Luis Gastélum
Octavio Paz, como todo en su vida, vivió el amor con pasión. Y de sus arrebatos surgió también mucha de su poesía, a través de la cual fue creando su propio personaje, “al hombre, al adolescente, al hombre maduro, al hombre en las puertas de la vejez, al hombre antes de la muerte, al que le han pasado todas esas cosas que yo cuento en mis poemas”, reconocía él mismo, porque para Paz la poesía es uno mismo, es el propio poeta. Héctor de Mauleón contó en Confabulario, el suplemento cultural de El Universal, que mientras en una banca de Paseo de la Reforma de la Ciudad de México un médico enfermo de amores se pegaba un tiro en el corazón (“No es posible seguir buscando soluciones inútiles a problemas imposibles”, había escrito en una carta que se le encontró en el bolsillo), Paz, encerrado en su biblioteca, garrapateaba seis cuartillas febriles luego de una discusión con Elena Garro (“Helena con H”, insistía él, “como una especie de amorosa contraseña, de signo entre nosotros”) provocada por los celos del poeta y de camino a su casa tuvo un desgarramiento interior que le hizo sospechar que su voluntad había dejado de ser la suya: “Te amo coléricamente cuando recuerdo mi antiguo yo, el yo que ya no soy y que no reconozco”, le escribió esa misma tarde. Y un día después, ya en el sosiego, le confió a Elena: “El amor ha ido devastando mi alma de tal modo que ahora ya no soy sino tu amor… Desde tus labios, desde tu rostro, bajo tu pelo, soy un niño y cada día es como un nuevo nacimiento”. Años después, ya separado de la Garro, consternado por una ruptura amorosa, también provocada por sus celos, abordó un taxi en Nueva York y conforme avanzaba por las avenidas vacías, le fue penetrando poco a poco un único sonido cíclico: el chirrido de una llanta del yellow cab, un chirrido recurrente. Marcadas por esa misma cadencia, fueron surgiendo en su mente aturdida las palabras: Un sauce de cristal, un chopo de agua, / un alto surtidor que el viento arquea, / un árbol bien plantado mas danzante / un caminar de río que se curva, / avanza, retrocede, da un rodeo / y llega siempre… Esos fueron los primeros 30 endecasílabos de los 584 –el número de días que dura la revolución sinódica del planeta Venus– de Piedra de sol, poema que se convertiría en una de las más extraordinarias obras de la literatura en castellano, y que “se inició como un automatismo”, escribió Paz en la primera edición que se imprimió el 28 de septiembre de 1957 en la colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica con un tiraje de 300 ejemplares. “Piedra de sol se insertó en la historia de los grandes poemas a la altura de Muerte sin fin, de José Gorostiza; Primer sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz, o Altazor, de Vicente Huidobro. Se trata de una obra fundacional de la poesía mexicana y sedimento de muchísima poesía posterior a 1957”, declaró a Reforma la poetisa María Ribera con motivo de la celebración del medio siglo del poema-llave que se convirtió en un especie de ritual y que cambió la sensibilidad poética, con el que Paz llevó a un extremo prosódico el uso del endecasílabo y liberó esa tradición al hacerla incluso monótona, repetitiva, insistente y perfecta, dijo la también Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Voy por tu cuerpo como por el mundo, / tu vientre es una plaza soleada, / tus pechos dos iglesias donde oficia / la sangre sus misterios paralelos, / mis miradas te cubren como yedra, / eres una ciudad que el mar asedia, / una muralla que la luz divide/en dos mitades de color durazno, / un paraje de sal, rocas y pájaros / bajo la ley del mediodía absorto. Otra poeta, María Baranda, afirmó que al leerlo tuvo la percepción de estar ante una obra perfecta, invulnerable, exacta, como la misma música: “Te lleva de la mano a la muerte, a la desventura, es el relato de un hombre que cae, un poema universal donde suceden las grandes cosas que le pasan a los hombres”. Armando González Torres, autor de Las guerras culturales de Octavio Paz, señaló por su parte que para 1957 Paz ya