Luis Gastélum Leyva
Lo único que no pude expresar como mimo fue la mentira, porque para mentir sólo se necesita la palabra. Marcel Marceau.
El teatro a oscuras. Absoluto silencio. Un haz de luz ilumina el rostro blanco y los cabellos rubios ensortijados que coronan un sombrero ajado de ópera con una flor mustia. Sus labios delineados de rojo van y vienen de la alegría a la tristeza, de la vida a la muerte. Se llama Monsieur Bip, creado por Marcel Marceau, inspirado en Pip, el personaje de Grandes esperanzas, de Charles Dickens, y que debutó hace 80 años en el Théatre de Poche (Teatro de bolsillo) de París. Viste playera a rayas, un chaleco cruzado y pantalón de tirantes. Sus manos son su lengua. Ellas dicen todo: flor, mariposa, mar, aire, nubes, fuego, ave, león… El mundo sigue atento el pálpito del corazón en su vuelo. Allá va la mano libre hasta el último latido. Ni hablar: hace 20 años murió el gran mimo francés, quien hizo del silencio un lenguaje que retumbó en todos los teatros del planeta y conmovió la conciencia de la humanidad. Durante seis décadas sus mensajes siempre fueron los mismos: amor y paz. Bip fue su alter ego, su espejo y reflejo: “Bip es un Quijote que se bate con los molinos de la vida actual, con un mundo frágil lleno de injusticia y belleza… El día que yo ya no esté, Bip será memoria viva y dará testimonio del siglo XX”, explicaba el artista sobre su entrañable personaje, con el que anduvo los escenarios del mundo sin necesidad de una palabra. Él mismo pensaba que después de la Segunda Guerra Mundial ya no tenía sentido decir nada más porque el hombre ya había dicho todo. Entonces, para mitigar los estruendos de las ráfagas de balas y la desmesurada cantidad de muertos, inventó el lenguaje del silencio y creó el gesto de la melancolía: Bip, basado también en su admiración por Charlot, personaje de otro gran mimo: Charles Chaplin, con quien se encontró fortuitamente por primera vez en 1967 en el aeropuerto de Orly, en París, y ambos se hicieron reverencias mutuas entre risas. Para Marceau, alumno de Ettiene de Croux y fundador de la Escuela Internacional de Mimodrama en París, la pantomima es un arte que hipnotiza, un lenguaje universal. Marcel Mangel nació en Estrasburgo el 22 de marzo de 1923 y creció en Lille, Francia, donde su padre era carnicero. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, su padre fue apresado por los nazis y murió en el campo de exterminio de Auschwitz. En 1944, junto con su hermano mayor, Alain, se unió a la Resistencia francesa. Fue cuando se cambió el apellido por el de Marceau. Contaba que cuando creó Bip, una vez terminada la guerra, pensaba que realmente habría paz. Y entonces descubrió que había nacido para ser mimo. A diferencia de Chaplin, que se desarrolló en el cine, eligió el teatro, pero para tocar las fibras y conmover a la gente sin hablar tenía que reinventar el lenguaje de la pantomima, y así lo hizo: “Me convertí en un creador y no en imitador, en un mimo y no en un cómico. Siento que hice por la mímica lo que (Andrés) Segovia hizo por la guitarra, lo que (Pablo) Casals hizo por el cello”, decía. Y explicaba que los mimodramas son una manera de transmitir la tragedia, la violencia, la injusticia, los placeres y todos los valores de la sociedad, y que el mimo es teatro profundo con una gran carga de corporalidad, en el que la máxima dificultad pasa por crear un mundo que no existe, por hacer visible lo invisible. Y a ello consagró su vida, creando un estilo, un lenguaje propio e inventando una gramática, convencido de que sin gramática el arte no existe. “¿Acaso los momentos más conmovedores de nuestra vida no nos encuentran sin palabras?”. Marceau se sabía un artista del silencio, de su práctica en un mundo donde todos hablan como metralletas, decía, lo que lo hacía sentirse a contracorriente. Sin embargo, fuera del escenario era un parlanchín connotado: “Nunca hagas hablar a un mimo. No se detendrá”. Solía decir a sus alumnos que el silencio es una imagen que se crea con el cuerpo y que se debe emplear para fundirlo con todos los elementos y traducir lo humano. De hecho, asumía que no se puede crear sin el silencio: “Soy un cómico profundo que habla de tragedias profundas, y para meditar sobre ellas es necesario un clima de silencio absoluto. Como persona no soy locuaz, pero sí elocuente”. Como ejemplo citaba aquello de Hemingway de que cuando escribes no debes de poner ni una sola palabra de más, lo que también vale para las demás artes y que en el mimo es el gesto, su esencia: “Es a través de posiciones estáticas como somos capaces de captar el peso del alma. Cuando no se habla no se puede mentir, es la hora de la verdad”. Sin embargo, Marceau también amaba la palabra, que ensalzaba por sus múltiples posibilidades de expresión y la definía como la imagen del pensamiento. Pero un día del medio siglo pasado decidió emocionar al mundo y transmitir su concepción de la vida sin decir una sola palabra: “Soy un testimonio de mi observación sobre la vida. En el fondo, Bip es como una enciclopedia sobre la historia de la humanidad que intento transmitir con el arte de mi cuerpo”. Un cuerpo que a sus ochentaytantos años todavía se movía en los escenarios con agilidad y destreza para transmitir emoción y crear conciencia sobre los cambios que anhelaba: “Para cambiar el mundo –decía– hay que empezar por uno mismo. Creo que para lograr la paz hay que pelearse a través del arte, pues la cultura es más fuerte que la política. La política tiene compromisos, el arte no, el arte es puro. La historia se repite y hay que luchar por la paz a través del teatro, de la música, del arte. Esta forma de lucha es más efectiva”. Así, el místico del silencio murió un sábado de septiembre de hace dos décadas, que ya anunciaba el frío por venir y con la gran tristeza que le invadía cuando se preguntaba: “¿Qué va a pasar con este mundo?, ¿conoceremos algún día la paz eterna?”. Marceau se fue en paz y amando la vida: “La muerte no existe, no en el sentido que los cristianos piensan. Yo más bien creo que con la energía que dejes al mundo, tu espíritu siempre seguirá vivo. No hay diferencia entre tener 23 o 100 años. Miles de personas han muerto, no tengo que sentir dolor por eso, sino compasión, compasión verdadera”. Y así, cuando el haz de luz se apagó en el escenario y se bajó el telón, Marcel Marceau terminó de escribir el libro que siempre deseó escribir y un grito silencioso se escuchó en la oscuridad del gran teatro que es este mundo: “¡Bip!”.
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
