Columnas

Donde empieza México.

Manuel Zepeda Ramos

Lo escribí cinco años atrás. Parecería de hoy. Lo vuelvo a publicar.

Me gustó.

Me gustó que José Antonio Meade Kuribreña haya escogido a Chiapas para su primer contacto con los mexicanos desde el arranque por la precandidatura a la presidencia de la república y que ese punto haya estado en los Altos de Chiapas.

Me gustó que desde Chiapas esté pensando en México y en nuestros orígenes mestizos, en nuestras raíces indígenas, en nuestro patrimonio cultural. Que piense desde el principio en «el México diverso y plural que nos enriquece».

Me gustó que haya hecho referencia a lo que a los chiapanecos nos llena de orgullo: el haber escogido ser mexicanos por decisión soberana hace casi 200 años.

Me gustó la alusión que hizo de nuestros héroes a los que los mexicanos de hoy conocieron a la mayoría de ellos y les dieron la mano y conversaron de manera directa.

Me gustó la referencia hecha a la cultura del esfuerzo, cualidad indiscutible de las clases populares y medias de México.

Me gustó la claridad y sencillez con la que habló. Ideas de él, escritas por él.

Me gustó lo dicho por José Antonio Meade Kuribreña, su sensibilidad y su cultura.

Esto no se da por generación espontánea.

Viene de lejos.

El abuelo materno, don José Kuri Breña, zacatecano, hombre de las artes, representa al intelectual mexicano que abreva en la posrevolución, asimilando lo mejor de México y el mundo de la época. Escultor, músico y fotógrafo, construyó su propio lenguaje plástico en «tiempos en que el arte mexicano respondía a un precepto nacionalista». José Kuri Breña fue un «profesional de vida creativa, fértil y generosa», escribió Lilly Kassner a propósito de la exposición de sus esculturas en el Museo de Arte Moderno en la celebración del centenario de su nacimiento.

Sin duda, si los astros electorales se alinean, la cultura en México habrá de tener en José Antonio Meade Kuribreña un gran aliado porque ha sabido, desde la casa, valorar el significado de la memoria necesaria que un país debe de conservar para autosostenerse.

Esto, en la Frontera Sur, adquiere hoy relevancia universal por el momento neurálgico que hoy vive esa parte del territorio mexicano ante el Planeta y que incluye al territorio chiapaneco.

Desde Chiapas le diría al precandidato que, así como Marshall Mc Luhan introdujo para su alegato de los medios de comunicación en el mundo de su época el término «el medio es el mensaje», dándole relevancia planetaria a la discusión, en Chiapas y en toda la Frontera Sur habría que poner en práctica el término «la cultura es el mensaje».

Tan solo Chiapas, Tabasco y Yucatán tienen grandes teatros -Chiapas 4, Villahermosa 1, Mérida 1, a excepción del de Mérida todos construidos por el arquitecto Abraham Zabludovsky, todos con foso para poner cualquier espectáculo de las artes escénicas-, junto a un nuevo teatro, también con foso, que la UNACH al mando de Jaime Valls construyera en este gobierno de Manuel Velasco. La infraestructura teatral de Chiapas, Tabasco y Yucatán es ya motivo de envidia de las entidades federativas de México, incluida la CDMX. Agregaría que también en Chiapas hay dos teatros más, uno en Tuxtla Gutiérrez y otro en San Cristóbal, ambos de cámara y que, como su nombre lo dice, servirían para espectáculos de la música, la danza y el teatro que requieren de poco aforo pero no por ello dejan de ser espléndidos teatros bien pertrechados.

Así como en Chiapas empieza la patria, en la Frontera Sur empieza el vínculo con Centro y Sur América, tan necesario. Y todo indica que también con Norte América.

Las zonas económicas especiales nos habrán de dar una nueva manera de poner en práctica el desarrollo de la riqueza agropecuaria, cierto, pero tendremos que desarrollar con inteligencia la consolidación de los valores culturales milenarios de Chiapas, México y el mundo, que nos den dignidad ante el planeta.

