“Octavio Paz: el primer Cervantes mexicano.”
Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez

En el año 1976 se otorgó por primera vez el Premio Cervantes de Literatura al connotado poeta español Jorge Guillen. Una de las reglas del premio consiste en que un año lo gana sí o sí un escritor o escritora de origen español y el siguiente año lo puede ganar cualquier literato-a de lengua hispanoparlante. En el caso mexicano, el primero en recibir tan distinguido galardón fue Octavio Paz (1981). De ahí siguen la lista Carlos Fuentes (1987), Sergio Pitol (2005), José Emilio Pacheco (2009), Elena Poniatowska (2013), Fernando del Paso (2015), y este mes de abril de (2026) recibirá la medalla Gonzalo Celorio. Posiblemente el Premio Cervantes sea el reconocimiento más importante que se asigna después del Premio Nobel. Así que en este mes de festejos lo haremos leyendo a dos Cervantes mexicanos, Octavio Paz y naturalmente Gonzalo Celorio. Iniciamos con O. Paz a través de su libro de ensayos: “Cuadrivio.”
No sobra decir que Octavio Paz fue ante todo un gran poeta y ensayista. A diferencia de los otros escritores nombrados él nunca escribió novelas. La prosa de Paz resulta elegante, exquisita, en momentos se siente muy refinada y algunos temas los aborda de forma muy erudita, especializada y profunda. Desde luego que, si bien emplea el lenguaje a plenitud y sus análisis exigen del lector concentración y no en pocos casos saberes previos, aun así, O. Paz es un escritor claro, cordial, lo elegante no lo hace rebuscado. Además, siempre que estamos frente a un libro del vate mexicano, no debemos olvidar que en ese instante dialogamos con un hombre de amplios saberes. En cuanto al libro que nos ocupa, el autor escribió cuatro ensayos sobre hombres ilustres y revolucionarios en el terreno de las letras: Rubén Darío (Nicaragua), Ramón López Velarde (México), Fernando Pessoa (Portugal) y Luis Cernuda (España).
Aquí sólo se abordará el ensayo sobre Rubén Darío por el siguiente propósito. O. Paz nos enseña que Rubén Darío es el padre del modernismo, una vanguardia que revolucionó la literatura occidental. Mas, hay una reflexión sobre la renovación del lenguaje castellano que es muy interesante. El autor manifiesta que la lengua española vivió su momento de esplendor en el siglo de oro con Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Garcilaso, Sor Juana…, empero, que, en la época previa al modernismo la lengua se había envarado por su solemnidad, formalismo y patetismo. Regularmente la lengua es el reflejo del desarrollo o subdesarrollo de los pueblos. Cuando España nos llegó, arribó con el castellano, este idioma se impuso y fuera de lo cuestionable respecto a la conquista y dominación, no podemos negar que la lengua se ensanchó y enriqueció. El castellano se mezcló con las lenguas prehispánicas más la influencia del árabe, y lograron conformar un idioma amplio, diverso, rico y en el siglo XVII fue utilizado a plenitud. No obstante, la España imperial en todos los sentidos al pasar los siglos empezó a vivir de un pasado glorioso, pero que era sólo eso, un pasado.
Centrándonos en la lengua, verdad es que tuvieron en el siglo XIX a un Benito Pérez Galdós, Marcelino Menéndez Pelayo, hombres de letras que tienen su importante lugar en la historia, sin embargo, España impregnó su literatura de un formalismo agotador. Por eso los grandes personajes revolucionarios de las letras latinoamericanas como Rubén Darío, no voltearon a ver a España, fueron otras tradiciones las que influyeron en ellos, por citar el ejemplo más puntual, la literatura francesa. Algo extra, el distanciamiento de España tiene más motivos. Les platico uno de ellos.
