Columnas

Ni modo

Sociedad enferma

Enrique Cerón

                  Una sociedad que asesina a sus mujeres es una sociedad enferma.

                  No puede llamarse de otra forma a la población de un país que en sus diversas regiones ve reproducirse ese reprobable patrón de conducta, sin miramiento de la edad de las víctimas ni consideración de los vínculos de éstas con los victimarios: cónyuges, ascendientes, descendientes, hermanos, vecinos, compañeros de escuela o de trabajo, prestadores de un servicio o desconocidos.

                  El menosprecio por la vida es regla en México, por unos cuantos pesos se activa el gatillo de un sicario; pero la agresión homicida hacia las mujeres tiene motivaciones muy profundas. Habría que acudir tal vez a sociólogos u otros especialistas para tratar de entender los porqués de la misoginia que enferma a nuestro país y que aflora desde el poder.

                  Un fiscal abusa de la enorme influencia del cargo que se le ha confiado para mantener en la cárcel a una mujer que alguna vez formó parte de su familia, para lo que inventa un delito, cebándose en ella ante la frustración de no poder castigar a la anciana madre por la grave falta de no haber atendido debidamente al hermano del fiscal, porque en la mente de éste, ya se ve, para eso están las mujeres, para servir, sin importar su edad ni condición.

                  Otra mujer, que ocupó un elevado cargo en la administración anterior, pero que previamente fue de todas las confianzas del hoy más poderoso, continúa tras las rejas contra la letra de la ley, que la ampara por su edad para estar en prisión domiciliaria, con el argumento insostenible del juzgador de que puede evadirse a la acción de la justicia, de su justicia. Y aquí es válido preguntarse si tal inquina se debe únicamente a que se cambió de bando o se hace más grande por el hecho de que es mujer.

                  Porque alguien que pertenece a otro bando ha recibido un trato privilegiado, pese a que en los hechos se burló cuanto quiso de quienes lo extraditaron de España, hasta que colmó su paciencia cuando se hizo público que cenaba en un restaurante de lujo. Y aunque parece que me aparté un poco del tema, creo que esto ilustra sobre la apreciación de que la aversión a las mujeres se halla desde las alturas del poder.

                  La pesadilla del día a día nos enfrenta a la desaparición de mujeres -adultas, jóvenes, niñas-, o al hallazgo de sus cadáveres; a las imágenes en televisión de cómo se las golpea o asesina. La subcultura de la misoginia nos desnuda ante el mundo.

                  Es irracional esperar de un régimen que declina, y a cuyo líder sólo le preocupan los resultados electorales para asegurar su sucesión, la puesta en práctica de medidas orientadas a contrarrestar la fatalidad incrustada en el imaginario colectivo que desborda el río de sangre femenina. A nadie de ese régimen le interesa, y no hay razones para confiar en un futuro mejor procurado por quienes los sustituyan.

                  En este -como en muchos otros aspectos de la tragedia nacional-, el tratamiento para la sanación deberá iniciarse desde la propia sociedad, abandonada a su suerte por quienes deben servirla, lo que implica también definir qué modelo de país queremos y el rumbo que debemos seguir. Tarea nada fácil, desde luego, pero tampoco imposible.

                  El recrudecimiento de los feminicidios en México se da cuando mayores logros han alcanzado las mujeres en su lucha por la reivindicación de sus derechos. Algo debe decirnos eso, al tiempo que dice mucho de nosotros.

                  La subcultura de la aversión a las mujeres se expresa también en la discriminación, por ejemplo, en el aspecto laboral, cuando los mejores empleos y los mayores salarios (aun a trabajo igual) excluyen a las mujeres. Acciones discriminatorias de las que son víctimas igualmente las personas de ascendencia indígena, los jóvenes, los pobres; y que se constituyen en acciones de violencia que se retroalimentan y están en la raíz de ese nuestro gran problema social. Atavismos que no hemos logrado superar.

                  Sólo el actuar conjunto de fuerzas democráticas, progresistas, de avanzada, de cara a la Nación, podrá impulsar los cambios que acaben con esta pesadilla, a partir de un amplio plan de reeducación desde el hogar, que fomente una cultura de respeto hacia las mujeres y destaque su aportación a la sociedad como madres, esposas, hijas, hermanas, a la vez que como trabajadoras que cada vez se desempeñan en cargos de mayor responsabilidad; y que todo ello se refleje en las políticas y programas de gobierno en sus tres órdenes: federal, estatales y municipales.

                  En el camino, habrá que luchar también para educar contra el discurso del odio y su legado que ha polarizado a México y agravado la violencia que confirma el diagnóstico:

                  Una sociedad que asesina a sus mujeres es una sociedad enferma.

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