Que pasaría, por ejemplo, si en Tapachula, que ya es la Tijuana de los años veinte, funcionara una filarmónica de la Frontera Sur con 120 músicos jóvenes de gran calidad de Centro y Sur América, que tuvieran más de 100 conciertos al año, que produjeran al menos dos discos cada doce meses, que viajaran al mundo llevando el mensaje de México y la Frontera Sur, que fuera dirigida por dos de los mejores jóvenes directores mexicanos y que la zona económica especial de Puerto Madero la financiara y la administrara.

Que pasaría si en Tuxtla Gutiérrez naciera la compañía Teatral de la frontera sur -la tradición teatral de la capital de Chiapas data de casi 100 años-, compañía de repertorio con directores invitados que pudiera convocar a los mejores actores de México para que junto con los incipientes jóvenes chiapanecos se consolidara una compañía seria que viajara por todo centro y sur América  y por otras partes de México y el mundo.

Que pasaría si en Comitán se instalara una compañía de danza que desarrollara todas las especialidades de  esa extraordinaria disciplina artística que le diera vida y profesión a mestizos e indígenas.

Que pasaría si en San Cristóbal se instalara una escuela de iniciación musical infantil que produjera músicos mestizos e indígenas que a su vez desarrollaran orquestas sinfónicas infantiles en los parajes indígenas de los altos.

Que pasaría si en algún lugar de la costa de Chiapas se instalara una escuela de música y danza de ritmos y danzas africanas, para reivindicar el gran pasado de la negritud en Chiapas.

A excepción de la costa -aunque puede ser Tapachula-, todas las ciudades de Chiapas mencionadas poseen espléndidos teatros con toda la infraestructura necesaria para eso.

El teatro Esperanza Iris, de Tabasco, podría ser sede de una gran escuela y compañía de ballet folklórico que ponga en escena todo el repertorio nacional existente y desarrolle la investigación antropológica necesaria para la puesta en escena de danzas olvidadas que deban de ser rescatadas.

Que pasaría si en Mérida se pusiera la escuela de música tradicional para el desarrollo de todos los instrumentos populares que dan cuerpo a las manifestaciones vernáculas de la música.

¿Acaso la Frontera Sur no merece un esfuerzo cultural artístico de este tamaño?

Mis excelentes maestros de la secundaria me enseñaron que si la sierra de Chiapas  y demás montes de influencia perdieran la flora endémica, el río Grijalva habría de secarse. De eso ya ha pasado medio siglo Y veo al Grijalva ir perdiendo gasto en su caudal. Es destino manifiesto.

De inmediato, debemos proponer que el río Grijalva y el río Usumacinta sean declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Ambos ríos son tan importantes como el río Nilo: en sus cuencas se conservan culturas milenarias que hablan y conservan su idioma -algunos ya tienen gramática-, y mantienen sus costumbres al día de hoy.

Luego, se debe de realizar un gran trabajo de conservación de suelos y agua. En Chiapas existen grandes hombres que han aprendido a producir agua y a conservar las selvas: como si fuera magia, han reforestado extensiones de tierra chiapaneca que se creía improductiva para dar paso a flora y fauna que ya no existía y a la presencia de agua en abundancia con solo darle «lógica» -así dicen-, al escurrimiento de las aguas para que no se lleve el suelo. Con el suelo estable, lo demás viene solo, dicen los especialistas. Se puede y estos chiapanecos lo están haciendo.

El discurso inteligente que el precandidato Meade pronunció en el primer segundo del arranque de las precampañas, me motivó a reflexionar sobre todo lo que se pudiera hacer con la Frontera Sur.

Se puede. Solo se requiere orden, conocimiento, gente profesional, honradez y cero corrupción. Se puede.

Hay más cosas que se pueden. El deporte, por ejemplo, los medios de comunicación, las artesanías, el turismo y las grandes culturas prehispánicas.

Se los cuento otro día. No quiero que se aburran.

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