Miguel Ángel Sánchez de Armas

El teléfono sonó entrada la noche. Daniel Quinn estuvo a punto de no contestar. Vivía solo, escribía novelas policiacas bajo seudónimo y nadie acostumbraba llamarlo a esas horas. Del otro lado una voz preguntó por un detective privado llamado Paul Auster.
Quinn respondió con la verdad. Se habían equivocado. Minutos después el teléfono volvió a sonar. La misma voz. La misma pregunta. Otra vez explicó el error.
La tercera llamada cambió la historia de la novela contemporánea. Quinn dejó de corregir al desconocido. Dijo que sí. Que él era Paul Auster. Que podía hacerse cargo del caso.
Así comienza Ciudad de cristal, la primera entrega de La trilogía de Nueva York. No con un asesinato, una persecución o una femme fatale, sino con una llamada telefónica dirigida a la persona equivocada. Paul Auster sabía que la vida no anuncia sus virajes con fanfarrias. Prefiere el disfraz del accidente. Un error de marcación. Un tren perdido. Una puerta abierta por equivocación. Un desconocido que formula la pregunta incorrecta a la persona precisa.
Es un método que parece inspirado en la historia universal. Ignoro si Auster, el brookilinita que hace dos años nos dejó para que continuáramos, ya sin él, el viaje por la perplejidad de su obra, siguió conscientemente ese camino. Pero, a fe mía, cuesta creer que no haya sido así. ¿Desvarío? Quizá no.
Pascal sostenía que si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la faz de la tierra habría cambiado. La frase, que parece una boutade, encierra una intuición profunda: la historia suele descansar sobre detalles que nadie habría considerado decisivos.
Un cochero tomó una calle equivocada en Sarajevo y dejó al archiduque Francisco Fernando frente a Gavrilo Princip. Los disparos que siguieron precipitaron la Primera Guerra Mundial. Alexander Fleming regresó de vacaciones dispuesto a desechar unas placas de cultivo contaminadas, pero vio que un hongo había destruido las bacterias que crecían a su alrededor. Así descubrió la penicilina. En 1983, el oficial soviético Stanislav Petrov desconfió de una alarma que anunciaba un ataque nuclear yanqui y no respondió conforme al protocolo. Quizá evitó una guerra atómica. A finales de los cincuenta, Mao Zedong ordenó exterminar a los gorriones porque devoraban el grano de los campesinos. Los gorriones desaparecieron; las langostas se multiplicaron sin control y contribuyeron a una de las peores hambrunas del siglo XX. Hasta un topo encontró su lugar en la historia: Guillermo III de Inglaterra murió al caer de un caballo que tropezó con uno de sus montículos. Los jacobitas brindaban desde entonces «por el pequeño caballero del chaleco negro».
No todos estos episodios obedecen al azar puro. En algunos intervino el error; en otros, la inteligencia; en otros más, una decisión tomada en apenas unos segundos o una política concebida con la mejor de las intenciones. Todos parecen confirmar la sospecha de Auster: el destino acostumbra apoyarse en bisagras diminutas.
Paul Auster hizo de esa intuición el centro de su literatura. Mientras otros novelistas construían personajes que dominaban su destino, los suyos avanzaban a tientas entre coincidencias, extravíos y errores de identidad. Un hombre respondía un teléfono. Otro seguía durante días a un desconocido por las calles de Manhattan. Un tercero encontraba un cuaderno abandonado. Ninguno sabía que estaba entrando en una vida distinta.
Quizá por eso fue leído con tanta intensidad en América Latina. Aquí sabemos que una crisis económica puede alterar la biografía de una familia durante generaciones; que un encuentro casual abre una carrera; que una decisión tomada en un despacho lejano altera la vida de millones de personas; que una firma estampada al pie de un decreto cambia el destino de un país. Nuestra historia está hecha de proyectos cuidadosamente concebidos y de imprevistos que terminaron derrotándolos.
Además, vivimos en una época que pretende abolir la casualidad. Los algoritmos anticipan nuestros gustos, recomiendan lecturas, sugieren amistades, calculan rutas, predicen compras y prometen conocer nuestras preferencias mejor que nosotros mismos. El ideal contemporáneo consiste en eliminar la sorpresa.
Creo que esto a Auster le provocaba risa. Sabía que siempre habrá una llamada destinada a otro número. Un libro encontrado en una librería de viejo. Un asiento vacío en un avión. Una conversación escuchada al pasar. Dos miradas que se cruzan en un vestíbulo. Paul Auster convirtió esa intuición en una forma de mirar el mundo.
No fue el primero. Antes que él, Borges había construido bibliotecas infinitas donde un libro contenía todos los libros posibles y un hombre podía encontrarse consigo mismo al doblar una esquina del tiempo. Kafka había demostrado que el absurdo no necesita explicación para gobernar una existencia. Beckett había hecho de la espera una condición humana. Pero Auster trasladó aquellos laberintos filosóficos a la ciudad contemporánea, donde los detectives ya no perseguían asesinos sino identidades perdidas.
Tal vez por eso, al cerrar Ciudad de cristal, uno deja de mirar el teléfono como un simple aparato de comunicación. Nunca se sabe cuándo una llamada equivocada está buscando exactamente a la persona correcta.
Lo extraordinario de Auster fue comprender que el azar no es el enemigo del orden. Es otra forma del orden.
28 de junio de 2026
juegodeojos@gmail.com
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