Columnas

La tremenda corte

Sin tacto

Por Sergio González Levet

Por un pelito y sólo gracias a la investigación acuciosa del periodismo libre y de una participación ciudadana activa y demandante, la Suprema Corte de Justicia de la Nación se salvó de ser presidida por una magistrada que, cuando menos, no estaba calificada para ocupar el puesto.

     Primero, porque Yasmín Esquivel Mossa es la esposa de José María Riobóo, que hasta los más acendrados lopezobradoristas reconocen ha sido el contratista favorito de AMLO desde la época en que fue Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal. Todo hace indicar que la señora Esquivel llegó a la magistratura no tanto por sus logros y capacidades jurídicas sino por la cercanía de su marido con el Presidente de la República, sobre todo si leemos atentamente su currículum, que obviamente no le da para estar en el alto cargo que detenta.

     Segundo, porque la revelación del plagio que ella hizo de la tesis de Edgar Ulises Báez Gutiérrez para obtener el título de licenciada en Derecho por la UNAM puso en entredicho su honorabilidad y hasta su carrera profesional.

     Tercero, porque con el objetivo de brincar el gran escollo de su plagio, la consentida presidencial realizó acciones que van en contra de la legalidad y la honestidad, como la falsa declaración notarial que presentó del abogado Báez, y muchas triquiñuelas más que hizo con el fin de tapar su falta.

     En verdad que si las autoridades de la UNAM se hubieran doblado ante las enormes presiones que tuvieron de parte de la Presidencia de la República y los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación hubieran doblado la cerviz ante la voluntad presidencial, ahora estaríamos lamentando que la posición más alta a que puede aspirar un licenciado en derecho en México estuviera ocupada por una persona sin merecimientos y con una dudosa reputación, o más que dudosa, con una pésima reputación.

     Es como si en la Tremenda Corte de José Candelario Tres Patines hubieran nombrado jueza a doña Luz María Nananina.

     La silla más digna de la judicatura hubiera sido manchada por alguien sin el nivel ni el respeto que tuvieron don Benito Juárez, Ignacio Ramírez el Nigromante, Ignacio Manuel Altamirano, Sebastián Lerdo de Tejada, y en la época contemporánea Mario G. Rebolledo, Genaro Góngora Pimentel, Mariano Azuela Güitrón y nuestro paisano Guillermo Ortiz Mayagoitia.

     Yo creo que todos ellos, unos en sus tumbas y otros en sus hogares, se sintieron aliviados cuando se enteraron que había sido nombrada como Presidente la doctora Norma Lucía Piña Hernández, una jurisconsulta que ha recorrido todos los escalones del edificio de la justicia mexicana.

     Bien por ella que es la primera mujer que llega a tan distinguido sitial.

     Y esperemos que a don Andrés se le baje pronto el coraje, no sea que le vaya a afectar en su deteriorada salud.

sglevet@gmail.com

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