Columnas

El chisme de Penélope /3

Sin tacto.

Por Sergio González Levet

Después de 10 años de asedio a la ciudad, los aqueos por fin pudieron conquistar Troya, y todos los reyes victoriosos se dispusieron a regresar a sus hogares.

     Ulises (Odiseo en griego) agarró sus hombres y sus 12 naves, y emprendió el regreso a Ítaca, pero los dioses todavía le tenían deparadas muchas aventuras, tantas, que le dieron oportunidad a Homero de hacer todo un largo poema novelado, La Odisea.

     Hay una versión que dice que Afrodita estaba enojada con él itacense porque había ideado el truco del caballo de madera con el que los griegos sorprendieron y vencieron a los troyanos, y por eso le fue poniendo muchos obstáculos, de modo que solamente pudo llegar a su isla 10 años después, solo y con todos sus hombres muertos durante la travesía.

     Este Ulises/Odiseo era como una especie de Brad Pitt griego, porque lugar al que llegaba era lugar en el que se enamoraba de él la reina. Primero fue la maga Circe, después la ninfa Calipso y hasta la diosa Atenea le brindó siempre sus mejores atenciones y cuidados. Vaya, incluso después de haber regresado a Ítaca a ser feliz con su esposa Penélope y su hijo Telémaco, se dio una vuelta de algunos años por el reino de los tesprotos y sedujo a la reina Calídice, con la que tuvo un hijo.

     Pero doña Pene (perdón, pero así le decían de cariño en Ítaca a su reina) fue un dechado de fidelidad, y se convirtió en un símbolo de la esperanza inmortal de quien ama, porque esperó a don Uli (don Odi, en griego) durante 20 años, y nunca desfalleció en su amor, no obstante que muchos pretendientes le hicieron la corte para que tomara un nuevo esposo, pues creían que el rey había muerto en el viaje de regreso.

     La presión de los príncipes y nobles de Ítaca fue tal que ella tuvo que idear una estratagema para que calmaran sus ansias. Les dijo que iba a tomar un nuevo marido el día que terminara un bordado que estaba haciendo, pero en la noche destejía lo que había avanzado y así la prenda se volvía interminable.

     Bien, Ulises regresó solo y abatido. Disfrazado de mendigo por consejo de la diosa Atenea -convertida en su alcahueta de cabecera-, se puso en contacto con su hijo Telémaco y ambos idearon la manera de desembarazarse de los numerosos pretendientes, que habían terminado por irse a vivir al palacio para convencer a Penélope.

     La reina convocó a todos y dijo que se casaría con el que pudiera tensar el arco que había dejado Ulises cuando marchó a Troya. Obvio, el único que pudo hacerlo fue el propio rey disfrazado de mendigo, y con la ayuda de sus flechas y la espada de su hijo asesinó a todos los incómodos pretendientes (los griegos antiguos eran muy de matar a todo el mundo en sus historias, no por nada fueron los inventores de la tragedia como género teatral.)

     Y desde ese entonces, Penélope se yergue como el símbolo de la fidelidad conyugal y de la llama del amor que nunca se extingue.

     Ay, quién como Ulises…

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