco. Más tarde, en Nueva York, tuve empleos pintorescos, como el doblaje de películas, y quise alistarme en la marina mercante. Por fortuna me rechazaron y así me salve de un torpedo alemán y de un naufragio. Sin embargo, fui terriblemente feliz. La libertad recién conquistada fue una suerte de embriaguez”. Después de un largo diálogo epistolar de más de 30 años con el poeta catalán, Paz le escribió la última carta justo un año antes de su muerte, el 19 de abril de 1998, en la que, entre otras cosas, le revelaba su alicaída salud: “Los dolores y las molestias todavía no me dejan. Escribí esta carta como un recurso en contra de las embestidas de la enfermedad, que se resiste a dejar mi cuerpo”. La última carta de Paz respondía al envío de Mascarada, una vibrante sucesión de imágenes poéticas de Gimferrer que, según sus críticos, tiene su origen en la toma de conciencia del poeta catalán ante la mortalidad y el intento de conjurar la muerte a través de la afirmación de la vida mediante el amor, y que escribió en apenas tres semanas a comienzos de otoño de 1995: “Repentinamente sentí la conciencia de la muerte –comentaba de su propia obra el mismo Gimferrer–, una amenaza que sólo es tangible a partir de una cierta edad, cuando el tiempo se convierte en algo más que en una mera especulación. Ante esa pulsión se produjo como una especie de precipitado. Las imágenes surgían tan rápidamente que no tenía tiempo de racionalizarlas, de escudriñar su significado, aunque sabía que éste terminaría por aparecer y tenía claro el sentido general del poema, que es el deseo que tenemos las personas de ser algo más que un animal que muere”. Y Paz, con el gran afecto y respeto que manifestaba por su amigo y editor, le respondía en su última carta con adulaciones (“Signos, visiones alternativamente suntuosas y espectrales. Delirio visual y delirio verbal. Pero todo controlado, regido por la lógica de la pasión que es igualmente una estética. El poema está recorrido por un erotismo fantasmal y que merece el adjetivo tan amado de los surrealistas: escandaloso”) pero también con el ojo crítico con el que aguzaba sus opiniones, toda vez que el poeta catalán incluyó en Mascarada un pasaje que llama la atención no sólo por su contenido, sino también por el hecho de que, en medio de un poema lleno de imágenes oníricas y eróticas, de atmósfera a veces intimista y otras levemente elegiaca, hay unos versos que devuelven bruscamente la atención al momento en que fue escrito: Es bajo ser criado de uno / como ese Felipe González / No pongáis las zarpas aquí / Soy insumiso a este gobierno / Quicallería sevillí / Gobierno de ropavejeros. Por ello, Paz le decía en su última carta: “¿Reparos? En verdad, sólo uno: me parece que no eres justo con Felipe González. Condenar es fácil… Hay también la cuestión espinosa del Ángel de coprofilia. Amo los excesos pero las metáforas audaces que envuelven a esa práctica con una luz sulfurosa y, hay que decirlo, inocente, no me reconcilian. He leído cientos de novelas libertinas y te confieso que ciertas páginas de esos libros provocan en mí una invencible repulsión. Pero no condeno esos pasajes por lo demás –con aciertos admirables— sino que los aparto de mí. Mi reacción es física, no moral ni estética”. Y en un largo paréntesis aducía el poeta mexicano: “Sobre el lugar del excremento y de los hedores en la imaginación y en la sensibilidad humana he reflexionado varias veces, sobre todo durante una visita, hace unos diez años, a una ciudad casi abandonada de Rajastán, en donde nos alojamos en el antiguo palacio de los señores, hoy vuelto hotel. La inmundicia de las calles y de muchas antiguas residencias, hoy ocupadas por familias miserables, contrastaba de manera violenta y obscena con la belleza de algunos edificios y sus pinturas. La habitación en que nos alojamos Marie José y yo, los muros y el techo cubierto de espejos diminutos –fantástica multiplicación de los cuerpos— y las vitrinas repletas de pequeños frascos de perfumes, hoy evaporados, nos pareció como habitar en la casa misma de los aromas. Y todo rodeado, afuera, del hedor: la muerte. Escribí unas notas sobre esta experiencia y, si la enfermedad al fin me deja, me propongo darles forma y publicarlos”. Y luego de manifestado su anhelo, Paz proseguía en su última carta con los elogios para con su interlocutor epistolar: “Perdona esta interrupción y perdona también mi franqueza. Tenía el deber de decírtelo. Y apenas lo digo, agrego: esto no empaña tu poema. Si me es difícil seguirte en esos atrevimientos, no lo es decirte que mis escrúpulos no son morales ni estéticos: son una sensación y nada más. En fin, Mascarada es una obra singular, a un tiempo negra y luminosa; una obra única en la poesía moderna de este tercio final del siglo. Un texto como la aparición en una solitaria calle nocturna de una figura con el rostro absolutamente blanco en un traje flotando absolutamente negro”. Y en una de las tantas misivas, recogidas en Memorias y palabras. (Seix Barral, 1999) y que como en ningún otro texto revelan la intimidad intelectual de Paz, le confesaba al poeta catalán: “Toda mi vida ha sido una larga pelea con los demonios que han chupado la sangre y sorbido el tuétano de los hombres de nuestro siglo”. O como dice Basilio Baltasar en el prefacio del libro: Octavio Paz reclama a la memoria de los hombres un respeto escrupuloso por la verdad que presidió los días de larga y prolífica existencia: “Mi estoicismo nunca me llevó a desdeñar la vida. Siempre la amé, siempre veneré al ser. En esto, a pesar de la influencia del budismo, fui fiel a mis orígenes mediterráneos y católicos”. O como él mismo escribió en Los signos en rotación: “Debe haber otras formas de ser y quizá morir sólo sea un tránsito”.

Categorías:Columnas, Luis Gastélum

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