Al independizarse nuestros pueblos de la península española, se mantuvo en todo el siglo XIX una actitud de distanciamiento, se creyó que era la forma de descolonizarse mentalmente. Es decir, prefiero acercarme al mundo francés que al español. Reniego de su herencia, la desprecio. Hay que agregar que esa herencia incluía estar alejados del avance de la cultura occidental. De hecho, O. Paz afirma que esa actitud de los modernistas fue muy cuestionada porque sus críticos los tachaban de imitador de lo francés, O. Paz los comprende por el contexto psicológico y emocional arriba explicado:
“La vanguardia quiere conquistar un sitio. El modernismo busca internarse en él ahora. Sólo aquellos que no se sienten del todo en el presente, aquellos que se saben fuera de la historia viva, postulan la contemporaneidad como una meta…Se ha dicho que el modernismo fue una evasión de la realidad americana. Más cierto sería decir que fue una fuga de la actualidad local –que era, a sus ojos, un anacronismo –en busca de una actualidad universal, la única y verdadera actualidad. En labios de Rubén Darío y sus amigos, modernidad y cosmopolitismo eran términos sinónimos. No fueron antiamericanos; querían una América contemporánea de París y Londres.”
Luego entonces, el punto de partida para crear un arte nuevo, propio, local y al mismo tiempo universal fue el lenguaje. Esta revolución O. Paz la plantea en los siguientes términos:
“La evolución que llevara el castellano a este renacimiento, habría de versificarse en América, puesto que España está amurallada de tradición, cercada y erizada de españolismo. Reforma verbal, el modernismo fue una sintaxis, una prosodia, un vocabulario. Sus poetas enriquecieron el idioma con acarreos del francés y el inglés; abusaron de arcaísmos y neologismos; y fueron los primeros en emplear el lenguaje de la conversación. Por otra parte, se olvida con frecuencia que en los poemas modernistas aparece un gran número de americanismos e indigenismos. Su cosmopolitismo no excluía ni las conquistas de la novela naturalista francesa ni las formas lingüísticas americanas. Una parte del léxico modernista ha envejecido como han envejecido los muebles y objetos del art Nouveau; el resto ha entrado en la corriente del habla. No atacaron la sintaxis del castellano, más bien le devolvieron naturalidad y evitaron las inversiones latinizantes y el énfasis. Fueron exagerados, no hinchados; muchas veces fueron cursis, nunca tiesos. A pesar de sus cisnes y góndolas, dieron al verso español una flexibilidad que jamás fue vulgar y que habría de prestarse admirablemente a las dos tendencias de la poesía contemporánea: el amor por la imagen insólita y el prosaísmo poético.”
Construyo mi propio lenguaje y pensamiento sin olvidarme que no vivo sólo en el mundo, que soy producto de culturas preexistentes y de hechos que determinaron en gran medida lo que hoy somos. Cierto es que no tengo que respetarlas o seguirlas dogmáticamente, pero no debo despreciarlas porque representan nuestro pasado y para comprender el presente, diseñarlo e intentar mejorarlo, lo primero que debo aceptar es que formamos parte de ese pasado con sus grandezas y miserias.
Tan nuestro es Netzahualcóyotl y su inigualable poema:
“Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la Tierra?
No para siempre en la Tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la Tierra:
sólo un poco aquí.”
Como tan nuestra e irrepetible es Sor Juana Inés de la Cruz, mujer que representa un hibrido de la mezcla de culturas y quien llevó el lenguaje poético a niveles asombrosos. Asimismo, tenemos todo el derecho de sentirnos herederos directos de Miguel de Cervantes, Lope de Vega, y si queremos identificarnos con literatos más cercanos que nos hablen con una lengua castellana universal y no tan españolizada o regional, allí tenemos al genial Rubén Darío, al inmoral Amado Nervo, y a nuestro gran vate mexicano Octavio Paz.
Finalmente, parafraseando a Alfonso Reyes y Carlos Fuentes, nacimos en la región más transparente del aire: en esta región se sigue respirando la lengua castellana, la lengua en la que habló y escribió Cervantes y la lengua en la que usted habla y escribe.
Correo electrónico: miguel_naranjo@hotmail.com
Twitter@MiguelNaranjo80
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