Columnas

El Imperio contraescribe (II): Hogar y exilio

Miguel Ángel Sánchez de Armas

En la entrega anterior presenté a Chinua Achebe, el escritor nigeriano cuya obra, a juicio del Nobel Wole Solyinka, impulsó “la reconsideración de la literatura negra en el mundo de lengua inglesa”.

Continúo con el mismo autor. En el 2000 publicó Home and Exile (Hogar y exilio), narración autobiográfica en la que nos lleva por el camino que el súbdito imperial recorre para “igualarse”, como estudiante y como ser humano, con los ciudadanos de la metrópoli y comprender que debe recuperar sus propios valores, que no hay nada vergonzoso o menor en sus raíces, y que, a fin de cuentas, el color es un accidente.

Con ironía y humor entretejidos en una fina prosa alejada tanto de consignas como de ditirambos, Achebe logra comunicar un contundente argumento contra el colonialismo.

El mazo con que el escritor pretende derrumbar el muro de la ideología colonial es el arte. No estamos ante un texto de ciencia política y en ninguna de sus breves 105 páginas encontramos un llamado a la justicia, una apelación al equilibrio económico o una denuncia de la polarización norte – sur.

Achebe se limita a describir el proceso por el cual recupera su identidad como escritor… escritor nigeriano, que escribe en inglés, pero que es… ¡nigeriano!

Esta conciencia que permite aceptar sin amargura o resentimiento que se es una cosa y no otra (africano y no europeo), y comprender que la igualdad no es necesariamente un camino de doble circulación, podría ser compartida por nuestros compatriotas expulsados a Estados Unidos.

A través de experiencias propias y ajenas, Achua va describiendo un cuadro que sería familiar para muchos de ellos. Y su fino sentido del humor acentúa el mensaje:

En Londres, el joven estudiante Chinua acude a la oficina postal para enviar un paquete. La empleada pesa el bulto y para calcular el costo del envío dice: “A ver, Nigeria… Nigeria … ¿Es nuestra o es francesa?”. El joven responde tranquilamente: “Es de ustedes, señora”.

No es fácil el tránsito de vuelta a los orígenes. Como muchos de su generación, por no decir todos, Achebe se encuentra a caballo entre dos posibilidades.

Por una parte se siente integrante de una cultura de habla inglesa; por la otra, quizá más intuitiva que racionalmente, entiende que pertenece a Nigeria. Uno de los primeros motivos de reflexión sobre las razones de esta dicotomía, rememora Achebe, viene precisamente de la literatura.

Esto sucede cuando en la secundaria uno de sus maestros pone de tarea la lectura de una “novela nigeriana”, Mister Johnson, de Joyce Cary, texto aclamado por la crítica inglesa.

Los jóvenes alumnos nigerianos habían crecido con la literatura del imperio y sus agentes: Shakespeare, Milton, Defoe, Swift, Wordsworth, Coleridge, Keats, Tennyson, Housman, Eliot, Frost, Joyce, Hemingway, Conrad, et al.

Así, fue con no poca satisfacción que los albos maestros ingleses pusieron en manos de los alumnos la novela de Cary.

Pero grande fue su sorpresa cuando al comentar el libro en clase, en vez de reflexiones se enfrentaron a una rebeldía cercana al motín: ni uno de los estudiantes pudo reconocerse en la “Nigeria” de la novela o en sus personajes.

Así recuerda Achebe la escena: “Uno de mis compañeros pidió la palabra y expresó a un sorprendido maestro que lo único que había disfrutado del libro había sido cuando el héroe nigeriano, Johnson, había sido asesinado a balazos por su amo inglés, Mr. Rudbeck”.

Este incidente, según comprendió después, fue algo más que un episodio interesante en un salón de clases colonial. “Fue una rebelión ejemplar”.

Ello lleva a Chinua al análisis de una faceta de la literatura sobre la que poco se reflexiona: su papel como subsidiaria de la dominación.

Comienza por recordar que la literatura sobre África tiene una historia antigua. Un estudio de Harnmond y Jablow, El África que nunca fue, examina cuatrocientos años y no menos de 500 volúmenes publicados. Muestra el grado de fantasía y la clase de mentiras que se publicaron sobre el continente y sus pueblos: salvajes, amorales, sin alma, caníbales, ignorantes, de cerebro inferior, incapaces de crear belleza o instituciones civilizadas. En pocas palabras, pueblos a los que, en última instancia, se hacía un favor al esclavizarlos.

Durante mucho tiempo esta literatura ayudó a justificar la esclavitud. Pero en el camino adquirió vida propia, de tal suerte que al abolirse el tráfico de esclavos a principios del siglo diecinueve se reformuló, “con las herramientas de fantasías académicas de moda y pseudo ciencias”.

Cuando Chinua Achebe publica su primera novela, Todo se desmorona, fue recibida por la crítica sajona como una expresión pura de anarquía, tan convencido estaba el Imperio de que la única “literatura africana” era la producida por blancos, o por negros totalmente colonizados en mente y espíritu.

Desde el relato del viaje de John Lok al África Occidental en 1561 en donde describe los pueblos de “existencia bestial, sin dios, leyes o religión”, hasta el calificativo de “no humanos” que 350 años después les asesta Joyce Cary a los danzantes negros, “encontramos que este modelo, como el conejo de las pilas, sigue lleno de energía y batiendo su tambor”, dice Achebe con su ironía preñada de humor.

Para Achebe, la lectura de Mister Johnson y su secuela de cuestionamientos sobre su lugar en el mundo colonial y su propia patria, fue una motivación en su camino a ser escritor.

“Me abrió los ojos al hecho de que mi hogar estaba bajo asedio y que este no era sólo una casa o un pueblo, sino más importante, un relato revelador en cuyo ambiente mi propia existencia había comenzado a ensamblarse en un sentido coherente y significativo”.

La literatura como agente de la dominación colonial, y las posibilidades que los pueblos tienen de combatirla creando su propia literatura es, en esencia, el mensaje de Hogar y exilio.

“Digamos que alguien viene a despojarme de mi tierra. No esperamos que declare que lo hace por codicia o porque es más fuerte que yo, pues tal confesión lo marcaría como un pillo y un abusivo. Así que contrata a un narrador de historias con mucha imaginación para inventar una versión más apropiada. Por ejemplo, que la tierra en cuestión no podría ser mía puesto que he dado muestras de no poseer las cualidades apropiadas para cultivarla al máximo provecho y con la máxima ganancia. Podría añadir que la razón de mi ineficiencia es mi muy bajo coeficiente intelectual y además explicar que mi cerebro dejó de crecer a la edad de 10 años”.

Y si alguien cree que este es una torcida interpretación de Achua, aquí un fragmento de Tierra de blancos de Elspeth Huxley: “ … tal vez sea, como han sugerido algunos médicos, que su cerebro es diferente, que tiene un periodo de crecimiento más breve y posee células menos bien formadas y organizadas y con menor destreza que las de los europeos. En otras palabras, que hay una disparidad fundamental entre las capacidades de su cerebro y el nuestro”.

Jodida, pero interesante visión. Me recuerda pasajes de laureados autores yanquis e ingleses durante la guerra con México y cuando la expropiación.

Una muestra:

“Los mexicanos son [una raza] de mandriles degenerados… ladrones… asesinos… villanos y parias…”

Otra:

 “Lo que todo gringo sabe de los mexicanos: son bandidos, andan empistolados, hacen el amor a la luz de la luna, comen chile y beben fuerte; son flojos, son comunistas, son ateos, viven en chozas de adobe y tocan la guitarra el día entero. Y algo más que todo gringo nace sabiendo: que está por encima de cualquier mexicano”.

Y esta:

“Los mexicanos son traicioneros, ladrones, despilfarradores, ingratos, desleales, tontos y negros. Su capacidad de razonamiento es inferior a la de otras razas por la dieta de maíz con la que históricamente se han alimentado. La flojera e indolencia son características de la raza. Son una marabunta incapaz de gobernarse a sí misma que debe ser colocada bajo la tutela de un pueblo superior”.

Amén.

12 de junio de 2022

Categorías:Columnas, Juego de Ojos

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