Columnas

El chisme de Penélope /2

Sin tacto

Por Sergio González Levet

Bueno, pues nos quedamos ayer en que se armó el follón mitológico cuando París eligió a Afrodita como la más bella de las diosas y a cambio ella le concedió el amor de la mujer más hermosa del planeta, que era Helena, la esposa de Menelao, el rey de Esparta.

     Así que París conquistó y raptó a Helena y se la llevó a vivir a Troya, donde reinaba su padre Príamo.

     Todas y todos comprenderán que Menelao no estaba precisamente a gusto con que le hubieran robado a la mujer, y fue con su hermano Agamenón, que era el rey de Micenas y el más poderoso gobernante de los pueblos griegos, a pedirle que lo ayudara a rescatar a su huidiza esposa y a vengarse de los troyanos.

     Convocados por el poderoso Agamenón, los reyes griegos se reunieron en el palacio de Diomedes en Argos y ahí decidieron formar una flota de mil barcos para ir a asediar a Troya. Pero las cosas no salieron tan bien como pensaban, pues se tardaron la friolera de diez años en conquistar la amurallada ciudad, y en la aventura murieron muchos héroes aqueos (como se les llama a los griegos en La Ilíada: “Canta, oh Diosa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que tantas desgracias causó a los aqueos”), entre ellos el mencionado Aquiles, el más bravo y famoso de todos.

     Bueno, pues después de todos esos años de guerra lograron ganar porque a Odiseo, el rey de Ítaca, que se pasaba de ingenioso, se le ocurrió engañar a los troyanos. Siguiendo su consejo, los aqueos hicieron como que se retiraban y dejaron en la playa un enorme caballo de madera, que era como un reconocimiento a la victoria de los troyanos. Éstos se pusieron felices, metieron el caballo a la ciudad e hicieron una gran fiesta en la que muy convenientemente todos terminaron borrachos y dormidos.

     Fue cuando del vientre del caballo salieron los guerreros que se habían ocultado ahí y le abrieron las puertas a los aqueos, que habían regresado silenciosamente en la noche. Lo demás fue saqueo y mortandad, hasta que Troya fue destruida.

     Después de ganada la guerra, los reyes griegos se dispusieron a regresar a sus reinos y lo hicieron con diferentes suertes. Por ejemplo, Agamenón apenas logró llegar a Micenas y fue asesinado por Egisto, que se había convertido en el amante de su mujer, Clitemnestra.

     Como se ve, los dioses mitológicos eran medio barbaros con eso de las relaciones, y los hombres griegos no se quedaban atrás.

     Les pongo el caso de Agamenón. Se casó con Clitemnestra después de haber matado a Tántalo, que era su esposo, y a un hijo de ella recién nacido. También hizo la barbaridad de sacrificar a una de sus hijas, Ifigenia, para que la diosa Atenea permitiera a sus naves navegar hacia Troya.

     Así que doña Cliten no estaba precisamente contenta con don Aga, y por eso le puso tremendos cuernotes y después ayudó a su amante para que lo matara.

     Otro que pasó muchos trabajos al regresar a su tierra fue Ulises, y ahí por fin vamos a entrar a la historia de Penélope…

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