era reconocido como poeta, pero no había escrito el poema largo que constituyó ese pase a la posteridad: “En Piedra de sol hace confluir todas sus influencias hasta ese momento y es parte de la gestión cultural que hizo Octavio Paz en las metrópolis europeas para que la cultura de Hispanoamérica se insertara en la cultura universal”. El mismo González Torres reconoce la vocación universal del Nobel de Literatura mexicano: “La lejanía física de México que pudo experimentar Paz lo llevó siempre a tener una actitud universalista, fue el gestor de un nuevo pacto de entendimiento intercultural que nos condujo de manera definitiva a la cultura y literatura de oriente”. De hecho, el mismo Paz definía a la poesía como la memoria de los pueblos, pero también es, decía, aquella parte secreta del alma de cada uno de los pueblos, en la cual, de alguna manera muy oscura y muy ambigua, se refleja y se perfila el futuro. “En la literatura hispanoamericana el interés intelectual por Oriente ocurre hasta que Octavio Paz lo incluye en su universalidad. Fue la economía de los poemas chinos y japoneses capaces de contener un universo y la filosofía budista de India lo que le cautivó”, aseguró en hace veinte años el escritor Aurelio Asiain y colaborador cercano del poeta en el encuentro de escritores y académicos que se celebró en la capital de China, organizado por la Embajada de México y el Instituto Cervantes de Beijing para analizar el legado de Paz como constructor de puentes de entendimiento entre occidente y las literaturas asiáticas, especialmente de India, Japón y China. Para Xi Chuan, uno de los poetas chinos contemporáneos más importantes, en la poesía de Paz los vínculos con oriente son evidentes, y en la sensación de vacuidad y perplejidad que hay en su obra puede percibirse su profundo conocimiento de poetas como Wang Wei, Li Bai y Du Fu: “Ni los chinos modernos hemos logrado traducir a los poetas clásicos con la belleza que lo hizo Paz. Sus traducciones, si las viéramos literalmente, serían incorrectas, escribe marzo en lugar de primavera o mar verde para decir árboles y hierbas; sus versiones son recreaciones como la pintura china, donde siempre hay algo que está en blanco y es más importante que lo que está pintado, porque es la incertidumbre, y ese vacío que está en las traducciones y también en sus propios poemas es una sensación preciosa que Paz logra dejar en el lector”. Por su parte, la sinóloga Flora Botton anotó que en la obra del autor de Versiones y diversiones se manifiesta un interés constante por Oriente como algo necesario para entender la totalidad del pensamiento humano: “En 1957 hizo traducciones de breves textos clásicos chinos, el obstáculo de la lengua no lo detuvo y tradujo del inglés y del francés, pero cuándo lo hizo con poesía, sintió la necesidad de aprender más sobre la lengua y la poesía china. La primera inspiración para traducir esta poesía la recibió de Ezra Pound. En un principio se enfrentó a la traducción de manera totalmente espontánea, sin embargo, muy pronto sus lecturas tanto de teóricos como de poetas que a la vez eran sinólogos, le hicieron adoptar una metodología que también recogían el sustrato filosófico del poema. Este camino ilustra claramente su traducción de un cuarteto del poeta de la dinastía Tang, Wang Wei (701-762), Parque de los venados, del cual hizo varias traducciones a medida que leía más sobre China”. Y es que como dice el escritor catalán Pere Gimferrer, gran amigo del poeta mexicano y quien en recibió hace dos décadas el Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz, sobre la precisión expresiva del poeta: “En un texto suyo parece que una vez dicha una cosa no puede decirse de otra forma”. Busco sin encontrar, escribo a solas, / no hay nadie, cae el día, cae el año, / caigo en el instante, caigo al fondo, / invisible camino sobre espejos / que repiten mi imagen destrozada, piso días, instantes caminados, / piso los pensamientos de mi sombra, / piso mi sombra en busca de un instante.
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