Columnas

Ricardo Garibay: 100 años de la falsa furia de la rabia

Luis Gastélum Leyva

“Nunca había sentido a la vida acabándose, o a la muerte, tan cerca de mí, ni había sentido nunca su gravedad, su incomprensible roce, su realidad tremenda. Su cuerpo es tan delgado, es tanto el remedo de un cuerpo humano”.

            Beber un cáliz, novela por la que Ricardo Garibay obtuvo el Premio Mazatlán hace casi 60 años y que a decir de José Emilio Pacheco “significa para la prosa mexicana lo mismo que Algo sobre la muerte del mayor Sabines para nuestra poesía”. Son 161 páginas de dolor puro, de repeticiones, de imágenes y sintaxis exagerada, es todo un libro sobre la muerte, la muerte del padre, “la muerte siempre presente y nunca esperada”, escriben en el libro La conquista de la palabra. Entrevista con Ricardo Garibay Socorro Arce y Rocío Aceves, quien le preguntaron ¿qué lo llevó a publicar una experiencia tan íntima como la muerte de su padre? Y él, con su personalidad malhumorada y a veces estrepitosa (“Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto al hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real”, escribieron en Letra libres Adolfo Castañón y Juan José Reyes), responde: “Primero escribirlo. Cuando mi padre comienza a agonizar yo tenía ya una vieja enemistad con él, me detestaba y yo lo detestaba. Agonizaba y yo me siento a los pies de la cama, en el ejercicio de la escritura. Ser escritor es estrictamente ser un buitre, saquear, saquear, devorar lo que está delante de uno. Sentí que no podía quedar sin constancia, inadvertida, esa muerte tan importante para mí, por eso escribía ahí, a los pies de la cama. Me movía un impulso estrictamente literario, había mucha más literatura que dolor, necesitaba captar eso y creo que lo capté. Era un testimonio sumamente íntimo de mi vida personal, de mi persona y de la persona de mi padre. No fue lo primero pero sí lo primero en forma ya abierta, descarada, de libro. Recuerdo que estaba escribiendo y todavía no acababa y temí morirme antes de acabar. Entonces todavía era creyente y recé y pedí se permitiera terminar ese libro, aunque fuera sólo ese, que hubiera un testimonio para siempre de mi condición de escritor y de la vida de mi padre. Desde luego no me morí y he acabado por amontonar medio centenar de libros. Y uno siente que cada uno va a ser el último, y ya sin fe religiosa seguí pidiendo algo a alguien, no nomás terminar este y ya suspendo todo, mentira, sigue. Supongo que esto se interrumpe sólo cuando en verdad se muere, lo que tendré que ver más o menos pronto”. El libro lo publicó la Universidad de Colima en 1999, el mismo año que murió Ricardo Garibay, quien vivió siempre rodeado de sueños y fantasmas y algunos los escribió y los convirtió en libros. El cáncer, en complicidad con el tiempo, fue el único que le ganó en la batalla contra la muerte, a la que consideraba una humillación. Se decía insatisfecho con toda su obra, ninguno de sus libros le complacía y se lamentaba que el tiempo le ganara al libro que venía macerando: una obra monumental de la literatura. Así definía su fiera humildad ante su gran pasión: la escritura. Y así murió la falsa furia de un hombre que se esmeró en ser otro con el rostro oculto tras la careta de un ogro. Enemigo furibundo de la mediocridad, la ignorancia y la estupidez, el escritor ampuloso y de tono vehemente reconocía que al hablar en radio o televisión (“merced a la cual se está consiguiendo un país apto para la servidumbre”) y al escribir hacía lo mismo: citar siempre los mismos afanes o los mismos ideales para su espíritu y para el de los demás. Sus andanzas por los medios electrónicos los justificaba mascullando que lo hacía por necesidad económica, porque de algo hay que vivir, se lamentaba. A partir de 1953 en que abandonó la burocracia, siempre sintió vivir como puta de pueblo chico: de lo que haya, comentaba, de la escritura para cine, de las crónicas, de las obras de teatro… Invirtió una buena cantidad de años en el cine creyendo que ahí se haría famoso y rico y asqueado del periodismo político se dedicó a lo que le producía la mayor felicidad: escribir. Entonces la alegría llegaba cuando tenía un carácter para dibujar, una anécdota para contar, un diálogo que hacer o un