Columnas

El pollo

Sin tacto.

Por Sergio González Levet

Mire usted, cada pierna es de un formato inmenso, digamos de unos 20 centímetros de largo, en serio. Si fueran pollas, serían como las piernudas del Bombay.

     Los muslos, de tan grandes y blancos parecen pechugas y estas últimas son descomunales.

     Hasta eso, las mollejas y los hígados tienen más bien un tamaño decente para la medida de nuestros días.

     «Tamaño decente»… las ventas de pollos apresurados, hechos crecer a fuerza de clembuterol o alguna otra sustancia -cancerígena cuando menos-, terminaron por acostumbrarnos a ver normales las escuálidas otrora aves de corral, que ahora venden también en los supermercados. Son esas mismas que antes eran distribuidas por honrosas polleras, que compraban congelados los animales y los iban cortando pieza por pieza con riesgo de contraer una artritis que les hiciera, ajá, contraer los dedos para siempre.

     Los pollos de ahora parecen codornices por su tamaño de venta al público, y no se diga los rostizados, que cuestan como si fueran la versión miura de las gallináceas aunque son así de chiquitos.

     Pero en el tianguis que se pone todos los domingos en la Avenida Veracruz de la Unidad Ruiz Cortines en el Puerto, por los rumbos de la Avenida Cuauhtémoc, venden pollos de complexión robusta, bien maiceados, buchones. Su talla hace palidecer y morir de vergüenza a los de Bachoco, a los de El Lencero, y les quita la alegría artificial a los pollos felices.

     Ustedes dirán que qué tiene que ver que alguien venda pollos grandes, pero en estos tiempos de inflación enorme de las cosas y desmedida de los alimentos, es una información que puede ser crucial, porque con un pajarón de ésos de a 125 pesos fácil puede comer una familia de cuatro personas durante toda una semana inglesa: el lunes las piernas y las alas, el martes, los muslos -de a media pieza por cabeza- el miércoles y jueves la pechugonsísima y el viernes las menudencias y la rabadilla.

     Esos pollotes, si los viera don Andrés Manuel diría que son la prueba viviente de que la Cuatroté está resultando: tan cargados de carne, tan rollizos, tan sanos que se ven y que vienen resultando baratos por la forma en que pueden llenar las panzas y las hambres descoloridas del pueblo bueno y honrado, aunque hambreado (“people who are starving”, cantaría el Judas negro de Jesucristo Superestrella).

     Y esos pollos corpulentos tipo cantante grupero nos dicen también que sí se puede, sí se puede, sííí se puedeee… y nos dan la oportunidad de llevar a nuestros pequeños, enseñárselos y decirles Miren hijos, así eran los pollos de antes, no las escualideces de ahora.

     Y de los huevos, ya ni hablamos.

sglevet@gmail.com

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