libro que comentar. Esa era la única constante de alegría y gusto en una existencia como la suya, mucho más hecha a renegar, a repeler. Salió en brazos de su madre de su natal Tulancingo (Hidalgo), donde nació un 18 de enero de hace 100 años, rumbo a Mextitlán y de allí, muy pronto, a la ciudad de México, donde transcurrió la mayor parte de su vida. Su infancia fue de desdicha, conflictiva y angustiante. Era pequeño, rubio, frágil, de ojos verdes, cobarde, chismoso y chillón. Nada tenía que lo hiciera grato o simpático a los ojos de los demás. La única que lo toleraba era la mujer santísima que fue su madre (“Las mujeres son la vida misma y los hombres somos toscos, brutos y vulgares”). En todos los demás advertía antipatía y rechazo. Además, las inquietudes religiosas lo asaetearon desde muy temprano: las dudas, las supercherías, la oracionalidad incesante, los miedos, el infierno de todos tan temido poblaron toda su infancia. Fueron cuatro hermanos, uno mayor y dos hermanas, en medio de las cuales estaba él. Pero su soberbia y vanidad eran tan grandes como el miedo y la cobardía así que aprendió a pelear y en la secundaria se descubrió como un buen boxeador. Fue este pugilismo el que siempre llevó a todos los cuadriláteros de su vida. Por eso, desde el Presidente de la República hasta los más abajo, como él decía, la autoridad le incitaba a probar su fuerza, lo que luego se convirtió en descaro y le dio cierta fama de iracundo, de energúmeno y a veces de valiente. Todavía hace un año, intentaba convencer que se había quitado mucha de la iracundia –a la que definía como una posición ante la injusticia, la estupidez y el cinismo, esa práctica que veía en su pobre patria al proponer, en una forma larvaria del espíritu, lo menos como más a sabiendas de que es menos– y afirmaba que ahora era un ángel. “Hoy –decía en su plegaria– lo que me hace sentir culpa y me avergüenza es lo que ignoro y saber que ya no tengo tiempo para reparar el daño”. Ante la necesidad de una mayor espiritualidad y para quien las leyes no entrañaban ninguna dificultad, sólo ser un vil explotador de los sentimientos de los demás, lo que él no era, le fue fácil abandonar la carrera de abogado, la que escogió al saberse negado para médico o ingeniero y ante la insistencia de su familia al ver que hablaba demasiado. Así llegó a la Facultad de Filosofía y Letras, en la Escuela de Mascarones, donde aprendió a escribir leyendo y escribiendo, porque los consejos profesionales para escribir, supo mucho después, son siempre tonterías que no llegan a ninguna parte. No sabía que la poesía que después de la cena les leía su padre a él y a sus hermanos se quedaba grabada para siempre y de repente se descubrió recitando “No me mueve mi Dios para quererte…”. Así asimiló la música de la literatura. Fue en la preparatoria donde advirtió la facilidad que tenía para la escritura, porque la filosofía tenía que leerla dos o más veces para entenderla. A partir de entonces, Alfonso Reyes fue su gurú y así llegó a ser el escritor de literatura, porque para él todo era literatura ya que todo entra en el transparente prisma de las palabras. Vivió de lo que escribía porque se puede vivir de la literatura si no hay el afán de la abundancia, aunque en otro país los escritores mexicanos serían millonarios, decía y añadía a su lamento: “Es que en un país tan larvario como el nuestro, vivir de la literatura es casi una hazaña”. En ocasión de la presentación del libro Dios y los escritores mexicanos, de Adela Salinas (Grupo Patria Nueva Imagen, 1997), Elena Poniatowska dijo que “salvo Ricardo Garibay, que tiene la capacidad de la ira sagrada, todos los escritores somos unos corderos de Dios dispuestos a la inmolación”. Pero él no se inmoló e incluso llegó a reconocer, sin ahondar, que Cristo era un amor al que traicionó puntualmente desde que tuvo uso de razón. Así se fue Ricardo Garibay, agnóstico y ateo. Así murió la falsa furia de la rabia de un talento que casi al final de su vida confesó su miedo al diablo, a los terremotos y a la miseria y que le hubiera gustado ser un padrote y tener bajo su dominio una nube de muchachas.

            Máscaras, sueños y fantasmas que ahora viven en sus libros.

Categorías:Columnas, Luis Gastélum

Etiquetado como: